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La Teología de la Liberación es la gran asignatura pendiente de la Iglesia que hereda el papa Francisco

Cuando se acaban de cumplir treinta y tres años del asesinato del arzobispo de San Salvador, las "tres idolatrías" a las que él se oponía en defensa de los pobres, oprimidos y marginados se han enseñoreado de n

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Óscar Arnulfo Romero, el arzobispo de San Salvador asesinado el 24 de marzo de 1980, había denunciado poco antes de su muerte a tiros mientras celebraba la Eucaristía en su catedral las «tres idolatrías» que, según él, estaban poniendo en un grave peligro a su país: la riqueza y la propiedad privada («El deseo absoluto de tener más destruye la convivencia fraterna de los hijos de Dios»); la Seguridad Nacional («Vivimos en una estructura de injusticia social que es la raíz de los demás males. La Seguridad Nacional transforma la fuerza armada en guardia de los intereses de la oligarquía»), y la Organización («Esa que persigue a muerte todo movimiento de oposición»).

Éstas y otras denuncias mucho más directas le llevaron a la muerte hace ahora justo 33 años. Óscar Romero murió como un profeta, aunque, en honor a la verdad, no se puede decir que la Iglesia de Latinoamérica esté muy surtida de profetas. Los mártires «de la Iglesia» hoy se pueden contar con los dedos de unas cuantas manos, y aunque la Iglesia se siente azotada por sus desapariciones, es, en el fondo, el pueblo más herido, el más convulsionado.

Los hombres de Iglesia que a lo largo de los últimos 40 años han ido cayendo en América Latina (monseñor Romero o el teólogo jesuita Ignacio Ellacuría, y Rutilio Grande y otros seis curas, todos ellos en El Salvador; en Bolivia, Luis Espinal; y antes Gaspar García Laviana, en Nicaragua; y otros dos obispos, Valencia Cano y Angelelli, en Argentina; y los padres Aguilar y Escamillas, en México; y los sacerdotes Guth y Hermógenes López, en Guatemala; y el padre Bernié en Brasil; y los curas y catequistas de Honduras, y los de Colombia, y los de Chile, Paraguay y Uruguay)... Todos estos y muchos más, cristianos anónimos valientes y comprometidos, no cayeron precisamente por defender unos dogmas católicos de alto coturno, ni una moral sacramental ortodoxa, ni una liturgia impecable, ni una predicación escatológica. Murieron por algo mucho más sencillo, más cercano, más real, más vivo: por defender al pueblo, al campesino, al pobre, al oprimido, al aplastado y silenciado por el poder civil, por el poder militar, y a veces incluso por las propias jerarquías católicas instaladas en la seguridad y en el mismo poder gobernante del continente latinoamericano.

En Latinoamérica hay, al menos, dos Iglesias: una conservadora y otra identificada con el pueblo sin esperanzaSon, han sido, más que mártires «de la Iglesia católica, apostólica y romana», mártires del pueblo llano, que peca y pasa hambre por igual. Por eso se puede decir que en Latinoamérica hay, al menos, dos Iglesias, y quizá más. Una Iglesia conservadora, amiga de nunciaturas, diplomacias, abalorios, Ejército, poder, capital y patronos, y otra identificada totalmente con el pueblo, el pueblo latinoamericano sin tierras, sin trabajo, sin dignidad, sin seguros de nada, sin esperanzas y sin sonrisa. Y es por este pueblo por el que han muerto ya tantos. No consta, todavía, ningún mártir por los otros.

«No pisaré la Presidencia del Gobierno mientras no se esclarezcan las muertes de los 500 campesinos», había prometido monseñor Romero después de la masacre de 1978 en la sufrida nación salvadoreña. Cada vez se fue alejando más del poder -él, que era más bien conservador hasta que la muerte del padre Rutilio Grande le convirtió definitivamente al pobre- y esto fue, probablemente, lo que le llevó a la muerte. Lo que ha ido llevando a la muerte a muchos hombres y mujeres de la Iglesia latinoamericana, sin contar, claro, la de los campesinos y militantes jovencísimos de aquellas latitudes. ¡El poder!

