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La sequía enciende las disputas por la tierra en el valle del Rift

La prolongada sequía que afecta al valle del Rift está exacerbando los enfrentamientos entre pastores y latifundistas. Pueblos enteros han sido abandonados y los muertos, de Kenia a Etiopía, superan ya al centenar.

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Somalia que está sufriendo actualmente una grave sequía y puede estar al borde de la hambruna a menos que se tomen medidas humanitarias urgentes. AMISOM Photo / Tobin Jones

Cuando Daniel volvió a casa, una casa que nunca es exactamente la misma pues su ubicación varía en función de la disposición de alimento para el ganado, no encontró a sus padres. La sequía que desde hace un año resquebraja los pastos del valle del Rift les había obligado a migrar más lejos de lo que antes lo habían hecho. En esta travesía perenne, en la búsqueda de la tierra verde con la que aliviar sus rebaños, se toparon con las verjas de un rancho. Propiedad privada. Sus vecinos, otros pastores de etnia pokot, no los han vuelto a ver. Como tampoco Daniel. Más nombres para la lista de víctimas de un conflicto, el de la tierra del valle del Rift, más inflamado cada día que deja de llover.

Las olas de sequía son frecuentes en estas latitudes, pero nunca antes la violencia había sido tan desmesurada

No es la primera vez que las nubes pasan de largo por el valle del Rift. Las olas de sequía son frecuentes en estas latitudes, pero nunca antes la violencia había sido tan desmesurada: ya no se trata sólo de enfrentamientos con los rancheros -como se conoce a los dueños de los grandes latifundios, las únicas tierras verdes de la zona-, sino entre las propias tribus que históricamente han habitado estos pastos. 

Masái contra samburos, samburos contra pokot, pokot contra masái. Al norte, en lago Turkana, la animadversión entre los pobladores locales y la tribu dassanach, originaria de Etiopía, ha obligado a los primeros a huir de sus casas e incorporar a sus aperos el acero de los AK-47. Más al norte, en la frontera volátil que comparten los oromo etíopes con los pastores somalíes,los enfrentamientos superan ya el otro medio centenar de víctimas mortales.

Aunque las lluvias de las últimas semanas han aliviado la situación en la región de Turkana y en el noroeste de Kenia, en el resto de regiones pastoralistas del país “la seguridad alimentaria continúa deteriorándose con una menor productividad ganadera que restringe los ingresos familiares y la disponibilidad de leche”. En las regiones agrícolas del valle, continúa el Famine Early Warning Systems Network, la cosecha de maíz será entre un 20 y 30% menor. Ante estas previsiones, la FAO ya ha alertado del “alto riesgo” en el que se encuentra el Cuerno de África, especialmente en Somalia, donde en junio de este año había ya más de 6,2 millones de personas en grave riesgo de inseguridad alimentaria.

Una enfermera del hospital de Banadir en Mogadiscio, Somalia, ayudó a una anciana, que llevó a su nieto desnutrido al hospital a recibir tratamiento para la desnutrición. AMISOM Photo / Tobin Jones

En toda la región, desde los mercados de Nanyuki, en Kenia, a las tierras áridas de Arbiska, al sur de Mogadisho, la escena se vuelve repetitiva: rebaños enflaquecidos, animales vencidos, doblados sobre sí mismos incapaces de seguir avanzando, mientras sus dueños observan impotentes como se esfuma el futuro de sus familias. Desde que llegó la sequía, “hace año y medio”, Pires Leihuhu ha visto perece a nueve de sus diez vacas. “No hay leche, ni tampoco se puede cultivar ni crecen las frutas. Los niños se mueren”, explica serena esta mujer masái sin mover ni un milímetro sus brazos enjutos para no despertar al pequeño que sostiene en su regazo.

Sentada en una de las pocas sombras que aplacan el sol abrasador de esta región de Laikipia, Leihuhu mantiene la mirada perdida en la verja que marca el infinito. A un lado, las tierras verdes de los latifundistas; al otro, el secarral en el que nada crece. “Sus animales están fuertes, los nuestros se están muriendo. ¿Por qué no son buenos vecinos y nos ayudan?”, se pregunta Leihuhu. “Nosotros también somos seres humanos”.

La herencia colonial

Antes de que las alambradas se impusieran como parte del paisaje que hoy une la ciudad, Nanyuki -rojo, en lengua masái- con las tierras del valle del Rift a través de una vereda polvorienta, las distintas tribus que trashumaban de un lado al otro del infinito habían encontrado un equilibrio pacífico. “Todo el mundo sabía dónde estaban sus fronteras”, recuerdan los más viejos. Aunque éstas fueran imaginarias. Con la llegada de los ingleses a Kenia en 1895, se introdujo también el modelo occidental de gestión de la tierra: los títulos de propiedad. Ninguna tribu africana usaba títulos para la tierra antes de los ingleses. “Antes”, añade el mismo anciano, “no había problemas con los demás grupos”.

Los masái ocupaban en aquellos días de paz los pastizales fértiles que se extendían desde la Reserva del Norte hasta Tanzania. En 1904, las autoridades coloniales británicas acordaron con los líderes tribales, en una relación que otorgaba a la tribu africana la consideración de nación soberana capaz de suscribir tratados internacionales con la Corona, la cesión por 99 años de buena parte de las tierras ancestrales del valle del Rift. Tras un nuevo pacto, firmado en 1911, los masáis fueron confinados a las reservas del sur, más áridas e improductivas. En este proceso de apropiación perdieron alrededor de un tercio de sus dominios.

