Publicado: 10.07.2016 11:00 |Actualizado: 10.07.2016 11:00

Brexit, Chilcot y los muertos del armario/Irak

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Nigel Farage, el hasta ahora líder del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP). - REUTERS

Nigel Farage, el hasta ahora líder del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP). - REUTERS

Decía Marlon Brando que la vida nunca es la misma después de una cerveza; pero Brando no conocía al xenófobo inglés Nigel Farage y su especial cualidad para ver la vida y el mundo, después de 6 jarras de cerveza diarias, todas las semanas y meses, por lo menos, durante los últimos veinte años. Al contrario del ruso Boris Yeltsin, —a quien sus asesores prácticamente lo llevaban en volandas para que no se desplome en las conferencias de prensa—, Farage es un bebedor estoico, no tambalea y difícilmente gangosea; aparte del rubor alcohólico que revela su faz, nunca la prensa británica ha querido destacarle propensión alguna a la dipsomanía, salvo una indulgente inclinación a sacarse fotos siempre con una pinta de cerveza en la mano; quizás en parte por el temor a que la clase política sea estereotipada compartiendo la misma afición por la bebida que han logrado instalar en el imaginario mundial, los hooligans ingleses.

Qué porcentaje de votantes por el Brexit comparten la visión y —principalmente— la afición espirituosa de Farage es algo que nunca se sabrá con exactitud; pero lo cierto es que la noche del Referéndum, Inglaterra se acostó moderna, progresista y tolerante y amaneció con la novedad que Donald Trump no solo era el probable próximo presidente de los Estados Unidos, sino que había triunfado por anticipado en el Reino Unido; el muro contra los mexicanos era el cierrapuertas de sus fronteras contra los trabajadores europeos; la prohibición de entrada a los musulmanes era la prohibición de acogida a los que buscan refugio de las guerras propiciadas, entre otros, por los propios ingleses. Y el país que iba a recuperar su “grandeza” meses antes que los Estados Unidos era el neo Imperio Británico.

trump

El candidato del Partido Republicano, Donald Trump.

La euforia de los triunfadores, con el discurrir de las horas dio paso a la multiplicación de los Trumps que de forma expeditiva exigían intimidatoriamente, ya no solo parar la inmigración sino empezar inmediatamente la repatriación de los inmigrantes.
Son pues los gajes de la democracia, el voto secreto no solo es secreto, sino también oculto. Ocultamente se puede ser pues racista, xenófobo y envidiar a la juventud; se puede ser insolidario, sociópata y —como la urna tapa todo—, en último término, se puede ser hasta democráticamente corrupto y amante soterrado de la guerra. Si a esto se suma una victoria electoral y un montón de copas de más, tenemos pues el afloramiento del alma colectiva que subyace bajo la formalidad social.

Pero no son solo las sombras las que afloran sino también los costos de exponerlas a la luz: infortunadamente, —incluso para los promotores de la repatriación—, ésta ya ha comenzado. Los primeros que se han empezado a repatriar solitos son los capitales golondrinos que se han largado volando del país, dejando sin fondos financieros al sector de la construcción que ya está paralizado. Y si la libra esterlina iba a ser el buque insignia de la grandeza comercial del nuevo Reino Unido, ésta se ha pegado un salto al pasado registrando un bajonazo que la lleva a los mínimos registrados hace 31 años.

En cualquier caso, si faltaran cosas por resaltar, aquellos augures del advenimiento de la nueva grandeza del Reino Unido, una vez puestos sobre el timón del buque que iba a navegar los procelosos mares donde siempre reinó el vetusto imperio, han renunciado en masa a tal empresa; el propio Farage que pedía le devolviesen su país, una vez devuelto, lo ha dejado al garete para recuperar a cambio “su vida”; o sea, ésa que se ve tan ricamente a través de las jarras de cerveza.

En menos de una semana los votantes a lo Trump se han enterado de que durante la campaña, la clase política dice cosas que luego la realidad se resiste a aceptar; que el discurso pro Brexit no tenía un plan de materialización; que no hay profesionales ni negociadores para gestionar la separación de la UE; que ni siquiera habrá 100 días de luna de miel entre la promesa y la realidad. Pocas veces pues una democracia occidental hace colapsar tan rápida y fehacientemente, el único mito que le sobrevivía a la crisis económica del 2008: “Las elites son tan poderosas que no pueden estar equivocadas.”
El destino de las élites, cual tragedia griega, tiene formas retorcidas de manifestarse. Hace 7 años se estableció en el Reino Unido una especie de Comisión de la Verdad independiente, encargada de recopilar testimonios sobre los hechos que condujeron a la participación de este país en la invasión a Irak, se llamó el Informe Chilcot. Trascendió que las conclusiones de este informe estaban listas hace algún tiempo; pero se prefirió postergar su publicación hasta después del Referéndum, en prevención de que sus conclusiones impactasen de modo negativo sobre la credibilidad de la clase política.




En apretadísimo resumen, el informe donde debía decir que Tony Blair mintió deliberadamente al parlamento y a la opinión pública sobre las razones para ir a la guerra, dice que los motivos para tomar esta decisión fueron “insatisfactorios”; que se menospreció la autoridad de las Naciones Unidas; que no se agotaron todas las opciones pacíficas y que nunca debería ocurrir una circunstancia similar. Dice, con todas sus letras, que por la participación británica en esta infausta guerra, este país se hizo vulnerable a las represalias de los atacados y, finalmente, que se arrastró al país a una guerra sin tener idea de cómo serían las consecuencias y sin contar con planes de contingencia frente a estos resultados. Concluyendo, que no solo fue una catástrofe humanitaria para Irak, sino que fue una catástrofe política, militar y económica para el Reino Unido.

Es decir, en peor momento no ha podido hacerse público este informe; las élites hace 13 años ya estaban en Babia y lo siguen estado con renovado entusiasmo; que igual les da por matar de bombardeos a gente en Libia, Siria, Afganistán, Yemen, o matar de austeridad a su propia gente; o cerrar el futuro a los jóvenes a cambio de un alucinado retorno al pasado del cual ni conocen con claridad su verdadera dimensión.

El informe Chilcot es, —como se esperaba— un documento ambiguo, como ambiguo puede ser un armario; pero de este documento han vuelto a salir y cobrar vigencia no solo los occisos sino también los que están muertos en vida esperando que les lean su epitafio judicial; no solo me refiero a Bush, Blair y Aznar, sino también a todos sus cortesanos.
Resulta irrelevante que el trío de las Azores ensaye diversos alegatos para evitar dar con sus huesos en la cárcel; en último término, el horroroso crimen de guerra perpetrado en Irak no es atribuible solo a tres individuos, sino a tres Estados. No hay sitio para excusas ni atenuantes de ningún tipo (Blair, en una aburrida defensa realizada luego de la publicación del informe, siguió mintiendo y pidió disculpas por haber tenido una “equivocada información de inteligencia”; pero de la invasión no se arrepiente ni muerto). No valen pues disculpas, el daño moral es irreparable, si es que ha de existir justicia en el futuro para la especie humana, lo que cabe es una reparación civil gigantesca de los Estados agresores hacia el Estado agredido.

Mientras llega la gran justicia solo cabe desearles una larga, pero muy larga vida y lucidez plena a Bush, Blair y Aznar, que sea tan larga y consciente como el calvario judicial que más temprano que tarde, les espera.