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Una sucesión interrumpida

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Néstor Kirchner era el candidato del oficialismo para las elecciones de octubre de 2011. Había armado un aceitado mecanismo de autosucesión entre él y su esposa, Cristina Fernández, la actual presidenta. Su astucia imaginaba así una fórmula que respetaba la sucesión constitucional pero el poder seguía en las mismas manos. Así, Kirchner pretendía gobernar de 2011 a 2015 y luego, si todo seguía igual, su esposa lo reemplazaría hasta el 2019. Ese es el límite que él mismo se había establecido para cambiar el país. Operaba como jefe político de su esposa y esta se subordinaba a sus decisiones.

Simultáneamente, Kirchner había ahogado cualquier intento de que apareciera en el peronismo, partido mayoritario en Argentina, cualquier candidato que pudiera disputarle el liderazgo, estableciendo un férreo control político que reflejaba un Gobierno ensimismado, cerrado en sí mismo, con una estrategia muy confrontativa con sus adversarios políticos y, sobre todo, con los medios de comunicación que no pudieron domesticar.

La muerte de Kirchner, por lo tanto, tendrá consecuencias serias en el futuro porque manejaba con puño de hierro una coalición muy heterogénea en la que cabían desde los ex guerrilleros de 1970, que militaron en los Montoneros, hasta el sindicalismo más corporativo, como el de Hugo Moyano. Su ausencia puede abrir un periodo de dispersión entre las fuerzas que confluían en el oficialismo que, a pesar del empeño que seguramente pondrá Cristina, será difícil de dominar. Esa coalición tenía una gestualidad de izquierdas, básicamente en la sanción a los violadores de los derechos humanos, pero en realidad se apoyaba en el peronismo más tradicional y en el sindicalismo que en los últimos meses se había convertido en la viga maestra de su Gobierno.