Publicado: 24.03.2014 08:00 |Actualizado: 24.03.2014 08:00

Los refugiados abandonados en la frontera libia

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"Nos estamos muriendo poco a poco. Desde que la ONU se fue no tenemos nada. Nuestras vidas dependen de lo que consigamos de los coches", se lamenta Mohamed mientras señala a la carretera que conecta la última población tunecina con Ras Ajdir, el paso fronterizo hacia Libia. Este somalí llegó al campo de refugiados de Choucha en 2011.

Las Naciones Unidas instalaron ahí un campamento provisional para las decenas de miles de personas que escapaban de la guerra contra el Coronel Gadafi. Tras tres años, cientos de personas continúan viviendo allí. "¿Qué hemos hecho para ser tratados así? No podemos abandonar este lugar. No entendemos nada. ¿Qué está pasando? ¿Estamos detenidos? Estamos peor que los prisioneros, al menos a ellos los alimentan en la cárcel", añade Mohamed.

El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) cerró Choucha hace ocho meses. El agua y la electricidad que proveían al campamento también desapareció. Solo las delegaciones locales de la Media Luna Roja les proporcionan alguna ayuda. "Solo atendemos temas relacionados con la salud, les damos medicinas o les llevamos al hospital. Eso es todo. No tenemos ni idea de dónde sacan la comida y el agua", explica Sana Mhadi, una joven voluntaria de Ben Gardane, la localidad más cercana a Choucha.

Tras tres años, cientos de personas continúan viviendo allí. "¿Qué hemos hecho para ser tratados así? Estamos peor que los prisioneros" Según datos de la ONU, allí todavía quedan 103 personas, 99 de ellos con el estado reconocido de refugiado y 4 solicitantes de asilo. Estas cifras oficiales no incluyen los que han sido rechazados, quienes incluso tienen su propio sector dentro del campamento. "La situación es catastrófica, sobre todo para aquellos refugiados que han sido rechazados. En total estimamos que en las diferentes ciudades del sur de Túnez deben haber unos 350", calcula desde su despacho Monji Slim, presidente de la Media Luna de la población de Medenine.

Entre estos se encuentra Ibrahim Ishak, de 42 años, natural de Darfur, Sudán. Sentado dentro de su tienda enseña los papeles del médico que demuestran su frágil estado salud. Tiene problemas de corazón. Sus compañeros de campamento cuentan que hace tres meses se desmayó y muchos temieron lo peor. Después de abandonar su hogar debido a la guerra que allí estalló, Ibrahim estuvo viviendo durante 12 años en Libia. En marzo de 2011, como viene recogido en su pasaporte, cruzó la frontera y llegó a Choucha. "Hemos estado sufriendo durante los últimos meses. En Darfur había guerra, en Libia había guerra, y aquí no hay nada para seguir adelante". Él se siente discriminado por la comunidad internacional: "Somos 55 personas de Darfur las que hemos sido rechazadas por la ONU. No nos aceptan simplemente porque hablamos árabe".

Waseem Ahmed se sienta en una silla de plástico mientras su hijo de tres años Aymen corre de un lado para otro y juega con un grupo de refugiados. Él también ha sido rechazado. "No te dan muchas razones. Vas, te hacen una entrevista y después te comunican que tu solicitud ha sido rechazada", cuenta. Este paquistaní, de 37 años, cruzó la frontera con su mujer y un hijo recién nacido tras haber vivido y trabajado 22 años en Libia. Allí importaba productos médicos de multinacionales y los distribuía en el país, "también trabajaba con una empresa española, pero ya no recuerdo el nombre". "Hay muchísimas cosas que faltan aquí, sobre todo para una familia. No solo agua y electricidad, sino también intimidad y tranquilidad. Son ya tres años aquí, en mitad del desierto, en mitad de la nada. Este no es un lugar apropiado para mi hijo. Estoy viendo cómo su futuro se viene abajo".

"Son ya tres años aquí, en mitad del desierto, en mitad de la nada. Este no es un lugar apropiado para mi hijo"Aymen no es el único niño de Choucha. Durante sus dos años y dos meses de vida, Mohamed no ha conocido otra cosa que las remendadas tiendas del campamento. Su madre, Kaltoun, dio a luz justo después de llegar en marzo de 2011. No puede volver a su país de origen, Somalia, que se continúa desangrándose a causa de una guerra que nunca termina. "Antes de que la ONU se marchara, la vida aquí era diferente -dice con su hijo en brazos-, pero durante los últimos meses hemos perdido toda esperanza. "Le pedimos amablemente al mundo que por favor nos ayude".

