Publicado: 10.10.2014 10:39 |Actualizado: 10.10.2014 10:39

No hay salud sin salud mental

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Regina Bayo- Borràs
Psicóloga Clínica

La información que los profesionales vamos conociendo sobre los indicadores de salud mental de nuestra población nos preocupa y conmueve profundamente. Estamos comprobando que los pronósticos que la OMS (2010)  realizó para adoptar medidas preventivas, han sido ignorados. Si los pronósticos han sido ignorados, las medidas preventivas son inexistentes. Quienes tienen la responsabilidad de proteger la salud de la población han hecho, y siguen haciendo, caso omiso de las recomendaciones establecidas por la agencia mundial de la salud, a pesar del incremento del sufrimiento emocional de un gran sector de la población, por lo que los efectos no se han hecho esperar. A partir de la experiencia laboral de los profesionales en los servicios de S.M., más algunas informaciones —escasas— publicadas, se puede esbozar un (in)cierto panorama de la realidad asistencial.

He aquí algunos datos:

- Se está produciendo un imparable incremento, muy significativo, en las tasas de suicidio. Según la última estadística "Defunciones según la causa de muerte", publicada por el Instituto Nacional de Estadística (INE) correspondiente al 2012, el suicidio fue la principal causa externa de mortalidad, aumentando un 11,3% respecto al año anterior y alcanzando la tasa más alta desde el año 2005. Es la primera causa de muerte violenta, pues supera ampliamente el número de víctimas en accidente de tráfico. Es importante destacar que no existen programas reales destinados a la prevención y a la detección de este tipo de casos en el Sistema Nacional de Salud.

- También se está produciendo un incremento muy significativo de la prevalencia atendida por trastorno mental en Atención Primaria (estudio IMPACT publicado en 2013) con incrementos del 40% en depresión mayor, distimia (forma leve, pero crónica, de depresión), trastornos de ansiedad, y trastornos somatorformes (lo que mucha gente denomina trastorno psicosomático).

- Los trastornos de abuso de alcohol se multiplican por 5, y la dependencia del alcohol se multiplica por 3.

- Se está produciendo un aumento muy significativo de consumo de psicofármacos (aunque haya bajado el gasto farmacéutico por la prescripción de genéricos). Simultáneamente a estos indicadores, los profesionales ven reducidas muy significativamente las intervenciones psicoterapéuticas, cuando no prácticamente suprimidas.

- Las intervenciones comunitarias están quedando reducidas a la mínima expresión.

- Se está reduciendo el número de profesionales en los dispositivos asistenciales, en especial los psicólogos clínicos, que no tienen facultad para medicar.

- Y no por último menos importante: se está produciendo un grave empeoramiento en las condiciones de trabajo de los profesionales especialistas en S.M.

En el contexto general de crisis económica y social, no ha de extrañarnos que la asistencia a la salud mental de la población se lleve la peor parte; pero lo que sí ha de indignarnos es la "magnífica" indiferencia con que los poderes públicos gestionan el sufrimiento de los más vulnerables. Y tanto en la gestión como en el análisis de la situación, los profesionales de la S.M. tenemos mucho que decir.

Si bien, como decía, estábamos avisados de que la crisis económica conllevaba un riesgo seguro de agravamiento de la salud mental de los sectores más vulnerables de población, se proporcionaban, sin embargo, medidas para controlar o mitigar ese riesgo. Pero no se ha adoptado ninguna en el sentido recomendado. Muy al contrario. Se ha sostenido por el Gobierno —y por los gobiernos de las diferentes CCAA— una respuesta que ha agravado la situación. Esa respuesta ha consistido, principalmente, en la reducción de los servicios y prestaciones públicas, y en la paulatina privatización de la atención sanitaria. Sería largo explicar las graves consecuencias de estas medidas, que será objeto de Informes que ya estamos preparando en varias CCAA. En cualquier caso, sumadas las reducciones (presupuestaria, de profesionales y de intervenciones psicoterapéuticas) tenemos como resultado una grave mutilación de la asistencia. Y una atención mutilada en los requisitos imprescindibles para sostener la recuperación de los trastornos en salud mental llega a convertirse en una sórdida caricatura de la misma.

