Publicado: 20.05.2014 11:54 |Actualizado: 20.05.2014 11:54

Javier Nart se casa en segundas con la política

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Epicentro del debate político de la Transición, esencialmente de aquellos que se situaban según se mira a la derecha, el Club Siglo XXI siempre será recordado por ser el lugar donde Fraga presentó a Carrillo en 1977 en lo que pasaría a la historia como uno de los grandes símbolos de la reconciliación nacional. Hoy el Club no aspira a tanto pero si Eduardo Zaplana, que es quien lo preside, consiguiera que en los almuerzos-coloquio aquello no alcanzara un nivel de ruido similar al de un salón de bodas cuando al novio le cortan la corbata, el avance sería apoteósico.

Acudía ayer a conferenciar Javier Nart, cabeza de lista de Ciudadanos al Parlamento Europeo, hombre de facundia tan prodigiosa que para alabar las ventajas de una Europa unida y descalificar el nacionalismo puede perfectamente referirse a Mesopotamia —como hizo—, y dar vela en el entierro a Confucio y al propio Santo Tomás de Aquino. Y todo ello en medio del repiqueteo de cucharas de la concurrencia, que le daba en ese momento a la crema con tropezones.

Nart es un tipo poliédrico. Corresponsal de guerra, abogado y hasta cónsul del Chad, empezó en el PSP de Tierno Galván —"gran pensador y pésimo compañero", según dijo— y ha acabado oficiando el entierro de su propia ideología tras un periplo que le llevó a ser asesor en el Gobierno de Felipe González —"una estafa mortal, un gran dirigente del que no tengo un buen recuerdo en lo ético"—, fiscal de pega en televisión y tertuliano profesional. Tantas cosas ha sido que para acabar antes relató qué no era: "No soy un político sino un ciudadano que vive de su trabajo. No crecí ni me reproduje en el partido [...] No soy un personaje público", afirmó después con fingida modestia.

"El nacionalismo catalán usa la bandera para envolver la cartera y sus negocios patrióticos"Lo que se ignoraba es que también fuera profeta. A lo Nostradamus, predijo al parecer que, tras el zapaterato, España quedaría como un erial y el PSOE, para el arrastre. Y ayer añadió a su lista de augurios uno nuevo: que en Cataluña habría más temprano que tarde violencia física y que no le preocupaba tener un incidente porque "el gol del honor" lo iba a meter, en insoslayable referencia a su crochet de derecha: "Me sale mi parte vasca", remachó, como si por el hecho de haber vivido en Bilbao uno tuviera que tener dentro a Urtain o a Paulino Uzcudun.

Íbamos ya por el pato de segundo cuando asistimos a las grandes revelaciones de la jornada. La primera consistió en una sucinta explicación de las diferencias entre Vox, UPyD y Ciudadanos: "Vox es una escisión del PP, UPyD es una escisión del PSOE y nosotros somos ciudadanos hartos de la degeneración de la vida política catalana". La segunda fue una justificación: "En realidad, Ciudadanos no debería existir y si existe es para mantener lo evidente", que no es otra cosa que la defensa de "la igualdad, la solidaridad y la unidad", puestas en peligro por un nacionalismo que "con la bandera envuelve la cartera y sus negocios patrióticos". La tercera, un bombazo: "Hay cosas que ignoro", afirmó, lo cual, dicho con la prosopopeya que acostumbra, resultaba increíble. Y la cuarta, una evidencia en alguien tan locuaz: "Soy la antítesis de Twitter".

Nart tiene algunas ideas claras y otras parecen surgir de su propia cosecha, por eso de que "los abogados tienen tantas opiniones como clientes". Aborrece, claro, el separatismo, el bipartidismo y la ley electoral, desprecia a Elena Valenciano, "virgen de toda virginidad de nómina" y producto de la "dictadura del secretariado". Está enamorado de la educación finlandesa y de la economía de libre mercado no especulativa y cree que la corrupción es consecuencia, en parte, de que hay más aforados que botellines.

A los paraísos fiscales no los puede ni ver, aunque la explicación que diera en su día para justificar que su familia tuviera cuentas en Suiza fuera manifiestamente mejorable. Bien está que su padre se negara a pagar el impuesto revolucionario que le exigía ETA, pero también podría haberlo hecho con el dinero en el Banco Pastor y no en la Societé Générale. El lío pudo ser de campeonato porque se le detectó un ingreso de más de 30.000 euros procedente de una cuenta de Millet, el del Palau, que Nart atribuyó a un error del gestor que compartía con el saqueador de las Ramblas. El abogado pudo deshacer el entuerto ante notario y más tarde repatriaría los fondos.

De Suiza no dijo nada, pero sí de Gibraltar, que "nos coloniza con sociedades opacas", y contra la que propuso un plan para congelar en el Registro las propiedades de sus ciudadanos si su Gobierno no atiende los requerimientos que se les dirigen sobre flujos financieros que pasan por el Peñón. Y despotricó contra la City londinense, "el gran problema del que nadie habla".

Para todo lo demás, los políticos —aunque él no lo sea— han de confiar en los expertos y después elegir entre sus opciones, sobre todo en "cuestiones estratégicas que no pueden depender del iluminado pensamiento del señor ministro". Él mismo, de llegar a ser eurodiputado, juró consultar a los pescadores de Bermeo si se le presentaba alguna cuestión sobre las anchoas del Cantábrico porque son los que más saben sobre estos peces cupleiformes.

Dos horas largas después, tarta, café y chupito mediante, la ceremonia se daba por concluida. Nart se casa en segundas nupcias con la política. El ex presidente de Sacyr Luis del Rivero, que lo presenció todo en primera línea, debió de haber gritado un ¡viva los novios! pero se ve que el hombre, imputado judicialmente en el caso de la contabilidad B del PP, no tiene el cuerpo para jotas.