La ONU no ha sido capaz de encontrar terceros países para recolocar a los últimos refugiados de Choucha. Por esa razón firmaron un acuerdo con el gobierno de Túnez, para que estos se integraran en su territorio, especialmente en las pequeñas y empobrecidas localidades del sur de Túnez: Medenine, Ber Gardane y Zarzis. Aunque la situación no es tan sencilla. "La nueva Constitución reconoce el derecho al asilo para refugiados, pero no hay ley ni sistemas para acoger a personas. Todo esto lo hace ACNUR, que otorga a algunas personas un estatus de refugiado. Este es reconocido por las autoridades tunecinas, pero solo para no deportarlas. Quitando eso, no da ningún derecho, no sirve para nada". Esta es la lectura de la situación que hace Nicanor Haon, experto en migración del Forum Tunisien pour les Droits Economiques et Sociaux. Y añade en su correo electrónico: "Las deportaciones a Libia son una amenaza constante en el sur".

Las experiencias de aquellos que han sido integrados tampoco son positivas. Abdelrahim Yahya Filli vive en Medenine con otros cinco compatriotas de Eritrea. Las mareas del Mediterráneo llevaron su barco a las costas tunecinas en vez de a las de Lampedusa. Pasó ocho días a la deriva y todavía baja la mirada al contar que ocho de las personas que navegaban con él murieron. Esto ocurrió en septiembre. Ahora tiene una tarjeta de refugiado, pero hasta el momento no le ha visto un gran uso. "Se supone que me iban a dar 120 dinares al mes (algo menos de 60 euros), pero después me dijeron que no, que eso es para las personas que llevan más tiempo. Tengo que pagar el alquiler de la casa y no sé de dónde sacar el dinero. No hablo árabe, no hay trabajos y cuando, alguna que otra vez, he sido capaz de hacer algo, me han acabado pagando la mitad de lo que habíamos acordado". Abdelrahim no tiene duda, en cuanto tenga la oportunidad, volverá a Libia para intentar llegar a Europa una vez más.

En Choucha los tanques de agua están vacíos y muchas de las tiendas destruidas. Tal y como explican los refugiados, han tenido que romper los antiguos baños de la ONU para conseguir piezas con las que poder reconstruir sus tiendas. Todos se encuentran "cansados y hartos" de las condiciones en las que viven. Las mujeres se pasan los días enteros esperando junto a la carretera que lleva a la frontera para mendigar agua, comida y todo lo que los conductores estén dispuestos a darles. Mientras, los hombres deambulan por el campo, languidecen en sus tiendas o se juntan en el "Café", como han denominado a una gran tienda equipada con televisores. "No tenemos nada que hacer, dice Mohamed, el somalí. "Es normal que a veces haya tensiones entre nosotros, como justo antes ha ocurrido. Pasamos demasiado tiempo dándole vueltas a nuestros problemas... Es mentalmente agotador".

Las mujeres se pasan los días enteros esperando junto a la carretera que lleva a la frontera para mendigar agua, comida o lo que les den los conductoresEl hartazgo se muestra a los medios de comunicación y los voluntarios que todavía visitan el campo. Demasiados periodistas han pasado durante los últimos tres años, pero su situación no ha cambiado absolutamente nada. "Cuento mi historia una y otra vez. Me entrevistan, me graban y se van. Pero nosotros aún estamos aquí y las cosas no hacen más que empeorar. También la Media Luna Roja y el Forum Tunisien pour les Droits Economiques et Sociaux. Dicen que vienen por aquí, pero yo no los he visto desde hace un buen tiempo", clama un joven de Costa de Marfil. No obstante, la mayoría de los refugiados recibe a los visitantes. Están ansiosos por contar sus historias personales y reclamar sus derechos.