Pero está despuntando un creciente —cada vez menos silencioso— malestar entre los profesionales de la S.M., que ven cómo los encargos institucionales/gerenciales que han de cumplir no hacen sino empeorar las condiciones necesarias para atender digna y éticamente a sus pacientes; en otra palabras, los profesionales comprueban a diario que no pueden ofrecer a los pacientes y usuarios de sus servicios lo que requieren en cada situación. Y lo que los pacientes de S.M. requieren es, fundamentalmente, escucha de su problemática, espacio de relación asistencial, diálogo terapéutico, contención emocional, seguimiento de su evolución, y la dosis necesaria de tiempo por parte del profesional que le atiende, para comprender su problemática. Entender y diagnosticar las problemáticas de salud mental requiere tiempo, profesionales especializados, y, sobre todo, espacio mental del terapeuta. Cuando la presión asistencial/gerencial satura la posibilidad de comprensión y relación con el paciente, estamos desvirtuando -o pervirtiendo- lo que pretende ser una intervención terapéutica.

Este modelo asistencial en S.M., basado en el respeto por el paciente y sus tiempos internos, y sostenido también por el trabajo con otros espacios de la comunidad en la que vive y se relaciona (escuela, trabajo, servicios sociales, talleres ocupacionales, etc.) ha saltado por los aires. Se ha hecho añicos ante la presión institucional/gerencial que exige que no haya listas de espera, que se acorten los períodos de procesos terapéuticos, y que en base a una eficiencia mal entendida, se alarguen los períodos entre visitas, se recorten los tiempos de cada encuentro terapéutico, no se escuche el relato de quien necesita explicarse para transmitir su pesar o su sufrimiento mental. Ha saltado por los aires, y ha sido una voladura conscientemente realizada.

En consecuencia, los profesionales —psicólogos clínicos, psiquiatras, psicoterapeutas, trabajadores sociales, enfermería especializada en salud mental, educadores— se han visto abocados a prescindir de los espacios de equipo multidisciplinar, a las supervisiones de casos, a restringir/prescindir de los espacios de consulta interdisciplinar, de formación continuada, de tutorización de jóvenes profesionales. La mutilación conseguida con los recortes ha trastocado las prioridades: lo principal ya no es entender y escuchar para contener emocionalmente la fragilidad subjetiva de cada paciente; ahora lo principal es que los períodos de intervención se acorten, y que los profesionales de la S.M. sean "eficientes" en su labor terapéutica. Pero la eficiencia, ¿desde qué punto de vista? ¿Sólo desde el económico o también desde el terapéutico? No son incompatibles, ni mucho menos. Al contrario. Cuanto mejor tratamiento terapéutico reciba quien lo necesita, mejor recuperación logrará, y menos funcionará la "puerta giratoria" (la de que se dan altas para formalizar protocolos, pero no porque el paciente reúna las condiciones adecuadas, lo que provoca que al cabo de un cierto tiempo vuelva a necesitar asistencia).

Así que lo que primero fueron recortes, ya son mutilaciones, y estas, más que cambios eficaces en el tratamiento a los pacientes, han producido perversiones en la ética de la relación asistencial. Ya no se ofrece lo que el paciente requiere, sino lo que la gestión económica —privatizada— considera según su presupuesto o según sus objetivos de beneficio.

¿No será que la transformación ha devenido en travestismo? Un paciente me decía que no sabía si quien iba a atenderle en la próxima visita sería un psiquiatra hombre o una psiquiatra mujer, porque en los últimos 8 meses había cambiado tres veces de especialista, "seguramente por los recortes", decía. Esta discontinuidad en la relación asistencial agrava, —de manera a veces inimaginable para los que no están metidos en este metier—, la confianza y la esperanza de recuperación de quien su vida y su mundo depende de alguien que le entienda. Por eso decimos, sin tapujos, que la fragmentación y la discontinuidad asistencial en S.M. son factores de retraumatización del paciente. Por eso decimos que se parece más a una caricatura del trabajo terapéutico, a un "como si" asistencial, que a un proceso terapéutico vero.

