Publicado: 23.07.2014 16:37 |Actualizado: 23.07.2014 16:37

"Son gente de guerra, pero no se saldrán con la suya"

Publicidad
Media: 0
Votos: 0
Comentarios:

Con 69 escuelas de la UNRWA (la agencia de la ONU para los refugiados) abarrotadas, millares de familias desplazadas por los bombardeos buscan lugares alternativos que les ofrezcan seguridad. Muchas los han encontrado en distintos centros cristianos de Gaza, pues consideran que el ejército israelí no se atreverá a bombardear las iglesias y las escuelas cristianas por temor a una condena internacional.

"Salimos de noche de Shuyaiya hace cinco días y estuvimos caminando con los niños durante horas hasta que llegamos aquí. Pensamos que en Gaza no hay un lugar más seguro que este, que aquí estamos más seguros que en las escuelas de la UNRWA ", comenta Hassan Fayyum.

Casi toda la familia de Fayyum, de 50 años, está en los sótanos de este centro cultural greco-ortodoxo de Tel Hawa, un barrio de la ciudad de Gaza, junto con otras familias del mismo clan. Unas pocas colchonetas que les ha proporcionado gente de buena voluntad, constituyen el mobiliario de los sótanos de este centro que aún no se ha acabado de construir y cuyo embaldosado todavía no se ha completado.

Cuando se le pregunta qué considera lo más urgente en su situación, responde: "Lo más urgente es que Israel deje de bombardearnos, que dejen de destruir nuestras casas, que dejen de matar a nuestros niños. Personalmente estoy a favor de la resistencia, quiero que sigan luchando hasta llegar a Tel Aviv, porque esta es nuestra tierra. Si no fuera por la resistencia nos habrían degollado a todos. No tienen ninguna piedad. Matan a los niños mientras juegan".

"Tengo doce hijos, de los que tres están casados, pero me gustaría haber tenido un millón para liberar Palestina", dice Fayyum, que nació en Shuyaiya pero cuya familia es oriunda de un pequeño pueblo cercano a Bersheva, en el sur de Israel, muy cerca de Gaza. "A mi madre, los judíos la obligaron a abandonar su pueblo con toda la familia en 1948, cuando tenía cuatro años", y señala con la mano a una anciana que está en la penumbra del sótano junto a la silla de ruedas que necesita para desplazarse.

"No son gente de paz, son gente de guerra, pero no se saldrán con la suya. Ojalá se muera el maldito Netanyahu, que no respeta nada", comenta este desempleado que trabajó casi 30 años en Israel.

Naima, una mujer de 57 años, es otro miembro del clan, también de Shuyaiya, que está sentada en una colchoneta y rodeada de otras mujeres y muchos nietos. Es madre de siete varones y cinco mujeres. "Primero nos echaron un gas que le provocó un aborto a mi nuera, que estaba embarazada de seis meses, y después nos bombardearon. Tuvimos que abandonar Shuyaiya y fuimos de un sitio a otro hasta que encontramos este lugar. Es un lugar seguro. No creo que los israelíes se atrevan a bombardear un lugar cristiano".

El guarda del centro cultural es Hassan Abu Daken, oriundo de Tuffah, un barrio que también ha sido bombardeado con saña. Hace diez días Abu Daken dejó Tuffah con su familia de nueve miembros y se refugió en su lugar de trabajo. "Aquí hay agua y hay gente que nos trae comida cada día, aunque ayer no vino nadie con comida. Las 14 familias que estamos somos de Shuyaiya y de Tuffah", comenta.

¿No están matando a los niños? ¿Por qué no iban a bombardear las mezquitas?

Decenas de niños de las 14 familias juegan por todas partes. Delante del centro han colgado la colada en unas cuerdas que van de un lado a otro del patio. Toda es ropa infantil. Los mayores están dentro, escondidos tras los muros del fuerte calor. No muy lejos, los aviones israelíes han arrasado esta mañana una pequeña mezquita, que es la mezquita 56 que alcanzan las bombas desde el 8 de julio. "No hay ningún lugar seguro", comenta un hombre que observa la destrucción. "¿No están matando a los niños?, ¿por qué no iban a bombardear las mezquitas?", pregunta retóricamente.

Israel dice que las mezquitas, como las escuelas, como los edificios residenciales, los utilizan los milicianos para esconder los cohetes. Pero aunque en algún caso sea así, los bombardeos generalizados no respetan nada.

La UNRWA ha denunciado en la última semana que los milicianos han utilizado dos de sus escuelas en desuso para guardar cohetes, y los dos incidentes han tenido un amplio eco en Israel, donde se sospecha de todo lo que no sea judío, empezando por la ONU. Hamás lo ha negado y ha ofrecido a la UNRWA abrir una investigación conjunta para determinar lo sucedido, pero la UNRWA ha rechazado la propuesta.

El padre Raed Abu Salhia, director de Cáritas de Jerusalén, explica: "Es muy sencillo, hemos abierto nuestros centros e iglesias porque las escuelas de la UNRWA están abarrotadas y no pueden atender a tantos desplazados. En la iglesia de la Sagrada Familia de Gaza hay ahora unos 700 refugiados y su número está creciendo. En la iglesia greco-ortodoxa hay más de 1.500. La gente se siente más segura allí que en otros sitios".

"Los refugiados nos piden ante todo comida. Para esta tarde estamos preparando, por primera vez, un iftar caliente (la comida con la que se rompe el ayuno del Ramadán). También les proveemos de carburante para que funcionen los generadores, porque no hay electricidad. Hemos previsto darles estas ayudas durante una semana y esperar a ver qué ocurre con la guerra. Cáritas Internacional ha hecho un llamamiento para obtener más de un millón de euros y la respuesta está siendo positiva", explica Abu Salhia.

La comunidad cristiana de Gaza es muy pequeña y por sí sola no podría hacer frente a un desafío de estas proporciones. Cuenta con alrededor de 3.000 personas y muchas de ellas tratan de emigrar a Occidente cuando se les presenta la ocasión. Las difíciles condiciones de vida y los contiguos conflictos armados son los principales motivos del éxodo.