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El impacto económico de la desigualdad de género

Se acaba de publicar hace solo unos días un nuevo informe del Bread for World Institute de Estados Unidos que analiza la relación entre las desigualdades de género y el hambre en el mundo (When Women Flourish...We Can End Hunger). Un drama que mata cada día a unas 40.000 personas y que en España afecta ya a los dos millones de personas que, según el Ministerio de Agricultura, precisan de ayuda alimentaria.

El estudio de este año viene a demostrar que el hambre, como tantos otros problemas, no afecta por igual a todas las personas sino que las mujeres y las niñas la sufren mucho más intensamente. Como ya han mostrado otros estudios, el 79% de las mujeres de los países en desarrollo dedican su tiempo de trabajo a producir alimentos, constituyen el 43% de la fuerza de trabajo dedicada a ello y son el 60% de todas las personas que pasan hambre en el mundo.

El informe señala con numerosas evidencias empíricas las causas más importantes de la mayor exposición de las mujeres y niñas al hambre. Entre ellas, que tienen acceso a recursos menos productivos y que dedican mucho más tiempo que los hombres al trabajo no pagado, lo que hace que tengan menor acceso a la educación y al trabajo remunerado. Como indica el informe, mientras que en casi todos los países estudiados se ha estrechado considerablemente la brecha entre la dedicación al trabajo remunerado de los hombres y las mujeres, la relativa al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado ha cambiado (resulta, estremecedor, por ejemplo, conocer que en África las mujeres dedican cada día a recoger agua unos 200 millones de horas, es decir, el equivalente a 22.816 años).

El 79% de las mujeres de los países en desarrollo dedican su tiempo de trabajo a producir alimentos

También demuestra el informe que otros factores responsables del mayor sufrimiento de las mujeres son la discriminación salarial que se deriva de lo anterior y, sobre todo, su mucha más escasa capacidad de toma de decisiones. Algo, esto último, que empieza desde la infancia, como demuestra que una de cada 9 mujeres en el mundo sea obligada a casarse antes de los 15 años.

Ante el drama del hambre y ante su mayor incidencia en mujeres y niñas, el informe subraya que todos los datos disponibles indican que la mejor estrategia que puede ponerse en marcha para combatirlo (y también a otros grandes problemas de la humanidad como el cambio climático, al que también hace referencia) es empoderar a las mujeres y facilitar que accedan al uso de los recursos y, sobre todo, a la toma de decisiones en las mismas condiciones que los hombres.

Se calcula, por ejemplo, que si las mujeres trabajaran con recursos igual de productivos que los hombres el output global subiría entre un 2,5% y un 4% y que habría entre 100 y 150 millones de personas hambrientas menos en todo el mundo.

Y no se puede creer, como ocurre a menudo, que se trata de conclusiones simplemente válidas para los países más atrasados en donde no se han conseguido tantos avances como en los más ricos. El informe hace una referencia singular a Estados Unidos, la gran potencia mundial en donde el hambre sigue siendo un problema social cada vez más presente, en donde aumenta la pobreza extrema y en donde la desigualdad de género está estrechamente vinculada, como en todos los lugares, a esas lacras. (En Estados Unidos, señala el informe, el 31,5% de las mujeres recibe salarios por debajo del nivel de pobreza y pone como ejemplo que las mujeres pediatras, que son mucho más numerosas que sus colegas varones, reciben sin embargo el 66% de su sueldo).

El informe cita precisamente las palabras del recién reelegido presidente japonés Shinzō Abe cuando abogó por poner en marcha la "womenomics" (la economía de las mujeres, podríamos decir) para impulsar el crecimiento de su país, pues consideraba que ellas eran el recurso más infrautilizado de su economía (claro que eso lo decía sin tener en cuenta todo el trabajo doméstico y de cuidados que ni se remunera ni se contabiliza como tal). Y recuerda también que el Informe sobre el Desarrollo Mundial 2012 del Banco Mundial concluía que la desigualdad de género disminuye la capacidad de los países para competir internacionalmente.

En nuestro país es donde más está aumentando la desigualdad y la pobreza infantil y en donde el hambre comienza a ser un problema importante

La cuestión es importante, por tanto, no solo para los países en desarrollo sino también en Europa y España. En nuestro país es donde más está aumentando la desigualdad y la pobreza infantil y en donde el hambre y la desnutrición comienzan a ser un problema importante. Y esto no es ni mucho menos ajeno a la impresionante pérdida de impulso que están sufriendo las políticas de igualdad de género en las que fuimos pioneros.

Volver a dar esa batalla, tal y como indica la evidencia empírica y los estudios internacionales como este que acabo de comentar, es un reto fundamental en España, no solo para garantizar el bienestar de millones de mujeres sino para reactivar la economía y poder generar empleo decente. Pero lo que estamos viendo, por el contrario, no son sino continuos pasos atrás: el incremento de dedicación de las mujeres al trabajo no remunerado, el empleo parcial femenino no deseado, el deterioro de las condiciones de vida de las mujeres rurales, la brecha salarial de género en aumento y la promoción de valores y normas provenientes del machismo más trasnochado que solo conducen al sometimiento social y personal de las mujeres.