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Volcán de Fuego Guatemala se pregunta por qué no se evacuó el volcán a tiempo

Al menos 110 personas han muerto y otras 200 permanecen desaparecidas tras la erupción del Volcán de Fuego, en Guatemala, hace una semana. La población se pregunta por qué las aldeas de los alrededores no fueron evacuadas.

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Un hombre recupera algunos objetos de su casa afectada por la erupción del Volcán de Fuego./REUTERS

“Nos hemos quedado sin nada. No pudimos sacar nada con tal de salvarnos”. Deimer Alexander Guerra Santos, de 26 años, tuvo suerte. El domingo 3 de junio, tras la erupción del Volcán de Fuego, en Guatemala, tuvo tiempo para evacuar su trabajo, acudir a su domicilio, sacar a sus familiares (madre, padre, esposa, hijo y hermanos, ocho en total) y ponerles a todos a salvo.

Guerra tenía una ventaja competitiva. Trabajaba en el resort La Reunión, un campo de golf ubicado en las faldas del coloso de en el departamento de Sacatepéquez, y con un plan de emergencias que permitió que las 300 personas que se encontraban allí pudiesen ponerse a salvo antes de que la lava y el polvo incandescente arrasase el complejo.

También residía en San Miguel Los Lotes, departamento de Escuintla y convertido en “zona cero” del desastre, que ha quedado completamente sepultado. Le dio tiempo a llegar y decir a sus familiares que había que salir de allí, que no preguntasen, que agarrasen lo que pudiesen y no mirasen atrás. Sus vecinos no tuvieron esa oportunidad.

Si eres pobre tienes más posibilidades de morir en una catástrofe natural

Según datos de Conred (Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres) han muerto 110 personas y cerca de 200 están desaparecidas. El presidente, Jimmy Morales, habló de que la “zona cero” estaba compuesta por 187 viviendas.

Teniendo en cuenta que era domingo y que hablamos de familias amplias, de alta natalidad, existen sospechas de que el número de enterrados podría ser mucho mayor. No parece que vaya a saberse nunca. La tragedia del volcán ha servido para constatar un hecho: si eres pobre tienes más posibilidades de morir, en este caso, en una catástrofe natural.

En La Reunión, la gente fue evacuada, o advertida, lo que implicó que, al menos, pudieron huir por sus propios medios, que ya de por sí son más abundantes que en las aldeas de las inmediaciones.

En San Miguel Los Lotes nadie avisó. O, si avisaron, les dijeron que solo era ceniza lo que llegaba, que se resguardasen en sus casas como habían hecho otras cosas. Solo cuando llegó una enorme nube de polvo y la lava que venía por detrás trataron de escapar. Pero ya era tarde. Fueron sepultados. Se da una circunstancia que evidencia hasta qué punto el Estado falla en el país centroamericano. El Insivumeh (Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meterología e Hidrología) no tiene internet ni electricidad en uno de los puntos calientes de Guatemala.

Así que el resort se lo comparte a cambio de que la institución les facilite rápidamente sus informes. Se trata de documentación pública, a la que cualquiera puede acceder, pero no es lo mismo que te lo den de primera mano. Además, según explica Guerra Santos, tenían protocolos para la evacuación, lo que le permitió llegar hasta su casa y sacar a sus familiares antes de que la nube tóxica les enterrase.

Julio Sánchez, vocero de la Conred, asegura que la tragedia les sorprendió, que ellos cumplieron y que hay pobladores que no quisieron evacuar. Es cierto que en las inmediaciones del volcán existen aldeas que se resisten a ser desalojadas bajo el argumento de que sus vecinos no quieren arriesgarse a que les roben. Sin embargo, entre quienes se encontraban en Los Lotes en el momento de la crisis existe consenso en una idea: no se dio el aviso el suficiente tiempo y remarcando la gravedad de la situación.

Rescatistas cargan los restos de una víctima de la erupción del volcán de Fuego./EFE

En la “zona cero” las familias buscan pese al veto de las autoridades

No tuvo la misma suerte que los Guerra la familia de Bryan Rivera, de 22 años. El jueves se encontraba en la “zona cero” de la erupción. En su mano, una guitarra. Perteneció a su hermana, Glendy, de 12 años. Él no estaba en casa y se salvó. Ella se encontraba en su domicilio y ahora está enterrada junto a otros doce miembros de la familia (padre, madre, tres hermanas, seis primos y una tía). Ahora, Rivera se pasea por el exterior de su domicilio con rostro perdido.

En realidad, todos los que pasan por aquí tienen el gesto algo perdido, porque se han dejado demasiado. San Miguel Los Lotes es un lugar devastado, un paisaje lunar, una aldea que solo existe en los mapas antiguos porque ahora está completamente enterrada. Lo más inquieta es saber que caminas sobre los restos de decenas de personas. La lava y el polvo y la ceniza, al sepultar las viviendas, elevó el suelo varios metros. Ahora hay otro pavimento, los tejados pueden pisarse, porque apenas levantan un palmo del nuevo piso. En su interior, cuerpos sepultados de los que hay pocas probabilidades de encontrar nada.

Decenas de personas montan guardia en la improvisada morgue de Escuintla

A las 72 horas se da por supuesto que no se hallarán personas vivas. A estas alturas, lo que se encuentre son restos e identificarlos solo es posible con muestras de ADN. Por eso, decenas de personas montan guardia en la improvisada morgue de Escuintla. Aspiran, al menos, a tener algo que enterrar.

