Publicado: 05.10.2015 23:38 |Actualizado: 05.10.2015 23:38

Rusia se ampara en el derecho internacional para intervenir en Siria

Moscú asegura que sus ataques en territorio sirio obedecen a una petición previa de Damasco y no descarta enviar tropas. El Kremlin intercede ahora para frenar el avance yihadista que amenaza a varias exrepúblicas soviéticas y después de que el Consejo de Seguridad echara por tierra una propuesta rusa para solucionar el conflicto en 2012.

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Cráter producido por un bombardeo ruso en la ciudad siria de Latamneh, en la región de Hama. - REUTERS

Cráter producido por un bombardeo ruso en la ciudad siria de Latamneh, en la región de Hama. - REUTERS

MOSCÚ.- El pasado 30 de septiembre el conflicto sirio entraba en una nueva fase. El Consejo de la Federación de Rusia (Senado) autorizaba el uso de las Fuerzas Armadas en el país árabe para asistir al Gobierno en su lucha contra las organizaciones yihadistas Estado Islámico (EI) y el Frente Al-Nusra, la filial de Al-Qaeda en Siria.

"El objetivo militar de la operación es únicamente apoyar a las fuerzas gubernamentales sirias en su lucha contra el Estado Islámico", indicó el presidente de la Administración Presidencial, Serguéi Ivanov, en declaraciones recogidas por la agencia Sputnik. Ivanov no proporcionó más detalles, salvo que la intervención tiene “plazos bien definidos”. También destacó que la operación militar había sido solicitada por Damasco y cumplía, por lo tanto, con lo establecido por el derecho internacional. "No es la primera vez que utilizamos las fuerzas armadas en el extranjero para combatir el terrorismo", señaló el funcionario del Kremlin, quien recordó que en los noventa se hizo "prácticamente lo mismo" en el caso de Tayikistán.

"El objetivo militar de la operación es únicamente apoyar a las fuerzas gubernamentales sirias en su lucha contra el Estado Islámico", defiende Moscú

La noticia estallaba como una bomba en medio de una tormenta informativa. Días atrás los medios hablaban sobre la posible presencia de soldados rusos en Siria y el 18 de septiembre, el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, anunciaba que Moscú estaba estudiando una solicitud de Damasco para enviar tropas al país. Las declaraciones de Peskov eran significativas, ya que el presidente ruso, Vladímir Putin, se había pronunciado con cautela sobre esta posibilidad: “Demasiado pronto para hablar de ello”, respondió en Vladivóstok a la pregunta de un periodista a comienzos de septiembre.

Hasta la fecha, Moscú había reconocido el envío de asesores militares y material militar ─catalogado para la lucha antiterrorista─, aunque los medios occidentales informaron de la construcción de un aeródromo cerca de Latakia. Además, una fuente diplomática reveló recientemente que Rusia, Siria, Irán e Irak han creado un centro informativo con sede en Bagdad para recopilar información y coordinar la lucha contra el Estado Islámico.



Rusia, Siria y la 'pax syriana'

Según el exoficial de la CIA Robert Baer, el término syriana se refiere a una situación particularmente complicada en Oriente Medio y, a la vez, a una hipotética remodelación del equilibrio regional, pilotada desde Washington. Sería, por lo tanto, una metáfora de la intervención occidental para garantizar el acceso de sus multinacionales a las importantes reservas de crudo que atesora el subsuelo de la región.

La situación que vive actualmente en Siria es syriana, valga la redundancia. Lo es por la cantidad de actores e intereses implicados en ella y por la difícil caracterización de una guerra que se desarrolla en un mosaico etnorreligioso que los medios de comunicación explican, con demasiada frecuencia, de manera apresurada y poco precisa en el mejor de los casos. A este complejo tapiz político, histórico, cultural y religioso aún hay que añadir las alianzas e intereses internacionales, que han llevado a numerosos especialistas a considerar la de Siria como una guerra subsidiaria (proxy war).

De todos los países árabes, Siria fue siempre el más cercano a la Unión Soviética y, tras su desintegración, a la Federación Rusa

De todos los países árabes, Siria fue siempre el más cercano a la Unión Soviética y, tras su desintegración, a la Federación Rusa (las buenas relaciones entre ambos se remontan incluso a mucho más atrás, ya que en el siglo XIX el Imperio ruso se erigió, como hizo también en los Balcanes, en protector de la comunidad ortodoxa del país.) Estas buenas relaciones, que se remontan hasta la década de los cincuenta y la ayuda soviética a los movimientos nacionalistas árabes, se materializó en 1971 en la cesión de una instalación naval en Tartus ─popularmente conocida como “base” y oficialmente llamada “punto de apoyo material-técnico”─, que permite a la Flota del Mar Negro tener un puerto en el Mediterráneo donde reparar y repostar sus embarcaciones antes de regresar a la base de Sebastopol, en Crimea. En 2006, Rusia y Siria iniciaron conversaciones para la ampliación de estas instalaciones, que finalmente comenzaron en 2009, permitiendo el acceso a buques de gran tamaño.