Pocos días antes de su asesinato, monseñor Romero escribía una carta -que leería en la catedral de San Salvador- al propio presidente Carter, denunciando la injerencia de los Estados Unidos en la dictadura salvadoreña. ¡Qué casualidad! Menos de diez días después caería asesinado de un tiro en el corazón. El domingo anterior había denunciado sin ambages al Gobierno y al Ejército salvadoreños. ¡Era ya demasiado! Casualmente, en aquellos mismos días merodeaban por las proximidades de El Salvador las salvadoras fuerzas norteamericanas, que iban (y siguen yendo), presumiblemente, en apoyo de aquella atroz Junta Militar, tantas veces denunciada por el arzobispo Romero.

Oscar Romero fue uno de los mayores defensores de los derechos humanos en el turbulento continente latinoamericano. Como lo ha sido otro obispo, éste español, que ha pasado más de 30 años entre los campesinos del Matto Grosso, una de las zonas más deprimidas (y oprimidas) del Brasil: Pedro Casaldáliga, al que el Papa Juan Pablo II destituyó de su sede antes de cumplir los 75 años, poniendo en su lugar a un prelado que no le produjera problema alguno. Amenazado de muerte por la oligarquía brasileña y humillado por las jerarquías vaticanas, Casaldáliga es otro profeta de los que llevan la muerte puesta.

La Teología de la Liberación se consolidó en la Conferencia de Puebla de 1979, a la que asistieron 115 obispos americanos

'Tú has hecho tuyos cada vez más los problemas y los combates de los campesinos y trabajadores con los que una minoría, aferrada a la riqueza y al poder, no quiere compartir en la igualdad', escribieron a monseñor Romero los 115 obispos latinoamericanos participantes en la Conferencia de Puebla, a primeros de 1979. Esta Conferencia constituyó uno de los hitos que más claramente consolidaron la necesidad de lo que, desde años atrás, se conocería por Teología de la Liberación en América Latina.

Durante meses, el arzobispo de San Salvador había denunciado incansablemente las maniobras represivas y la dictadura insoportable del general Romero, que sería por cierto derrocado en un golpe de Estado, ¡militar también por supuesto! Los delitos del arzobispo eran 'muy claros': 'Algunos me han tratado de comunista, hoy otros me consideran como un traidor'. Romero era más bien un obispo conservador cuando llegó a la capital. Pocos días después de tomar posesión la oligarquía salvadoreña le había ofrecido una casa adornada con mármol en uno de los barrios más elitistas, y un Cadillac. Y Romero dijo 'no'. En efecto: para unos y otros sólo podía ser un 'comunista' o un 'traidor'. La cosa empezaba mal para el pobre (pobre entre los pobres) arzobispo.

A Romero le habían acosado desde fuera y desde dentro. Desde dentro de la Iglesia, se entiende. Una Iglesia a la que a partir del final de la década de los 70 le repugnaba cada vez más la 'revolución' interna que impulsó el Concilio Vaticano II, donde se consagró el diálogo con los comunistas, con los ateos, con los no creyentes, y el compromiso con los más pobres de la tierra, que hasta entonces habían basado sus creencias en la 'resignación cristiana'.

Habría que preguntarse hoy: ¿han cambiado tanto las cosas en América Latina? Habría que preguntarle al reciente y flamante (de humilde apariencia, pero de discutible pasado) papa Francisco, procedente de la Argentina donde las dictaduras militares cometieron tantos crímenes, siendo él ya una autoridad episcopal e influyente: ¿Apoyará, con la valentía, la decisión y el compromiso que no han querido mostrar sus dos pontífices antecesores, al sufrido pueblo latinoamericano?