La preocupación de los vivos es encontrar los cadáveres y salvar objetos que todavía puedan utilizarse. De los traumas ya hablaremos luego, cuando pasen los días y esa cara de estrés postraumático se haya cronificado en muchos de los damnificados. Es el caso de Juan Francisco González, de 52 años, que aparece entre los matorrales de la carretera que antes unía El Rodeo con Alotenango, pasando por otra comunidad llamada El Porvenir.

Dice que tuvo suerte, que su casa está cerca de la vía y que pudieron cubrirse cuando llegó la gran nube. Al estar más alejado, pasó la ceniza y no llegó la lava, lo que permitió que González, su mujer y sus hijos pudiesen abandonar la vivienda y salvarse. Ahora regresa, poco a poco, a recuperar lo que pueda salvar. De paso, apunta un nombre: Juan González Pozuelo. “Es mi padre, vivía un poco más arriba, es por si alguien le ha visto”, dice, mientras sale a la carrera.

En realidad, esta carretera está cerrada por la Conred y agentes de la Policía Nacional Civil. Sin embargo, desde el miércoles, hay pobladores que utilizan sus conocimientos del territorio para esquivarles. En principio, las autoridades han vetado el paso a los familiares. Sin embargo, estos les desobedecen diariamente para acudir a lo que queda de sus domicilios. Quieren ver si pueden ayudar en el rescate de sus seres queridos y comprobar si aún queda algo que pueda servir.

Al Gobierno "solo le preocupa la carretera”

Tienen miedo de que el Gobierno de Jimmy Morales decrete el área como “inhabitable”, lo convierta en camposanto y de por finalizadas las tareas de búsqueda para siempre. Eso fue lo que ocurrió en el caso del Cambray, en Santa Catarina Pinula, en 2015. Un deslave provocó cerca de 300 muertos. Pasadas dos semanas se decretó que el terreno pasaba a ser un cementerio y se dejó de buscar.

Víctimas como José López, que perdió a su madre, una hermana, su cuñado y dos sobrinas, carga contra el Ejecutivo por no excavar más en la “zona cero”. “Solo les preocupa la carretera”, dice, enojado. Horas antes intentaba que los policías le permitiesen cruzar el cordón.

Tuvo que dar un rodeo, desplazarse a través de los cafetales y plantarse en el lugar más devastado de Guatemala para comprobar que poco puede hacer. Aquel día los trabajos de rescate habían sido suspendidos y únicamente algunos pobladores trataban de retomar las labores por su cuenta.

Era el caso de los amigos de Alejandro Esqueque, que trataban de desescombrar su casa, en la que permanecen enterradas ocho personas. El domingo, viendo que la situación se había estancado, algunos pobladores pusieron bote y alquilaron una retroexcavadora. Desde la Conred se insiste en que el terreno es peligroso, pero los vecinos conocen la zona mejor que los policías que tienen que custodiarle.

Familiares lloran durante el funeral de una víctima de la violenta erupción del volcán de Fuego./EFE

Caos en los albergues

Por el momento no se ha identificado más que a medio centenar de cadáveres. El mal estado en el que ingresan dificulta este trabajo. En la morgue improvisada en Escuintla, que se ha instalado en un colegio, las familias velan toda la noche. Se registran momentos de tensión.

Por ejemplo, el martes, cuando decenas de personas querían tirar abajo la puerta, convencidos de que los médicos no querían entregarles los cuerpos. Al final, en grupos de cinco en cinco, entraron para reconocer los restos. Terminaron convencidos de que los médicos tenían razón, resulta muy difícil poner nombre y apellidos a los cadáveres que han pasado horas bajo toneladas de lava.A pesar de estar acostumbrada a las erupciones, la zona ha entrado en estado de shock.

El martes, por ejemplo, cientos de personas trataban de evacuar Escuintla, la capital departamental, a causa de una falsa alarma. Alguien dijo algo, otro se lo creyó y, de repente, se organizó un descontrolado éxodo masivo. Horas antes, la “zona cero” había sido evacuada ante el descenso de flujo piroclástico, la nube de material volcánico que desciende a más de 100 kilómetros por hora.

Vista del volcán de Fuego en erupción.EFE/Santiago Billy

Por poner un ejemplo de sus peligros: las víctimas de la erupción del Vesubio, en Pompeya, perecieron por estos gases, que los alcanzaron y los convirtieron en estatuas fosilizadas.

Transcurrida más de una semana desde la catástrofe, llega el momento de hacer balance. El sábado, cientos de personas se manifestaron en Guatemala para exigir la renuncia del presidente, Jimmy Morales. No parece probable que ocurra. Y eso que ha mostrado una completa ineficacia a la hora de gestionar los recursos. No es solo que la Conred no fuese capaz de advertir a los pobladores que residen en las inmediaciones del volcán.

Es el caos desatado con la ayuda. La tragedia ha sacado lo mejor de la sociedad guatemalteca y decenas de miles de kilos de comida, ropa o víveres se amontonan en Escuintla o Alotenango sin que parezca que haya un plan para su distribución. La crisis ha mostrado las debilidades de un Estado a la cabeza de la región en pobreza y desigualdad, dos condiciones que te convierten en víctima preferente para cualquier desastre.