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La sombra del orgullo chino

Los habitantes de Pekín han vivido con alegría los Juegos, pero ahora esperan que el Gobierno haga algo por ellos China luce sus medallas, por Daniel Méndez

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'Más de uno va a llorar esta noche”, decía este domingo un joven de Shuangjing, un barrio para la clase acomodada de la capital china, mientras cogía el ascensor para subir a su apartamento. Quedaban tres cuartos de hora para el inicio de la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos, y su mujer y sus padres le esperaban para verla juntos por televisión.

El fin de los Juegos no fue sólo un momento emocionante para los 17 millones de pekineses que han experimentado la transformación sin igual de su ciudad.

También lo fue para las decenas de millones de compatriotas que durante los últimos cuatro años y medio han vivido pendientes de este gran acontecimiento, concebido como una ventana de China al mundo, pero también como un instrumento de cohesión nacional en manos del
Partido Comunista.

Los pekineses han sido los que más se han beneficiado de los JJOO, que han supuesto el desarrollo de transportes públicos, la mejora de las condiciones medioambientales –gracias al cierre de fábricas y a la reducción del tráfico–, la limpieza y reurbanización de barrios, y una buena dosis de educación cívica. Pero aparte de haber demostrado una gran capacidad de organización y ser una excelente anfitriona, China tiene aún pendiente cumplir con los compromisos adquiridos con la comunidad internacional, como la mejora de los derechos humanos y la libertad de expresión.

“Estoy contento de que se acaben los Juegos. A partir de hora, todo volverá a ir mejor para la gente corriente”, dice Xin Ping, un emigrante de la provincia de Henan, que se gana la vida llevando a turistas extranjeros a la Gran Muralla.

Muchos laobaixing  –los 100 apellidos viejos, como se denomina en China a la gente corriente– han sufrido dificultades en su vida diaria por culpa de los Juegos: expropiaciones forzosas para la construcción de recintos olímpicos, cortes de tráfico, controles policiales continuos o cierre de fábricas que han dejado a miles de personas sin trabajo durante más de tres meses.

Las complicaciones para obtener visados y las extremas medidas de seguridad también han disminuido la presencia de turistas extranjeros en un año en el que se esperaba un aumento de visitantes. En destinos tan populares como Xian, hogar de los famosos guerreros de terracota, apenas se veían extranjeros en julio y en Pekín la ocupación hotelera ha sido muy inferior a la prevista.

Muchos agentes turísticos y empleados de tiendas de souvenirs lamentan esos inconvenientes, pero creen que el sacrificio ha valido la pena. “Los Juegos sólo llegan una vez cada cien años”, es una de las frases más escuchadas en boca de los pekineses.

Miles de inmigrantes han sido convencidos para abandonar Pekín durante los JJOO con la excusa de que lo hicieran por el “interés nacional”. El éxito de estos Juegos no hubiera sido posible sin la capacidad del Gobierno chino para construir, gracias a los mecanismos de propaganda, este espíritu de sacrificio nacional.

“Han sido 18 días, 18 buenos momentos para reunirse con la familia y los amigos para ver los Juegos en casa”, opina Liu Kai, un joven empresario residente en Shuangjing. Para Liu, lo mejor ha sido el espectáculo deportivo –con 51 medallas de oro para China– y la mejora de la calidad del aire en Pekín. “Cada vez hay más días de cielo azul”, dice Liu, que llegó a Pekín en 1992, procedente de la provincia de Heilongjiang.

Sin embargo, duda de que los niveles de polución se mantengan bajos cuando se acaben las limitaciones al tráfico y reabran las fábricas. Otro de los aspectos que más le han gustado a Liu de estos Juegos es que “gente de todo el mundo ha venido a Pekín y ha conocido parte de nuestra cultura”.

“Con estos Juegos, el mundo ha aprendido más de China y China ha aprendido más del mundo”, dijo Jacques Rogge, presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), en el discurso de clausura.

Rogge olvida que el Gobierno no ha cumplido sus compromisos con el COI de mejorar el respeto por los derechos humanos. Los disidentes siguen siendo perseguidos. Muchos de ellos han sido forzados a permanecer fuera de Pekín durante los Juegos para evitar protestas.

A pesar de las promesas de garantizar libertad de movimientos a la prensa internacional, una treintena de periodistas extranjeros ha denunciado incidentes con las autoridades chinas desde el pasado 25 de julio.

“Estoy convencida de que a partir de ahora el Gobierno se preocupará más por la vida de los laobaixing y que nuestro país se abrirá más al mundo”, dice una funcionaria del distrito pekinés de Chaoyang, que prefiere no dar su nombre. La inmensa mayoría de la población, de etnia han, no se cuestiona la falta de libertades políticas y protesta sólo por los problemas que afectan directamente a su bienestar material.

“Nuestro Gobierno no dudó en derrochar millones de yuanes para que los Juegos de Pekín fueran considerados los mejores. Pero todo este dinero ha salido de nosotros, los laobaixing, y no podemos opinar nada”, comenta un cibernauta chino al enterarse de que una de las prioridades de los Juegos de Londres será economizar el presupuesto.

El alcalde de Londres, Boris Johnson, también ha prometido que los Juegos de 2012 tendrán un ambiente festivo. Uno de los aspectos más criticados de los Juegos de Pekín ha sido la falta de espontaneidad y de diversión en la calle.