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elecciones catalunya La llamada

Rajoy y Puigdemont han conseguido lo que ambos buscaban, por más que los dos se empeñen en echar la culpa al otro de sus decisiones límite. Rajoy tiene su 155 y Puigdemont, su DUI. Y la sociedad, por los suelos.

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Concentración este viernes en la Plaza de Sant Jaume de Barcelona, para festejar la independencia de Cataluña. /EFE

En el momento en que escribo estas líneas -con la sensación de que no hay nada nuevo que decir, pero de que está casi todo por contar-, el BOE acaba de publicar las medidas salidas del Senado para la aplicación del artículo 155, horas antes de lo previsto, y Mariano Rajoy ha convocado las elecciones que tenía que haber convocado Carles Puigdemont ayer. En la misma horquilla de fechas (20-24 de diciembre), para dar la puntilla: serán el 21 de diciembre (jueves). Para ejecutarlo, Rajoy ha optado por el camino más cuestionado por los constitucionalistas de entre las medidas contempladas en el 155: ha disuelto el Parlament, la sede de la soberanía popular, desde su despacho de La Moncloa. A pelo y sumada a la destitución íntegra del Govern, todo muy del disgusto de la "resistencia" independentista ("No pasarán")

Empezamos dos meses complicados (más), con un artículo 155 que se ha empezado a aplicar en cuestión de horas tras aprobarse en el Senado. No hay, pues, marcha atrás: Rajoy y Puigdemont han conseguido lo que ambos buscaban, por más que los dos se empeñen en echar la culpa al otro de sus decisiones límite. Rajoy tiene su 155 y Puigdemont, su DUI. Y la sociedad, por los suelos. 

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y el presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, tras los atentados de agosto en Barcelona / EFE

Para convocar elecciones, Rajoy opta por el camino más cuestionado por los constitucionalistas: ha disuelto el Parlament, sede de la soberanía popular, desde su despacho de Moncloa

Ahora, Rajoy se juega el prestigio de España en el exterior con el uso que haga de la "fuerza" contra la que le ha advertido ya Donald Tusk (otra vez) y la desaparición del PP en el Parlament al convocar unas elecciones que, sí, pueden ser convocadas, pero no legitimadas si las fuerzas independentistas mantienen su intención de no aceptar que se las convoque el presidente de España (recuerden que actuarán como República Independiente) Celebrar unos comicios sin los partidos independentistas sería como votar sólo en la mitad del territorio.

Por otro lado, la ejecución exprés del 155 es difícil que se desarrolle por la vía pacífica de la rendición "diez a cero" que pretende, por ejemplo, la vicepresidenta Sáenz de Santamaría. Las imágenes de la celebración social en las calles catalanas -y en los balcones de los ayuntamientos, arriando la bandera española en cuestión de segundos tras declararse la DUI- ofrecen también claves muy elocuentes sobre por dónde van a ir los independentistas, los del pueblo y los cesados (en Madrid) de las instituciones suspendidas.

"Resistencia", "resistencia" y "resistencia" son las palabras que más se han oído entre dirigentes y militantes, por ejemplo, de la CUP, sin duda, triunfadora única de este fracaso colectivo junto a Ciudadanos, que tiene ya su artículo 155 y sus elecciones intrusas. Los antisistema y anticapitalistas llegaron al Parlament con el único objetivo de alcanzar la independencia, se aliaron con el partido tradicional de la burguesía catalana, del 3% y de los recortes sociales, exigieron (y consiguieron) la salida del Artur Mas del Govern y apoyaron el nombramiento de Carles Puigdemont, cuyo perfil no es el de un convergente al uso, como Mas, sino el de un independentista convencido y decidido a llegar hasta el final de su promesa. En eso estamos.

Mariano Rajoy e Iñigo Urkullu, durante una reunión en La Moncloa.

Hubo momentos de incertidumbre cuando Puigdemont dejó la DUI en suspenso, pidiendo diálogo a Rajoy y topando con un muro. El intermediario por excelencia (hubo más), el lehendakari Iñigo Urkullu, ya estaba en conversaciones con president y Gobierno, éstas que se aceleraron esta semana -sobre todo a través de mensajes, la comunicación política del presente- y alcanzaron su máxima intensidad el jueves con la posibilidad de un adelanto electoral en Catalunya. "Estuvimos muy cerca", admitió Urkullu visiblemente decepcionado y rotas ya las negociaciones.

¿Qué falló? En primer lugar, la desconfianza mutua entre Rajoy y Puigdemont:

- "Si tú convocas elecciones, yo iré disolviendo el 155"
- "Dame garantías de que el 155 no se aplicará".
- "No; convoca..."
- "Garantías..."

Este diálogo es ficticio, naturalmente, porque lo segundo que falló, y sin duda, lo más importante fue la llamada que nunca se hizo. Pese a los esfuerzos de los mediadores (se ha citado a Pastor o a Montilla, al dimitido Vila, al propio Mas,...), la petición explícita a ambos del lehendakari para que hablaran sin intermediarios, no hubo llamada Rajoy-Puigdemont ni viceversa. Da igual que el país esté partido en dos, la economía tambaleante, la #MarcaEspaña por los suelos, las empresas en modo espantada, el pueblo catalán en la calle reclamando lo suyo, la ultraderecha desatada, las instituciones catalanas anuladas y sus cargos cesados; la sede de la soberanía popular, el Parlament, intervenido; los medios públicos vigilados (de eso no los libran siete enmiendas del PSOE, que se lo digan a los trabajadores de RTVE); los productos catalanes (¿?) boicoteados, y un largo etcétera, incluido un Puigdemont detenido más pronto que tarde.

La convocatoria de elecciones por sorpresa que ha hecho Rajoy a última hora del viernes ha sido una jugada hábil, sin duda, que los suyos aplaudirán con el mismo entusiasmo que el 155 en el Senado: es otra humillación para el (ex) president y los independentistas. Por eso cambia poco el deprimente escenario, porque la convocatoria implica una aplicación acelerada del 155 y una votación convocada en Madrid y controlada desde Moncloa. Catalunya es desde este jueves una República Independiente, y en esa realidad paralela, ¿quién se cree que es el presidente de España para convocar las elecciones de otro país?

Esa llamada rogada casi por Urkullu. Ese cara a cara. Esa altura de miras...  

P.D.: Siempre me pregunto qué habría pasado si Rajoy y Puigdemont fueran mujeres no testosteronizadas.