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La vida de los refugiados en Calais "Vivíamos mejor en la Jungla"

Cinco meses después del desmantelamiento de la Jungla, el número de refugiados que vuelven a Calais no deja de aumentar. La policía y los dirigentes locales hacen todo lo posible para evitar la construcción de nuevos campamentos.

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Varios refugiados esperan en la cola para recibir comida / ENRIC BONET

Vuelven las reparticiones de comida en Calais. La imagen resulta familiar para aquellos que estuvieron en la Jungla. Un centenar de jóvenes afganos, sudaneses y eritreos hacen cola ante unas marmitas en medio de la calle. Les sirven un plato con cuscús, carne y ensalada y se asientan en el suelo para comer mientras discuten entre ellos.

Al cabo de menos de una hora, tanto los inmigrantes como los voluntarios de las asociaciones locales se apresuran a alejarse de esta plaza del centro de la ciudad ante la llegada inminente de la policía. Un ejemplo más de la persecución entre el gato y el ratón en que consiste la situación actual de los refugiados que retornan a esta localidad del norte de Francia.

Cinco meses después del desmantelamiento de la Jungla, el mayor campamento improvisado de Europa, donde vivieron unas 10.000 personas, no deja de aumentar el número de refugiados que vuelven a Calais. Según las asociaciones, entre 400 y 500 demandantes de asilo malviven en la zona portuaria o en los bosques de los alrededores de la ciudad a la espera de cruzar el canal de la Mancha y llegar al Reino Unido. La mitad de ellos son menores de edad no acompañados. Ante el número creciente de inmigrantes, la consigna de las autoridades locales es clara: tolerancia cero con los refugiados.

Entre 400 y 500 demandantes de asilo malviven a la espera de cruzar el canal de la Mancha y llegar al Reino Unido.

La alcaldesa de Calais, Natacha Bouchart (del partido Los Republicanos, derecha republicana), prohibió a principios de marzo las donaciones de comida en el puerto industrial o en los bosques de los alrededores de la ciudad. A pesar de este decreto, las asociaciones locales empezaron a mediados de marzo a repartir comida en el centro de localidad para visibilizar la precaria situación de los inmigrantes que están de vuelta en el norte de Francia.

No obstante, el tribunal administrativo de Lille suspendió el 22 de marzo el decreto que prohibía las donaciones de comida. Tras haber consultado el Defensor de los derechos (el equivalente en Francia del Defensor del pueblo), éste consideró que las medidas adoptadas por la alcaldesa de Calais constituían una vulneración grave del derecho “a no sufrir tratamientos inhumanos y degradantes”. “Pero la policía sigue intentando obstaculizar nuestro trabajo. Nos ha dicho que sólo tenemos una hora para dar comida”, denuncia François Guennoc, el vicepresidente de la asociación Auberge des Migrants, presente en Calais desde 2009.

"La policía nos persigue por todas partes"

Aunque las reparticiones de comida vuelvan a estar autorizadas en Calais, la situación de los refugiados continúa siendo extremadamente precaria. “Lo que más nos preocupa es que venga la policía y los detenga. Podemos alimentarlos y vestirlos, pero no podemos protegerlos de la policía”, explica Paula Gallardo, la responsable de la ONG británica Refugee Community Kitchen.

"No podemos protegerlos de la policía"

Esta asociación, fundada en septiembre de 2015 por esta exiliada chilena y su marido, tiene su local en un almacén industrial, situado a varios centenares de metros de los terrenos de la desaparecida Jungla. Allí preparan la comida que dan a los refugiados de Calais y de otras localidades del norte de Francia. “El número de platos que repartimos está subiendo todos los días”, asegura Gallardo. “Vivíamos mejor cuando estábamos en la Jungla. Al menos ahí la policía no nos agredía ni nos perseguía”, afirma Hanna. Esta joven sudanesa de 23 años estuvo durante cuatro meses en el campamento de Calais antes de su desalojamiento. Tras haber malvivido durante dos meses en las estaciones de metro de París, volvió al norte de Francia a principios de año donde lamenta tener que dormir en la calle. “Una vez me despertaron unos agentes de policía mientras dormía y me golpearon en la cadera. Estuve tres días en un hospital”, denuncia.

Uno de los refugiados tras recibir la comida / ENRIC BONET

“La policía nos persigue por todas partes”, reconoce Samir Mahmad Gul, un demandante de asilo afgano de 24 años. “Mientras intentaba escaparme de un grupo de policías, me caí al suelo y me fracturé el brazo”, afirma al mismo tiempo que muestra su brazo escayolado. Este refugiado afgano residió durante dos años en Alemania, pero rechazaron su petición de asilo en otoño del año pasado. Tras haber estado en la Jungla y en el degradado campamento humanitario de Grande-Synthe en Dunkerque, ahora debe convivir con la cuotidiana represión policial a la espera de cruzar el Canal de la Mancha y así reencontrarse con su hermana en el Reino Unido.

