Publicado: 18.11.2013 07:00 |Actualizado: 18.11.2013 07:00

Dolor e indignación

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*Presidenta de la Federación de Mujeres Separadas y Divorciadas

Al despertar esta mañana tropecé con la mirada en el calendario y sentí la mezcla de dolor e indignación que siempre me produce la fecha del 25 de noviembre. Dolor por las mujeres a las que la fauna machista les niega el derecho a vivir y, junto a ellas, a no pocos de sus hijos e hijas. Indignación porque el terrorismo de género, que es de lo que trata el 25 de noviembre, a pesar de proclamarse como "el crimen encubierto más extendido del mundo" por distintas conferencias de Naciones Unidas —la última en septiembre de 1995 en la cumbre de Beijing—, sigue produciendo sin tregua múltiples agresiones de los hombres hacia las mujeres en todo el universo contabilizando cifras cuantitativas aterradoras.

Mi indignación se desborda por dos razones, cada cual más intolerable. En primer lugar, el sufrimiento insoportable que padecen las víctimas durante la convivencia con los agresores mientras éstos les permiten seguir con vida. Cualitativamente, la violencia de género destruye física y psíquicamente a la mujer y a los hijos, éstos últimos se ven obligados a soportar la trasmisión de las agresiones en un periodo infantil incipiente, aquel en el que adquieren su identidad personal. A ser agresor sexista se aprende; a ser víctima, también.

La prevención —y, con ella, la erradicación— de la violencia de género comienza por la protección de la infancia, impidiendo que las niñas y los niños se desarrollen en un ámbito familiar viciado donde el padre ejerce la violencia hacia la madre y hacia los hijos e hijas, directa o indirectamente.

Otro aspecto de indignación es la impunidad judicial, con frecuencia escandalosa, de la que gozan  los agresores en la comisión de esta clase de delitos. Algo que, por cierto, no ignora el perpetrador de la violencia cuando, con la arrogancia que le caracteriza, se encara a la víctima de sus brutalidades dispuesta a denunciar diciendo: "Denuncia, denuncia, que nadie te va a creer". Cada sentencia absolutoria indebida es un acicate para el agresor y uno de los peores ejemplos para los hijos, al enterarse de que después de lo que pasó, de lo que vieron y oyeron, su padre jalea la sentencia proclamando: "Soy inocente, lo ha dicho el juez, ya os lo dije, a ver si vuestra madre aprende o se atreve a denunciarme otra vez".

En el trascurso del año 2013 han perdido la vida a manos de su pareja masculina 53 mujeres y 7 niños, lo que evidencia, sin género de dudas, que el maltrato de la mujer y de sus hijos e hijas sigue instalado en la sociedad española sin visos de disminuir. Es más, hechos recientes demuestran que se ha desatado una especie visceral de apología sobre la violencia sexista, como lo demuestra la traducción y publicación por la  editorial Nuevo Inicio (dependiente del Arzobispado de Granada) de un libro doctrinario con perspectiva inequívoca sexista titulado Cásate y sé sumisa. La autora Constanza Miriano, católica a ultranza, periodista de profesión e italiana, no duda con su pseudoliteratura en retrotraernos a tiempos en los que la mujer era la sierva de la casa y de la familia, siempre obediente, sumisa y sometida, ingredientes todos imprescindibles para estimular y justificar las ínfulas del agresor. Un libro en el que la mujer pasa a ser una posesión más del hombre, sin otra misión que la de complacerle, un modelo tan conocido como el de la geisha en el salón y la sirvienta en la cocina. El libro parece el plagio de un mal recuerdo publicado en los años 50 de la España franquista por la Sección Femenina bajo un título que no tiene desperdicio. Guía de la buena esposa, subtitulado 11 reglas para mantener a tu marido feliz, constituyó entonces una novedad bochornosa.

Ahora corren tiempos de regresión en España, una regresión que se instala a un ritmo galopante. A ello contribuyen, con escasa profesionalidad y tozudo empeño, ciertos medios de comunicación. Acaba de ocurrir en Radio Televisión de Castilla-La Mancha, donde han emitido un reportaje relacionado con el asesinato de una mujer a manos de su marido, de profesión carnicero. El medio de comunicación aprovechó el oficio del criminal para concentrar los detalles más escabrosos sobre el método que utilizó con la víctima para su exterminio, persistiendo en lo que llaman información hasta producir un nauseabundo espectáculo sin el menor respeto a la víctima y a su derecho inalienable a la intimidad.

Cuestiones tan espeluznantes nos llevan a reiterar el dolor y la indignación y a pedir sin demoras tanto la retirada del libro panfletario como la depuración de responsabilidades y las sanciones correspondientes al programa El Mirador de la comunidad manchega.