La amenaza yihadista

Además de los motivos geoestratégicos, frecuentemente mencionados, la ayuda rusa podría obedecer también a otros motivos: algunos comentaristas han señalado que Moscú tiene la tesis de que, si el EI y el Frente Al-Nusra no son aniquilados en el mismo foco de origen, los yihadistas podrían abrirse paso hasta las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central e incluso el Cáucaso norte (Chechenia, Daguestán, Ingusetia). Desde hace meses, en las agencias de noticias rusas hay un goteo constante de operaciones antiterroristas en países como Tayikistán y Turkmenistán, donde la situación política y económica ha creado un terreno propicio para el proselitismo de los islamistas, que canalizan a través de la religión el descontento de la población, en particular los más jóvenes.

Además, un artículo de Anna Nemtsova para The Daily Bast el pasado abril revelaba que un grupo de islamistas chechenos, excombatientes del Estado Islámico en Siria, se había unido a los neonazis ucranianos de Sector Derecho para luchar contra las milicias de las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk. Estos chechenos, reseñaba el artículo, ven el conflicto en Donbás como una prolongación de su guerra contra los rusos. Por su parte, el Gobierno ucraniano tolera la presencia de extremistas para paliar la falta de moral de sus propios soldados. El Batallón checheno jeque Mansur, como se hace llamar esta unidad de combatientes irregulares, cuenta incluso con su propia página de VK (una popular red social rusa equivalente a Facebook).

La canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente ruso, Vladimir Putin, durante un encuentro bilateral en el Palacio del Elíseo, en Francia, previo a una cumbre sobre Ucrania. - REUTERS

La canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente ruso, Vladimir Putin, durante un encuentro bilateral en el Palacio del Elíseo, en Francia, previo a una cumbre sobre Ucrania. - REUTERS

¿Tuvo Rusia la solución al conflicto sirio?

La crisis humanitaria provocada por la llegada masiva de refugiados a Europa, que plantea a la Unión Europea un importante reto para dar una pronta acogida a decenas de miles de personas (muchas de ellas procedentes de Siria), ha llevado a los Gobiernos europeos ha plantearse un cambio de posición respecto al conflicto sirio y, en relación con éste, hacia Rusia.

El 24 de septiembre, Angela Merkel declaraba en Bruselas después de una cumbre extraordinaria de la UE que “ha de hablarse con muchos actores, también con Al Asad”. “El conflicto en Ucrania no puede afectar tanto las relaciones de Alemania, Europa y los Estados Unidos hacia Rusia como para que Rusia deje ser un socio en (la resolución del conflicto) en Siria”, afirmaba el vicecanciller, Sigmar Gabriel.

La convicción de EEUU, Reino Unido y Francia de que Al Asad caería pronto, provocó que en 2012 se perdiera la oportunidad de buscar una solución diplomática a la guerra en Siria a propuesta de Rusia

La Unión Social-Cristiana (CSU), el partido hermano de la CDU de Merkel, ha ido aún más lejos y ha pedido el levantamiento de las sanciones a Rusia para facilitar las negociaciones. “Si las sanciones son el obstáculo en el camino para una intervención conjunta en Siria, la prioridad es la resolución del conflicto en Siria”, declaró al Müncher Merkur la ministra bávara de Economía, Ilse Aigner, el pasado 25 de septiembre. “Para la lucha contra el Estado Islámico es inevitable la cooperación con Rusia”, insistió Aigner, quien defendió intensificar los contactos con Rusia.

De hecho, Rusia pudo haber jugado ese papel tiempo atrás, pero la convicción de que Al Asad caería pronto entorpeció esa posibilidad. El diario británico The Guardian informaba el 15 de septiembre que el diplomático finlandés Martii Ahtisaari había mantenido conversaciones con los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU en febrero de 2012, y que el embajador ruso, Vitali Churkin, presentó un plan para llevar a cabo una transición de poder en el país y negociaciones entre el Gobierno y la oposición.

Según Ahtisaari, esta hoja de ruta consistía en tres puntos: 1) no entregar armas a la oposición; 2) comenzar un diálogo entre la oposición y Al Asad de inmediato; 3) encontrar una salida decorosa para el presidente sirio. Ahtisaari relató que “no ocurrió nada porque creo que estos tres (Reino Unido, Francia y EEUU), y muchos otros, estaban convencidos de que Al Asad sería derrocado en cuestión de semanas, así que no había ninguna necesidad de hacer nada”. “Una oportunidad perdida en 2012”, lamentó el diplomático finlandés.