“Los agentes no dudan en utilizar gases lacrimógenos para desalojar a los refugiados”

Para evitar la creación de una nueva Jungla, las autoridades locales hacen todo lo posible para impedir la construcción de cualquier campamento estable. “Cuando hay tiendas de campaña instaladas, los agentes de policía no dudan en utilizar gases lacrimógenos para desalojar a los refugiados”, explica Guennoc. También han prohibido a las asociaciones repartir tiendas de campaña. Además, las fuerzas del orden detienen de forma sistemática a la mayoría de los solicitantes de asilo. Algunos de ellos son encerrados en centros de detención administrativa (el equivalente de los CIE en Francia). “Pero como la mayoría de estos centros están llenos, no pueden enviarlos”, reconoce Klaartje Smulders, integrante en Calais de la asociación bretona Utopia 56.

Decenas de habitantes de Calais acogen a refugiados en sus casas

La persecución policial impide dormir por la noche a la mayoría de los refugiados. Estos aprovechan el atardecer para intentar cruzar el canal de la Mancha o se esconden en la zona industrial o en los bosques de las afueras de la ciudad. Allí intentan acostarse equipados sólo con un saco de dormir. “Muchos de ellos prefieren no dormir durante la noche. Por la mañana acuden a los locales del Secours Catholique (asociación vinculada a Cáritas) y allí descansan durante dos o tres horas”, afirma Smulders. Ante la ausencia de lugares de acogida de refugiados en Calais, varias decenas de habitantes de Calais albergan a inmigrantes en sus casas”, explica Guennoc.

Pese a las duras condiciones de vida de los refugiados en Calais, las asociaciones prevén que su número aumentará de forma significativa durante los próximos meses. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la llegada de inmigrantes a través del Mediterráneo por la ruta de Libia e Italia se ha incrementado durante los dos primeros meses de este año, 9.449 personas frente a las 9.101 del 2016. Además, el gobierno francés tiene previsto cerrar dos de cada tres de los 303 Centros de acogida y orientación (CAO) que abrió en otoño del año pasado de forma provisional para realojar a los habitantes de la Jungla.

Varios refugiados esperan en la cola para recibir comida / ENRIC BONET

“Muchos de los refugiados que vivían en la Jungla vuelven a estar ahora en Calais, porque no quieren seguir viviendo en un CAO y prefieren intentar llegar al Reino Unido”, asegura Smulders. Según denuncian las asociaciones, las autoridades británicas han aceptado menos de un tercio de los menores desalojados de la Jungla. Los mayores de edad, que deberían pedir el asilo en Francia, acusan al gobierno francés de no estar cumpliendo con su promesa de no aplicar la convención de Dublín con los refugiados de Calais y los está deportando al primer país de la UE en el que dejaron sus huellas dactilares. “El desmantelamiento de la Jungla no ha venido acompañado por ninguna solución a medio y largo plazo”, critica Smulders.

El gobierno municipal instaló un contenedor delante para evitar que los refugiados tuvieran acceso a las duchas

De hecho, la única solución prevista por las autoridades locales es seguir aplicando mano dura con los refugiados y las asociaciones humanitarias. “Tengo que aportar firmeza. Si es necesario, utilizar todas aquellas medidas que estén en mis manos y que aún no he utilizado”, declaró la alcaldesa de Calais después de que la justicia suspendiera su decreto en contra de las donaciones de comida. A principios de febrero, el gobierno municipal ya instaló un contenedor delante de los locales del Secours Catholique para evitar que los refugiados tuvieran acceso a las duchas que esta asociación había instalado en su entrada. Esta medida también fue suspendida por la justicia.

“Natacha Bouchart sabe probablemente que las decisiones que ha tomado en contra de los refugiados son ilegales. Pero sigue adoptándolas para demostrar de cara a su electorado que actúa con mano dura con los inmigrantes”, explica Guennoc. Cuando falta menos de un mes para la primera vuelta de las elecciones presidenciales, según los sondeos, el Nord-Pas-de-Calais-Picardie es la región de Francia donde la ultranacionalista Marine Le Pen obtendría su mejor resultado (35%). El Frente Nacional ya consiguió en Calais el 49% de los votos en la primera vuelta de las regionales de 2015.