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El revés en el Senado mina la candidatura de Sarkozy

Los barones de su partido están preocupados por el declive del apoyo y las divisiones internas

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Nicolas Sarkozy era más discreto que una sombra ayer de cara a la galería, mientras a puerta cerrada reunía a la plana mayor del partido conservador, de su Gobierno, y de sus consejeros del Elíseo.

Tras la bofetada del domingo, cuando el Senado pasó por primera vez desde 1958 a la izquierda, Sarkozy descubre que sus aparentes éxitos en la escena internacional no han mermado la aversión que le profesan parte de los franceses. Y, un sondeo tras otro, una elección tras otra, dibujan para el presidente un espectro: el síndrome Giscard, en alusión a Valéry Giscard D'Estaing, el único presidente de la Quinta República que, en condiciones normales, no fue reelegido para un segundo mandato.

El ambiente era electrizante ayer en la derecha francesa, que sigue en la presidencia y en el Gobierno, y que también dispone de mayoría parlamentaria en la Asamblea Nacional. Los líderes de la Unión para un Movimiento Popular (UMP) no pararon de reunirse en su sede cercana a los Campos Elíseos. El presidente convocó luego en el Elíseo, por separado, tanto al secretario general de la UMP, Jean-François Copé, como al primer ministro, François Fillon.

Tras la dimisión de la ministra de Deportes, Chantal Jouanno, que quiere ocupar su escaño en el Senado, Sarkozy no procedió, como acostumbra, a abrir un periodo largo de remodelación, sino que se limitó a un retoque técnico del Gobierno, mediante un puro comunicado telegráfico sin alegría ni epítetos.

Lo que se trata de analizar, no es ya un simple 'revés' o una 'advertencia', como aseguraron algunos conservadores la noche del domingo al saber que la izquierda, con 177 senadores, pasaba a disponer de mayoría absoluta en la Cámara Alta. Tras los intentos de minimizar el golpe, ayer se trató ya de analizar una auténtica 'bofetada', el término más utilizado por la prensa francesa, incluido el diario de referencia Le Monde. O más bien, como tuvo la franqueza de afirmar el canciller Alain Juppé, se trataba de analizar nada menos que 'el fracaso de la UMP' y de intentar atajar 'la tendencia suicida' conservadora.

La supresión de servicios públicos más el paro pasan ahora factura

Juppé, figura tutelar de la derecha, atribuyó a las divisiones de la derecha sólo 'siete u ocho escaños' perdidos, con lo que reconocía la realidad de fondo y cerraba la boca a los fieles sarkozystas que minimizan lo ocurrido. Desde la elecciónde Sarkozy para la presidencia en 2007, la derecha ha perdido unos 50 escaños del Senado a lo largo de los diferentes escrutinios parciales.

La derecha perdió en beneficio de la izquierda y de forma abrumadora las elecciones municipales de 2008, las elecciones regionales de 2010, y las elecciones a diputaciones provinciales de marzo pasado. Con ello cambió masivamente la composición del 'colegio de grandes electores' que votan por el Senado, reflejo de lo que ocurre en toda Francia a ras de suelo.

El enemigo íntimo de Sarkozy, el ex primer ministro Dominique de Villepin, fue el que mejor resumió el cuadro al que se enfrenta Sarkozy: 'Los ediles locales, portavoces de sus territorios, expresan un real descontento, un hartazgo auténtico por la situación económica, la reforma, la falta de financiación y el clima político malsano'.

Los conservadores están, de hecho, recogiendo la tempestad de los vientos que sembraron. La política de supresión de servicios públicos, de reducción del número de funcionarios y de recorte de la financiación de las colectividades locales, acoplada al paro y el descenso de poder adquisitivo de los salarios, ha situado la ira de 'los territorios' a tal nivel que hasta los ediles locales sin etiqueta (la inmensa mayoría en los municipios), e incluso los de derechas, votaron contra los senadores conservadores para no perder su propia base.

Sarkozy ha perdido el apoyo de la Francia profunda apegada al orden

A pocos meses de las presidenciales de abril y mayo, Sarkozy tiene confirmado así lo que auguraban las otras elecciones intermedias: ha perdido por completo el apoyo de la llamada 'Francia profunda', apegada al orden y la tranquilidad. Para el presidente, el revés es muy crudo; tanto que empieza a ser invitado tímidamente, con medias palabras, por los barones conservadores, a renunciar a su candidatura presidencial.

Cuando Sarkozy empezaba a adoptar esa 'pose presidencial' minada a causa de su frivolidad y su excesivo gusto por el lujo y la compañía de multimillonarios, cuando pensaba cosechar el crédito de los supuestos éxitos del G-20, las mediaciones internacionales y Libia, cuando multiplicaba los viajes al extranjero, la tierra francesa se le desmorona a sus pies.

Tras un repunte de un 1% en un sondeo de septiembre, debidos al viaje y a los vítores en Libia, dos encuestas más recientes volvieron a colocarlo en su sitio. Ambas señalan que Sarkozy va a la zaga de cualquiera de los dos candidatos posibles del PS a la presidencial, François Hollande o Martine Aubry. E incluso que tiene a la ultra Marine Le Pen ya pisándole los talones, a entre cuatro y seis puntos de distancia.

El jefe del Estado va a la zaga de los dos posibles candidatos socialistas

El giro internacional de Sarkozy ha quedado enturbiado por las revelaciones sobre los lazos de sus colaboradores con un traficante de armas, Ziad Takieddine, que ya han llevado a dos de ellos a la detención y el procesamiento, mientras que un tercero, nada menos que el íntimo y exministro Brice Hortefeux, empieza a estar en el punto de mira de la Justicia.

Así, pese a su nueva pose de hombre de Estado, que ha llevado al muy atlantista y proisraelí Sarkozy a mostrar una inusitada amistad por los palestinos, el presidente conservador está cada vez más cubierto por la sombra de Valéry Giscard d'Estaing, cesado por los franceses en 1981, pese a haber inventado el G-7, un logro internacional y ancestro del G-20 ideado por Sarkozy.

Mientras, su esposa, Carla Bruni, vuelve a conceder entrevistas para explicar lo mucho que quiere a su marido, en lo que puede ser un intento de devolverle algo de popularidad.