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Soldados y estudiantes exiliados se disputan el futuro de Sudán del Sur

Los jóvenes formados en el extranjero reclaman la gestión del país frente a los que lucharon por su independencia

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Los que se saben el himno entero lo gritan orgullosos, no sólo de su nuevo país sino de saberse la letra. Los ciudadanos han tenido poco tiempo para aprendérsela. Los menos aplicados se enganchan al final de la frase, cuando, entonces sí, la marabunta suena rítmica y melódicamente: Sur Sudán.

Y cambia la bandera. Mientras por un asta desciende la sudanesa la antigua, la que representa a partir de ahora solamente al norte, la estrellada tricolor de la nueva república asciende acompañada de las trompetas militares. 'Adiós', repite la multitud, despidiéndose de Khartum y de Omar Al Bashir, el presidente de Sudán, quien desde la tribuna observa impasible a la población con la que él y sus predecesores estuvieron en guerra durante 21 años sólo si se cuenta la segunda guerra civil.

Formará parte de la ONU y ha sido reconocido por la UE, EEUU y Corea

Por esos años, 21 cañonazos retumban absolutamente fuera de tempo. El sur se despide del norte, y el norte lo hace de las tres cuartas partes de las reservas petrolíferas que hasta ahora le pertenecían y que han sido un pilar para su economía.

La ceremonia oficial y su duro retraso tuesta a los miles de asistentes, a las pieles oscurísimas de los sursudaneses y a las poco coloridas de las decenas de kawajas (blancos), entre periodistas, cooperantes y oficiales. Nada sigue ni orden ni tiempo. Y mientras los miles de asistentes, forrados con el verde, rojo y negro del nuevo país, bailan, cantan y luego se aburren, el presentador pide que se vacíen las sillas bajo la sombra para los invitados especiales. Las cuentas fallan y no hay suficiente espacio para todos ellos.

En Juba, la capital del nuevo estado el que se convierte en el país 54 del continente africano, la noche no ha dormido. Desde la medianoche se inundaron las calles y se transformó la imagen de una ciudad de nocturnidad hostil a una velada de júbilo, en la que los soldados que habitual y duramente controlan los escasos conductores sonreían, uniéndose a la alegría generalizada.

El presidente, Salva Kiir, ha prometido la amnistía para los rebeldes

La República de Sudán del Sur formará parte de Naciones Unidas y ya ha sido reconocida oficialmente por la Unión Europea, Estados Unidos y Corea.

El presidente de la nueva nación, Salva Kiir, firmó la Constitución provisional que debe servir de marco jurídico y juró su cargo de presidente para el periodo transitorio de cuatro años, el mismo en que tiene que ser debatida y aprobada la Constitución definitiva.

'Los soldados no deben sentirse ofendidos, ya que aún tienen sus armas'

Salva Kiir habló de esforzarse por la paz, prometió amnistía para los rebeldes e invitó a los diversos grupos étnicos a poner sus diferencias al margen y bajo su nueva identidad unificadora de sursudaneses, además de prometer no jugar el rol de país agresor.

El mundo ha trazado una nueva frontera y los sursudaneses han logrado su soberanía. ¿Pero quién la va a gestionar? ¿Los que sacrificaron su vida y batallaron en la rebelión por la libertad durante más de dos décadas? ¿O los exiliados esparcidos por el mundo, que estudiaron en el extranjero y que han vuelto ahora, cada uno con su particular idea de país?

'Nuestro potencial no puede ser desperdiciado', dice un niño perdido'

Bol conduce un todoterreno aunque viva en una cabaña. Su vivienda es un tukul de gama alta, bien acabado y con paredes de cemento, pero él mismo asegura que le da prioridad al coche. Bol es uno de los niños perdidos de Sudán del Sur, parte de una generación de niños y jóvenes que fueron enviados al extranjero la mayoría de ellos, a Estados Unidos, Australia, Canadá y Cuba para que pudieran estar a salvo de la guerra y además recibir estudios, tanto básicos como universitarios.

Esta diáspora sabia ha estado goteando de vuelta a su país desde que se firmaron los acuerdos de paz, en 2005, pero sobre todo desde que se confirmó, en el referéndum de enero, el sí a la escisión.

Quieren cambios y se sienten capaces de proporcionarlos. Y para eso exigen puestos en el nuevo Gobierno. De hecho, a parte de un empleo en Naciones Unidas o en alguna organización internacional, un trabajo en el Gobierno sursudanés se percibe para los ciudadanos como la única opción, por ahora, para ganarse la vida dignamente.

Bol, boina y shorts cuando no está de servicio, ya lo ha logrado. Tiene la carrera de administración de empresas, pero ha acabado trabajando para Presidencia.

'Sudán del Sur no puede permitirse el lujo de perder nuestro potencial', suelta muy seguro de sí mismo y de los que en las aulas lejanas no dejaron de seguir la tragedia que ocurría en su país. 'Reconozco el sacrificio de los compatriotas que mantuvieron las armas alzadas, pero han aprendido en las trincheras y no les toca a ellos dirigir el país', comenta Bol, con un ápice de desprecio hacia los militares del Ejército del Pueblo para la Liberación de Sudán (SPLA, en sus siglas en inglés), el movimiento rebelde que luchó en la guerra contra el Norte durante 21 años.

El director del Centro para la Paz y el Desarrollo de la Universidad de Juba, el doctor Leben Moro, considera fundamental el equilibrio entre éstos dos colectivos.

'Uno necesita al otro y es vital que entiendan que cada parte ha jugado su papel', predica Leben, que pasó por Oxford, 'pero habrá que hacer limpieza en el brazo militar'.

'Los programas de formación deben concentrarse en ellos, y los que no valgan para gobernar tienen que reconvertirse a los negocios o la agricultura', añade Leben. 'Pero hay que ser muy sensible con ellos, porque si no pueden sentirse ofendidos. Y la mayoría tiene aún sus armas'.

Tshukok ha vuelto con la licenciatura de Ciencias Políticas bajo el brazo. Ha hecho su solicitud para entrar en el Ejecutivo, pero paralelamente quiere recuperar su rango.

La mayoría de los niños perdidos pasaron primero por el entrenamiento militar, en la vecina Etiopía, y muchos fueron después enviados a la guerra como niños soldado. Tshukok tiene también muchas ideas para la construcción de su nueva nación, pero quiere recuperar un arma 'por si acaso', dice.

'Sé lo que necesita este país y estoy dispuesto a entregarme políticamente, pero hay también muchos riesgos y gente que no comprende, así que hay que estar preparado por si no se entienden las palabras', suelta convencido. 'Somos como toros, no estamos completos si no tenemos dos cuernos: uno es el conocimiento, el segundo es la fuerza'.