Opinión
Publicado:  22.12.2014 08:51 | Actualizado:  22.12.2014 08:51
Punto de Fisión
David Torres

Balas y butano

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David Torres

Cuando empezaron a filtrarse los primeros datos del kamikaze casero que estrelló un coche cargado con dos bombonas de butano contra la sede de Génova y se descubrió que el culpable era un hombre con un historial de problemas mentales, que apenas había acabado la EGB, aficionado a las drogas y peleado con el código de circulación, hubo cierta inquietud por si podía tratarse de un alto cargo del PP. Durante unos instantes no se supo si la película era Aluniza como puedas o Uno de los nuestros: the Carromero connection. De inmediato la prensa amiga le enfundó a Monedero un uniforme de butanero, hasta el punto de que el telediario de Antena 3 dio la noticia con el logo de Podemos a toda pantalla, como si Pablo Iglesias hubiese decidido adelantar las elecciones unilateralmente y tomar Génova al asalto.

Como siempre que un esperpento ocupa la primera plana en España, la cosa se salió de madre: hubo mucho cachondeo, mucho tuiteo y mucha coña butanera. Gracias a lo temprano de la hora, lo que no hubo fueron heridos, aunque el hombre estuvo a punto de llevarse por delante a una señora de la limpieza. Esta versión cutre del ataque contra la Estrella de la Muerte demostró una vez más, como si hiciera falta, que la violencia, aparte de estúpida, es inútil. Porque de haber estampado el vehículo unas horas más tarde, quienes más papeletas tenían para acabar como carne de parachoques eran los guardias de seguridad, la señorita de recepción y dos telefonistas invidentes.

Tomarse la justicia por su mano tiene el inconveniente de que la justicia no se vende en las farmacias, ni siquiera por prescripción médica. Ayer, es decir, apenas dos días después del incidente madrileño, en Nueva York, Ismaaiyl Brinsley agarró una pistola, disparó a la cabeza a dos agentes que se encontraban en el interior de un coche de policía y luego se pegó un tiro mortal. Había advertido de la operación de venganza a través de las redes sociales: “Ellos matan a uno de los nuestros… Vamos a matar a dos de los suyos”. Si el doble homicidio fue cometido en nombre de la venganza racial, no pudo ser más torpe: no había más que leer los apellidos de las víctimas (Ramos y Liu, un hispano y un asiático) para comprender que no habían caído precisamente dos polis blancos.

Desde que Charles Bronson paseaba su bigote iracundo por las pantallas, el cine nos ha sermoneado hasta el hartazgo con un tiovivo de justicieros domésticos que iban reparando a tiros y bombazos las fallas y descosidos del sistema legal. En la realidad, ya sabemos de sobra que una injusticia no arregla ni anula a la anterior: más bien la expande o la duplica. Pero no está de más señalar que lo peor que puede tener un loco con una pistola a mano o un automóvil cargado de butano son motivos. Comprender un acto no es justificarlo, habrá que decirlo bien claro, porque hemos estado a dos titulares de anunciar que la ETA se rearma con gas. Al menos Rafael Hernando ha dicho su primera verdad en muchos años: “Me preocupa que alguien deduzca que sus fracasos se deben al PP”. Preocúpese más bien porque no hacía falta ser Sherlock Holmes para deducirlo.

Biografía
Acabo de publicar DOS TONELADAS DE PASADO, un libro donde, entre otros desastres, un cantante feo y homosexual intenta pasarse al negocio de la resurrección, un poeta enloquecido funda la ciudad de Londres, una escritora intercambia algo más que su carácter con una amiga, un torero fracasado torea el tráfico, una fotógrafa encuentra el paraíso en el Amazonas y un cocinero griego repite la Odisea con la crisis bancaria de fondo. Siempre he pensado que una novela es como un matrimonio más o menos largo mientras que una columna es un lío de una noche. Fui finalista del premio Nadal en 2003 con El gran silencio y he ganado también el Hammett de la Semana Negra de Gijón y el Tigre Juan por Niños de tiza, así como el premio Logroño por Punto de fisión, de donde toma su título esta trinchera. Como se ve, con mis novelas he hecho lectores y amigos, y con mis columnas más bien al contrario. Pero está bien así, porque siempre he pensado que un escritor ha de luchar contra el poder, sea del signo que sea, aunque la señal de su triunfo resulte tan minúscula como una picadura de mosquito en el culo de un elefante.
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