Opinión
Publicado:  12.07.2016 22:49 | Actualizado:  12.07.2016 23:41
Cantando cisnemente
Aníbal Malvar

Agustín Fernández Paz: El escritor
que ocultaba objetos peligrosos
en los colegios

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Aníbal Malvar

Dentro de algunos años, si el ser humano no sigue involucionando como hasta ahora, supongo que se recordará a Agustín Fernández Paz no solo como escritor, sino como teórico de la futura invasión brutal de la literatura, del cómic, del cine, del arte, de los fantasmas, del espíritu crítico, y de muchas más sutilezas que faltan... en las escuelas.

Fernández Paz lo que hacía no eran relatos o novelas para público infantil o juvenil, como sugieren sus urgentes biógrafos, sino sutiles bombas implosivas para activar en los colegios. Su plan era introducir entre las lecturas del colegio una diversión de apariencia extremadamente inocente (un libro infantil), pero muy consciente de que cualquier libro tiene la obligación de convertirse, si está bien currado, en un objeto muy peligroso. Su cita favorita era de Joles Sennell: “Literatura infantil es aquella que también pueden leer los niños”. Ya es curioso que tu cita favorita haya sido difundida bajo pseudónimo.

Escribió una serie de ensayos sobre el asunto. Sobre un tema que no suele ser muy de debate en los ministerios: cómo seducir el afán de cultura de los niños desde las aulas. Cómo meterles buen cine, buen arte, buena literatura. Sus conclusiones no eran idealistas ni agoreras, como las que acostumbramos a escuchar. Estaba convencido de que el arte de calidad puede competir con la basura mediática si logra crear poderosos canales de distribución. Y eso empieza por crear buen arte, arte exigente, que seduzca al público infantil y juvenil, que lo enganche, que lo integre en la célula letraherida con un cinturón de libros explosivos alrededor del ombligo de los que nunca se podrá deshacer.

El trabajo se hace más difícil y necesita más investigación cuanto más joven es el lector al que te diriges, solía decir más o menos con estas palabras

Fernández Paz, que era profesor, empezó a escribir relatos para impartir sus propias clases, para hacerlas divertidas. Después, cuando la democracia hace regresar a Galicia la enseñanza oficial del gallego en las escuelas, escribe libros de texto: textos literarios en los que se trabaja un campo semántico, una fauna, una flora, redacciones de chaparse, en resumen, que Fernández Paz tunea introduciendo una leve trama, un conflicto que intrigue al niño, un cuento. Fernández Paz estudiaba al niño y al joven para concretar qué daños o placeres le podía causar con la palabras, con qué podría captar su atención. Era un escritor sociólogo que hasta se estudiaba las estadísticas sobre gustos, inquietudes, preocupaciones de la gente joven antes de sentarse a escribir.

Los libros de ficción de Fernández Paz, en el fondo, querían ser una lección empírica de cómo fabricar libros escolares. El libro escolar ideal: el que capte la narrativa joven, intrigue, despiste, inquiete, y le meta tres o cuatro dosis de datos que de otra forma habría que memorizar.

Raymond Chandler estaba obsesionado en conseguir que la novela negra, el pulp, adquiriera categoría de gran literatura, y no solo de pasatiempo enmohecido. Agustín Fernández Paz fue el Chandler de la literatura infantil y juvenil gallega. La quiso dignificar. Borrarle la etiqueta de subliteratura. Su trabajo como asesor y editor en Xerais durante muchos años también fue en esa línea.

Agustín Fernández Paz vendió muchísimos libros, recibió premios como el Nacional, y fue traducido a idiomas muy remotos. Pero siempre andaba desconfiando de la exactitud de su literatura y reescribía muchas veces antes de cada reedición, disparatando así a los impresores.

Él decía muchas veces (otras veces decía algún otro) que para él el libro más especial que había escrito, de entre unos cincuenta, era Contos por palabras (Cuentos por palabras). Cada relato está basado en un anuncio breve de periódico. Hay uno sobre los niños usados por sus padres para spots de televisión que en 14 páginas de letra gorda habla de explotación infantil, de estupideces generacionales, de invasión de márketing bubónico, de un hogar hule y rancio, de desafecto, de rutina y de un cómic. Y es un cuento infantil tan bien tramado que “también lo pueden leer los niños”. El trabajo se hace más difícil y necesita más investigación cuanto más joven es el lector al que te diriges, solía decir más o menos con estas palabras.

“Los libros que me interesan son aquellos que, aunque sean para los más pequeños, los puedo leer sin tener que olvidarme de que soy un adulto”, dijo Agustín Fernández Paz en una entrevista. Uno de sus relatos más leídos, La palaya de la esperanza, termina con la muerte de la sirena Sunia por culpa del Prestige. La actualidad estaba siempre en su narrativa.

Hacía calor el último atardecer en que vi a Agustín Fernández Paz. Fue en el puerto de Vigo, hace ya algunos años. Y nos cabreamos un poco por no coincidir en el mismo barco. Sé que no tiene demasiado interés, porque en los puertos se escucha mucho decir adiós. Pero me apetecía contarlo.

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