Publicado: 22.05.2014 12:08 |Actualizado: 22.05.2014 12:08

El monologuista Alfonso Guerra

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Quien va a ver un acto electoral de Alfonso Guerra sabe o debería saber que no va a presenciar un simple mitin. Asiste en realidad a una representación teatral, a una comedia en la que el monologuista alterna fragmentos de Dickens con trozos de telediario, lecciones de filosofía política con otras de historia contada para niños y nociones de economía con sketches de Faemino y Cansado.

El resultado de este cóctel resulta, por lo general, condenadamente divertido. De Guerra no hay que esperar que diga toda la verdad ni siquiera que sea riguroso con las cifras. Simplemente hay que verle actuar, dejar que la función se desarrolle hasta que caiga el telón y atronen los aplausos de un público entregado que, como ayer, abarrotaba el patio de butacas y hasta los pasillos del salón de actos del centro cultural las Dehesillas de Leganés (Madrid).

Como suele ser habitual, habló de sus demonios: de ese capitalismo que ha evolucionado de la producción a la especulación y "que ahora gana dinero con estampitas engañando a la gente"; de los "sufridos" banqueros y sus sueldos; de los ricos, en general, a los que bastaría con dejarles sin bonificaciones para que la recaudación tributaria aumentara un 30%; de las reformas, que antes podían implicar cambiar los sanitarios del baño y ahora siempre obligan a que uno se eche la mano a la cartera "porque nos van a quitar algo"; y hasta de Rouco y "esta mezquita es mía por 30 euros".

Entre medias, Guerra hizo el resumen más hilarante del debate entre Valenciano y "ese tío de barbita blanca que siempre parece que acaba de comerse un cochino entero". La comparación de Cañete con un caballo retenido "con el espumarajo en la boca" que al día siguiente pudo liberarse "y soltarse la faja" fue cruel pero tronchante. "Ahora le han metido en una caja fuerte. Cualquier día sale para Suiza en una remesa de esas que mandan ellos".

El método del sevillano es simple pero eficaz. Fue de los primeros en comprender que un mitin no es una clase magistral ni una conferencia, y practica una suerte de pedagogía infantil muy similar al aprende mientras juegas. Puede burlarse de las canas de Rajoy y al segundo siguiente hablar de la utopía, que según dice, no es una locura sino "una verdad prematura"; puede describir el nuevo carril bus-taxi-Espe de Madrid y lanzar su definición de socialismo: "Que nadie tenga tanto para poner de rodillas a los otros y nadie tan poco como para verse obligado a arrodillarse". Puede, en definitiva, pedir a los allí presentes que no se hagan ilusiones si reciben un sobre del PP y avanzar que la política sin ideas "sólo es contabilidad social" o que la igualdad "es tratar mejor a quienes más lo necesitan".

Sus soluciones a los grandes problemas no son muy distintas a las que daría el común de los mortales. ¿Que el BCE presta a los bancos al 1% y no a los Estados porque sus estatutos lo impiden? "Pues quillo, nos sentamos y lo arreglamos". ¿Que hay que rescatar a los bancos porque el país se hundiría? "En Estados Unidos han caído siete bancos. ¿Se ha arruinado el país? No, se han arruinado los bancos". ¿Que las SICAV pagan un 1% en impuestos porque si no se llevarían el dinero a otro país? "Hagamos una ley en Europa para que paguen en todos los países el 30%". Y así.

Si en otro tiempo Guerra patentó su idea de una ley de hierro para los beneficios empresariales, ahora no desaprovecha la ocasión para explicar un revolucionario concepto de reparto del tiempo de trabajo con el que combatir el desempleo: la jornada semanal de 4 días y 32 horas. Haría bien su partido en escucharle de vez en cuando.

En otros asuntos se le nota más contenido. Los comunistas han dejado de ser el enemigo, sobre todo desde que gobiernan con el PSOE en Andalucía o se les presume necesarios en futuras alianzas en comunidades y ayuntamientos. Aun así no hay mitin en el que no apele al voto útil y a no dilapidarlo en "fuerzas que no tienen fuerza" y que, además, "son un poco miserables" porque atacan más a los socialistas que a la derecha.

Su alegato contra la abstención es ya un clásico que siempre se recibe con jolgorio: "Con los mismos votos la derecha puede ganar o perder las elecciones. Sacan a sus votantes en fila india y hasta dan permiso a las monjas de clausura, aunque algunas nos votan a nosotros porque ven que tenemos humanidad".

Después de escuchar a Alfonso Guerra tiene uno la sensación de haber asistido a un espectáculo de variedades, con Tomás Gómez en el papel de corista. El artista saluda con los dos puños en alto, pese a que en su partido ya no está de moda. La función ha terminado.