"Agradecemos a la comunidad internacional el esfuerzo realizado. Sabemos que trabajan duro y que hay muchas crisis humanitarias, pero nosotros todavía necesitamos una solución. Estamos en una especie de limbo en el que nadie sabe ni qué ocurrirá mañana". Usman Bangura es otro refugiado rechazado de Sierra Leona. Él también ha estado en Choucha desde marzo de 2011. Como muchos otros, él no quiere integrarse en la sociedad tunecina. "Nuestro problema es con ACNUR, no con el gobierno tunecino. La ONU nos trajo aquí. Es la ONU la que nos tiene que dar una solución. Simplemente reclamamos nuestros derechos reconocidos por la convención de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados".

A continuación, Público remite un comunicado de la agencia de la ONU para los regugiados:

El cierre del campo de tránsito de Shousha no supuso el abandono de los refugiados por parte de ACNUR en Túnez sino la transferencia de los programas hacia zonas urbanas. A mediados de marzo 2014, seguían viviendo en el campo cerrado unos 85 refugiados y solicitantes de asilo que rehusaban abandonarlo.

La situación de muchos inmigrantes y refugiados en países del norte de África es dramática y, desgraciadamente, las organizaciones humanitarias no podemos dar respuesta a todas estas necesidades, en muchos casos, por falta de financiación. En el contexto de Túnez, los programas de ACNUR se han centrado y están actualmente enfocados hacia las personas que han sido reconocidas como refugiadas bajo el mandato de la Agencia, a falta de un sistema nacional que asilo que pueda asumir esta función. El campo de tránsito de Shousha, se abrió de forma temporal en febrero de 2011 con la colaboración de las autoridades tunecinas, para dar respuesta a la situación de emergencia que se produjo en el país ante la llegada de centenares de miles de personas que huían del conflicto en Libia. Por este asentamiento temporal pasaron miles de inmigrantes económicos, que se encontraban trabajando en Libia en el momento que estalla la crisis, y refugiados, que habían huido de la persecución y de la guerra en sus países de origen y que estaban también viviendo en ese país. Este campo provisional, situado a pocos kilómetros de la frontera con Libia, donde se alcanzan temperaturas que superan los 50 grados, fue concebido como un lugar de paso en el que poder hacer una valoración de las necesidades de protección de las personas que salieron de Libia y buscar soluciones para ellos, conjuntamente con el Gobierno de Túnez, organizaciones humanitarias y la comunidad internacional. Con el fin de aliviar la presión que la llegada de miles de personas estaba ejerciendo sobre Túnez, un país que trataba de resurgir tras la caída del Gobierno, se pusieron en marcha tanto programas de repatriación voluntaria, a cargo de organizaciones como la OIM, y de reasentamiento en terceros países, gestionados por ACNUR, para los refugiados que llegaron a Túnez antes de diciembre de 2011 a consecuencia del conflicto en Libia, y que no podían volver a sus países de origen. El programa de reasentamiento fue una operación excepcional, condicionada por las plazas ofrecidas por los distintos países que estaban dispuestos a acoger a refugiados y por los criterios de admisión que se establecían para la aceptación de casos. Lamentablemente, no todos los refugiados pudieron ser reasentados, mientras que se observaba la llegada hasta Shousha de personas de distintos países que no habían vivido el conflicto en Libia pero que, atraídas por el programa de reasentamiento, buscaban ser reasentadas. El cierre de este asentamiento temporal en julio de 2013, anunciado con antelación a los residentes, no significó el fin de la asistencia de ACNUR y de las entidades colaboradoras, para los refugiados y solicitantes de asilo. Las personas que allí permanecían en esa fecha, fueron informadas de los programas de asistencia fuera del campo y se les ofreció la posibilidad de beneficiarse de los paquetes de reintegración en otras zonas. De este modo, el cierre supuso una transferencia de las actividades hacia zonas urbanas, donde centenares de refugiados han estado recibiendo ayudas económicas para la reinstalación, alojamiento, apoyo para micro-proyectos, cursos de idiomas y formación profesional, además del acceso a la educación y servicios de salud tunecinos. A mediados de marzo 2014, todavía seguían en el campo cerrado unos 85 refugiados y solicitantes de asilo que rehúsan abandonarlo, mientras que 1.100 refugiados bajo el amparo de ACNUR ya han iniciado su proceso de integración en la sociedad tunecina principalmente en las ciudades sureñas de Medenine, Ben Guerdane y Zarzis. Las dificultades para abrirse camino en Túnez siguen siendo grandes y los programas de ACNUR y de otras entidades limitados, pero continuarán brindando asistencia a los más vulnerables también en 2014, en la medida de sus posibilidades.