Cuando el 15 de agosto de 2004 venció el pacto anglo-masái, este ya resultaba obsoleto. Las tierras con las que los británicos premiaron a algunos de los veteranos de la guerra en Birmania estaban en realidad en manos de la oligarquía kikuyo -la etnia mayoritaria en el país y a la que pertenece el hasta ahora líder del país Uhuru Kenyatta-: alrededor de otro tercio de las posesiones ancestrales masái eran ahora propiedad de políticos, empresarios y descendientes de los colonos que sirviéndose de registros fraudulentos para la compra-venta de tierras y de préstamos del Banco Mundial para la creación de ranchos con los que aumentar la productividad de las haciendas habían conseguido apoderarse de buena parte del valle del Rift.

Una mujer somalí desplazada con su hijo desnutrido en un hospital de Banadir en la capital de Somalia, Mogadiscio. AMISOM Photo / Omar Abdisalan

Ese mismo año, un colectivo masái inició el proceso legal para reclamar la titularidad de las tierras. Fueron aplastados. Judicial y físicamente. Ntinai Ole Moiyane, cuyo nombre resuena en valle como el de un mártir, murió en las refriegas que sobrevinieron. Desde 2015, la tensión no ha dejado de escalar. Incapaces de conservar sus pastos, catervas de pastores samburu y pokot comenzaron a acercarse a los dominios masáis. Estos a su vez volvieron la vista a las tierras verdes de los latifundistas. El ataque, en abril de este año, a la autora del best-seller I Dream of Africa, Kuki Gallmann, quien resultó herida en su finca de Laikipia llevó los enfrentamientos a la primera plana mediática, pero lo cierto es que son ya más de medio centenar -muchos más según los habitantes del valle- las víctimas mortales. Miles más son los que han tenido que abandonar sus aldeas.

Entre los latifundistas existe el convencimiento de que se trata de un conflicto político. Si bien la sequía ha sido el detonante de la crisis, ésta no es la primera vez que las tierras se secan y nunca antes la violencia había alcanzado este nivel. En medio del caos electoral -el resultado de las elecciones de agosto, que otorgaba la reelección a Kenyatta, tuvieron que ser anulados por el Tribunal Supremo al detectarse irregularidades-, los dirigentes políticos se han aprovechado de las reclamaciones históricas de las tribus para incitar a los pastores a tomar la tierra por la fuerza, corrobora el activista local Ole Shuel. El propio líder de la oposición, Raila Odinga, abogó en una entrevista en The Times por “racionalizar” el uso de la tierra de unos “ranchos” “demasiado grandes”. Unas palabras que bastaron para asegurarse el apoyo de los grupos étnicos del valle.

Estamos ante dos formas antagónicas de ver el mundo: la de los que creen que la tierra es de todos y la de los que creen que la tierra es suya

Aunque la aprobación de una nueva Constitución en 2010 abrió la puerta a la anhelada reforma agraria en Kenia, la titularidad de la tierra sigue en manos de los grandes latifundistas: las comunidades locales apenas poseen la titularidad del 6% de los pastos, pese a que sus dominios históricos cubren hasta dos tercios de toda la superficie del país. Legalmente, apunta el director ejecutivo del Environmental Defender Law Center (EDLC), Lewis Gordon, estamos ante un “conflicto” entre el “derecho consuetudinario” de un “pueblo que ha habitado” en esas tierras “durante generaciones” y un grupo “que tiene los derechos legales emitidos por el Gobierno”. En la práctica estamos ante dos formas antagónicas de ver el mundo: la de los que creen que la tierra es de todos y la de los que creen que la tierra es suya.

Existen en el país formas jurídicas para solventar el conflicto, mecanismos de compensación como el acuerdo de compra-venta voluntario (willing seller, willing buyer”), pero “la voluntad política para impulsar estas soluciones es escasa”, sentencia Liz Alden Wily, especialista internacional en tenencia de tierras residente en Kenia.

Etiopía: 55.000 desplazados

En el crisol étnico que es Etiopía, la disputa entre los agricultores oromo y los pastores somalíes es quizá la más ancestral. Una porosa frontera de más de 1.400 kilómetros ha sido históricamente el escenario de enfrentamientos y reyertas por la titularidad de la tierra. En 2004, se celebró un referéndum para decidir el destino de 420 kebeles -la unidad administrativa más pequeña del país- y el 80% de ellos fueron otorgados a la región de Oromia. Aunque la decisión todavía no ha sido implementada, miles de somalíes huyeron de la zona a lo largo de estos años por temor a las represalias.

Con la sequía, muchos pastores de ascendencia somalí han vuelto a sus antiguas tierras en busca de alimentos para sus rebaños y con ellos ha regresado también la tensión: cada bando cuenta con sus fuerzas paramilitares, la Liyu Police apoyada por los somalíes frente al Oromo Liberation Front, acusadas de hostigar y asesinar a las comunidades rivales. En unas semanas, según fuentes locales citadas por la BBC, más de 55.000 personas han tenido que huir de la violencia.