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Santos prevé arrasar en la segunda vuelta de Colombia

Los sondeos dan al candidato del Partido de la U un 65% del voto frente a un 27% de Mockus. El equipo del heredero de Uribe propagó la idea de que sin su triunfo se acabarían las ayudas públicas

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Las segundas vueltas electorales suelen ser en todo el mundo más emocionantes que las primeras. Las fuerzas políticas deben aparcar diferencias, pactar programas contrarreloj y trata de sumar afinidades para vencer al candidato situado en primera posición.

Sin embargo, la decisiva jornada electoral de hoy para elegir al sucesor de Álvaro Uribe como presidente de Colombia expresará sin duda la tendencia contraria. Las apuestas arrolladoras a favor del candidato continuista del Partido de la U, el ex ministro Juan Manuel Santos, la pérdida de fuelle de la ola verde de Antanas Mockus, la apatía de los disconformes con el uribato y el Mundial de fútbol de Suráfrica –con un partido en el que compite la selección brasileña, adorada en el país–, pronostican que, durante la jornada electoral, en las calles colombianas se oirá más el odioso trompetear de las vuvuzelas que la música de las caravanas electorales.

Con leves márgenes de diferencia, las últimas encuestas difundidas una semana antes de los comicios coincidían en dar al ex ministro de Defensa un 65% en intención de voto frente a un 27% del candidato del Partido Verde.

En la primera vuelta, Santos obtuvo el 46,5% de los votos y Mockus, el 21,4%

Dichas estimaciones confirman la deriva marcada en la primera vuelta de las elecciones –46,5% para Santos frente al 21,4% para Mockus–, reflejo de un país que decidió arrolladoramente seguir con más de lo mismo, después de dos mandatos de Álvaro Uribe, en los que ha abundado la corrupción, el neoparamilitarismo, los ‘falsos positivos’ (civiles asesinados y presentados como guerrillero abatidos), el desplazamiento forzado y la desigualdad social.

La esperanza de cambio que suponía la candidatura presidencial de Mockus galvanizó durante varias semanas a una parte muy importante de la ciudadanía, que alcanzó a tocar con la punta de los dedos el inicio de una nueva era en la historia de Colombia, en vísperas del bicentenario de la independencia.

Los sondeos entonces anunciaban prácticamente un empate técnico en la primera vuelta y un contundente triunfo en la segunda a favor de Mockus. ¿Qué sucedió en los últimos días de la campaña para que Juan Manuel Santos trastocara todas las previsiones y arrollara al candidato verde, a punto de ganar por mayoría absoluta, y situándose como favorito indiscutible en la votación decisiva de hoy?

Los analistas y corresponsales coinciden en la suma de una serie de factores. No solo, con ser decisiva, la torpeza de Mockus en los debates televisivos de la última semana. Tan decisivo o más fue el giro radical en la estrategia de Santos.

El estratega de Lobo en Honduras fue clave en la campaña del uribista

Un turbio personaje venezolano, J. J. Rendón, que acababa de llevar a la victoria en Honduras al posgolpista Porfirio Lobo y que tuvo un cierto papel en la fundación del Partido de la U, con el que los uribistas programaron la sucesión del actual presidente, dio un vuelco a la campaña de Santos mediante el uso de la llamada “propaganda negra”, imagen cerrada de continuidad con Uribe y “unidad nacional” como mensaje básico, en un país cansado de los partidos tradicionales.

Una idea clave para ganar: que Santos volviera a mostrarse como continuador ciego de Álvaro Uribe y aplazara para más adelante las distancias que trataba de marcar con su eslogan “prosperidad democrática”, frente la “seguridad democrática” de un presidente que dejará a Colombia con un triste liderazgo latinoamericano en pobreza, miseria y desigualdad.

El continuismo llegó hasta montar una estrategia en las emisoras de radio en la que un perfecto imitador de la voz de Uribe señalaba a “Juan Manuel” como su hijo predilecto y la propaganda difusa en todos los rincones del país rural que afirmaba que se acabarían las ayudas asistenciales a las familias pobres si el candidato de Uribe era derrotado en las urnas.

A ello se sumó el apoyo expreso del más poderoso diario colombiano, El Tiempo, órgano tradicional de la familia Santos, en el que el candidato uribista ejerció como subdirector. Hoy el diario es propiedad del Grupo Planeta y competidor por un canal de televisión abierta en Colombia cuya llave tiene el propio Uribe, y debe usarla antes de abandonar el poder el próximo 7 de agosto.

El continuismo llegó hasta montar una estrategia en las emisoras de radio

Para el 25 de mayo ya se había producido el vuelto y los sondeos –prohibidos en su difusión por su proximidad con la cita electoral– daban una caída en picado de Mockus, que apenas superaba un 27% frente al 61% largo de Santos. Las votaciones de la primera vuelta, el 30 de mayo, ratificaron los peores augurios para Mockus: 6,7 millones de colombianos se decantaron por el continuador de Uribe, mientras que 3,1 lo hacían por el candidato verde.

A partir de ahí todo fue un paseo militar. Depreciando las posiciones de sus candidatos presidenciales –Rafael Pardo, Noemí Sanín y Germán Vargas, críticos furibundos con Santos hasta su triunfo– la mayoría de los dirigentes y parlamentarios de sus respectivos partidos –Liberal, Conservador y Cambio Radical–, acudieron a rendir pleitesía a Juan Manuel Santos tras su victoria, sumándose a su hegemónica propuesta de “unidad nacional” y asegurándole con sus escaños una cómoda mayoría parlamentaria en el futuro, estimada en más de un 80%, más de lo que nunca gozó el propio Uribe. Están en juego los más apetecibles puestos de la Administración, los ministerios, las embajadas, la concesión de obras públicas…

En las filas de la oposición verde, un clima derrotista y proclive al abstencionismo: se estima que Mockus perderá como candidato presidencial en todos los departamentos de Colombia.  Los más optimistas entre los verdes esperan que, en todo caso, la retención de al menos 3 millones de votos les consoliden el futuro como una fuerza decisiva de oposición, aunque les vaya a ser difícil ejercerla en un Parlamento en el que apenas contarán con 7 representantes.