Reafirmar la multipolaridad

La posición al respecto del Kremlin ha sido no obstante clara. Según Putin en declaraciones recogidas por la agencia AFP, en este momento “no existe otra solución a la crisis siria que reforzar las estructuras del actual Gobierno y ayudarlo a combatir el terrorismo”, aunque reclamó a Damasco “participar en un diálogo positivo con la oposición razonable e implementar reformas”.

Fragmento de unas imágenes del Ministerio de Defensa ruso tras un bombardeo al sur de la ciudad siria de Idlib. - REUTERS

De aplicarse el símil ajedrecístico, tan común en tiempos de guerra fría, con la decisión de enviar los bombarderos a Siria, Putin ha empleado por primera vez en esta partida el alfil. Esta pieza, conocida por su capacidad de penetración, se utiliza cuando el juego está lo suficientemente avanzado y varias líneas abiertas permiten su uso. En efecto, de la resolución de este conflicto resultarán, como del de Ucrania, muchas cosas. Rusia ha sido el único país que ha detenido militarmente el avance geopolítico de los intereses occidentales, y lo ha hecho no en una, sino en dos ocasiones: en la guerra de cinco días contra Georgia (2008) y en la crisis de Crimea (2014).

En un escenario negativo, Rusia se vería arrastrada al avispero sirio, aumentando su intervención en un largo conflicto que la desgastaría, obligándole a destinar crecientes recursos, y que recordaría a la población a otros más recientes y de funestos resultados para el país. Pero un desenlace favorable a Rusia en Siria le permitiría dejar de ser a ojos del mundo una “potencia regional” ─como la calificó Obama el año pasado─, algo que se podría incrementar si Irak pide oficialmente a Moscú que también intervenga en su país. Rusia podría demostrar así que es capaz de intervenir en terceros países con eficacia y ganar así peso ante EEUU en el plano internacional, una vieja aspiración del Kremlin.

Esta percepción ya está con todo en marcha, sobre todo por comparación con los pretendidos logros de la intervención estadounidense. El 16 de septiembre, el general Lloyd J. Austin III, comandante de las tropas estadounidenses en Oriente Medio, reconocía ante el Senado el fracaso del programa del Pentágono para el entrenamiento de 5.000 combatientes del Ejército Sirio Libre. Solo “cuatro o cinco” soldados de los entrenados dentro de ese programa, que costó al contribuyente estadounidense 500 millones de dólares, seguían combatiendo sobre el terreno, admitió el general estadounidense.

La coalición de más de 60 naciones liderada por EEUU ha conseguido resultados modestos, mientras los aviones rusos golpeaban en el segundo día la capital del autoproclamado califato

En Irak, el Pentágono destinó mucho más: 25 mil millones de dólares para crear un ejército iraquí de 271.000 soldados y 500.000 reservistas. Sin embargo, este ejército desertó en masa o fue incapaz de hacer frente al avance del EI en Mosul, Tikrit y otras ciudades. Y el mismo día en que los aviones rusos bombardeaban posiciones yihadistas en Siria, el ejército y la aviación estadounidenses se veían obligados a intervenir contra los talibanes en la ciudad afgana de Kundus. Si la teoría se demuestra en los hechos y el valor de un soldado en el campo de batalla, parece claro que los ejércitos entrenados por EEUU no han conseguido superar la prueba. La propia coalición de más de 60 naciones liderada por EEUU ─de la que se excluyó de manera significativa a Siria, Irán y Rusia, y que incluye a Estados que cumplen un papel meramente testimonial─ ha conseguido resultados modestos, mientras los aviones rusos golpeaban en el segundo día la capital del autoproclamado califato, Raqqa, obligando a los líderes del EI a evacuar a sus familias a Irak.

Ese escenario, como ha comentado el analista brasileño Pepe Escobar, legitimaría el largo apoyo prestado por el Kremlin a Damasco y respaldaría por lo demás las tesis del Gobierno ruso de que: 1) la exportación de las revoluciones de color está destinada a su fracaso, 2) no hay por ahora ninguna oposición moderada creíble en Oriente Medio, y 3) el respeto a la soberanía nacional ha de prevalecer en las relaciones internacionales. Pero lo que verdaderamente inquieta en los centros de poder occidentales ─y ello explica, en parte, la reacción de buena parte de la prensa occidental─ es el precedente que la operación rusa crearía para otros países que aspiran a un orden multipolar. En una palabra: China.