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Diario de una manifestante contra la transfobia de Hazte Oír

Presidenta de Chrysallis, Asociación de Familias de Menores Tansexuales

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Miembros de la asociación Chrysallis, por los derechos de los menores transexuales, durante la intervención del presidente de Hazte Oír / Jairo Vargas

Presidenta de Chrysallis, Asociación de Familias de Menores Tansexuales

El pasado martes muy temprano me disponía a volar a Bruselas para participar en una jornada en el Parlamento Europeo, sobre dignidad y derechos fundamentales de las personas transexuales, inquieta porque la tarde anterior me habían enviado una captura de pantalla en la que se anunciaba que Ignacio Arsuaga presidente de hazteoir.org hablaría, ese mismo día, de “libertad de expresión”, qué cinismo, en el mismo Parlamento.

Eran las siete de la mañana, entre el sueño y la conciencia, mientras esperaba sentada para incorporarme a la cola del embarque, no sé si por presentimiento o como una posibilidad nada disparatada barajé la casualidad de que compartiéramos vuelo. En esas andaba, imaginando a qué iban a Bruselas las personas que ya en la cola, iban entrando en el pasillo de embarque, cuando vi aparecer dos figuras, enseguida se me aceleró el corazón: era él que llegaba junto a
una acompañante. Me levante de mi asiento y lentamente me incorpore tras ellos a la fila, como quien hace una foto del momento de la salida lo fotografíe, como si quisiera retener la imagen de un fantasma que en cualquier momento puede desaparecer.

Empecé a debatirme entre mantenerme expectante por si me reconocía o presentarme directamente e intentar conversar transmitiéndole la indignación por el daño que causa con sus campañas y su discurso, e intentar que entendiera que la diversidad no es cuestionable, ni opinable, ni una agresión hacia nadie, es una realidad que viven personas a quienes sólo se debe respetar. Decidí esperar y observar, intentar entender por su actitud, por sus acciones fuera de los focos de atención si podía ser un interlocutor accesible.

Con traje chaqueta azul marino impoluto y uno de esos chalecos acolchados que se usan sobre la camisa, su mochila colgando en un lateral y bajo el brazo un ejemplar de El Mundo cruzamos la vista por un instante, no me reconoció. Supongo que mi cara era una más. Puede que nunca se haya parado a interesarse por quiénes somos las familias o las personas que representamos a esas familias, a las que él y su organización atacan como si lo que hicieran fuera una campaña de marketing para la venta de cualquier producto o servicio. Mantenía con su compañera una
conversación en la que él, de forma condescendiente, le explicaba sobre los medios de transporte que usaba en el extranjero y que en este caso no iba a ser posible porque iban muy justos de tiempo para llegar a su destino, apostando por un taxi.

Yo sabía que su comparecencia era a las 11.00 en el Parlameto. Sonó la alarma de su reloj, me pareció curioso, ya no conozco gente que use la alarma de un reloj de pulsera. Tras dejarla sonar un rato se dio cuenta de que era suya y explicó –a su acompañante- que era su despertador, aunque frecuentemente se levantaba más tarde.

Nos tocaba embarcar y cada vez veía más lejana la posibilidad de abordarle, supongo que una conversación en que él era el protagonista y su acompañante una mera receptora de sus banalidades, mi invisibilidad y su actitud gestual de quien va a salvar “su mundo” me hizo desistir. ¿Qué le iba a poder decir para que cejara en su empecinamiento? Una persona que no distingue la orientación de la identidad sexual y que dice sentirse discriminada como persona heterosexual ─como si ser madre de un menor transexual te privara de esa categoría─ por nuestras
reivindicaciones de incorporar la realidad de nuestras hijas e hijos a los temarios educativos, puede sentirse amenazada solo con decir a quien represento.

La casualidad hizo que el asiento de su acompañante estuviera junto al mío con el estrecho pasillo por medio, decidí observarla, se la veía inquieta ojeando una revista de historia, tanto en el despegue como en el aterrizaje con los ojos cerrados el movimiento de su cara y de sus labios me hicieron suponer que estaba rezando, al tocar tierra el tren de aterrizaje se relajó, sonrió y me dijo “por fin”. Viendo la tensión que le producía el viaje tampoco quise abordarla, no me pareció el mejor estado de ánimo para ello. Conseguí dormir gran parte del vuelo.

Aunque me espanta e indigna su discurso, mi forma de ser me lleva a pensar que al final las personas funcionamos por códigos muy similares y que si hay voluntad se puede llegar al entendimiento. Por eso me quedó la sensación de una o varias oportunidades perdidas. Volví a coincidir a su lado en la cola de los taxis y nos volvimos a ver en la entrada del Parlamento.

En mi maleta me acompañaban dos banderas: la que representa la lucha del colectivo trans y la de Chrysallis, como ya estaba allí, guiada por mis anfitrionas llegué a la sala de la rueda de prensa una vez había comenzado su discurso de lamento, en el que se presentaba como víctima de un Estado opresor dictando unas leyes que en vez de garantizar derechos a personas vulnerables parece ser que se hacen para fastidiarle a él. Convencida de que era el momento desplegué la
bandera, orgullosa, pensando en todas esas familias a las que represento.

Las personas que estaban en la sala de prensa se giraron para observarnos y dejaron de prestarle atención. Creí escuchar un tono de desconcierto y acabó su discurso abriendo el turno de preguntas.

Cuando más tarde le expliqué a mi hijo lo sucedido me preguntó: "¿Qué le has dicho?". Tuve que responderle que nada y no sé si le habré decepcionado, pero prefiero trasmitirle la idea de que en el mundo hay espacio para todas las personas y que habrá que buscar las estrategias que nos permitan hacerles entender que no necesitamos de su permiso para existir a quienes no nos aceptan.