Lo que hace veinte o veinticinco años considerábamos como las condiciones favorables para llevar a cabo estrategias terapéuticas de salud mental integradas en lo comunitario, desde un paradigma bio-psico-social, ya entrado el nuevo y flamante siglo veintiuno, la atención pública de la S.M. se ha transformado en un cierto simulacro. Los profesionales han tenido que renunciar a casi todos los referentes de integración comunitaria del paciente, y los han tenido que sustituir por unos encuentros breves, rápidos, disociados de su entorno más inmediato, en un intento —forzado— por aliviar más la gestión institucional/gerencial que al paciente. La privatización paulatina de los servicios de S.M. está imponiendo sus principios empresariales, aunque sea deteriorando las condiciones de asistencia y maltratando laboralmente a profesionales altamente cualificados.

A pesar de que los Gobiernos de cada Comunidad conocen esta situación, el daño sigue aumentando. Los profesionales que estamos implicados en la atención mental tenemos constancia del nivel de sufrimiento de muchísimas personas, pruebas de una política sanitaria irresponsable y desconsiderada con los más vulnerables. Pero, lamentablemente, de estas consecuencias sólo tenemos constancia los que nos hemos involucrado con la realidad asistencial pública. La población general, los representantes políticos, los medios de comunicación, no suelen ocuparse de esta cuestión, siempre tratada como algo marginal y todavía con una fuerte carga estigmatizante.

La salud mental de las personas, en lugar de ser un objetivo prioritario, que mereciera un cuidado y atención específicos, sobre el que los profesionales tenemos mucho que decir y que advertir; en lugar de ser un campo de atención de la salud que requiriera una buena prevención en edades tempranas -primera y segunda infancia-; un diseño diferencial según sexos —las mujeres siguen estando medicadas el doble que los hombres—; y estrategias terapéuticas que contemplen lo psicológico y lo social de cada persona y no principalmente un tratamiento farmacológico-; la salud mental de las personas, aspecto tan fundamental de la propia vida, sigue estando relegada en los presupuestos, en las estrategias sanitarias, en las prioridades por el bienestar de las personas.

Sin embargo, el estado emocional de cada quien no puede relegarse. Ni por el propio sujeto, ni por quienes le rodean y conviven con él, ni por las consecuencias que puede ocasionar en su vida, tanto a nivel laboral, como educativo, social, y de proyecto de vida. Es en este sentido que entendemos que es imprescindible considerar el presupuesto destinado a la atención a la S.M. como una inversión en la mejora de la salud de las personas y de sus familias, y no como un gasto susceptible de recortes. Lo contrario, es seguir confundiendo el precio con el valor, una confusión que lleva a más gasto social en bajas laborales, invalideces, accidentes, fracaso escolar, conductas impulsivas, adicciones, y un largo etcétera que excede el objetivo de este artículo. Objetivo que no es otro más que recordar el 10 de octubre como el Día Mundial de la Salud Mental. Y los profesionales implicados en la mejora de la atención a la salud mental pública lo hacemos Hoy, 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, acudiendo a varias convocatorias reivindicativas en Madrid y Barcelona.

En Madrid, un grupo de profesionales de la Salud Mental, autores de la Declaración de Atocha en defensa de la atención pública en Salud Mental y representantes de más de 30 asociaciones científicas, profesionales y de usuarios que la han suscrito, realizarán entrega de dicha Declaracion en el Registro del Congreso de los Diputados a las 12,30h. Junto a la Declaración, presentarán cartas dirigidas al Presidente del Congreso de Diputados, Excmo. Sr. D. Jesús Posadas, al Presidente de la Comisión de Sanidad, Sr. D. Mario Mingo Zapatero , y a la Junta de Portavoces de los Grupos Parlamentarios, en las que les solicitan un debate en el Congreso sobre la situación de la atención pública a la Salud Mental. Además, este movimiento exige:

- La derogación de la Ley 15/1997 Sobre habilitación de nuevas formas de gestión del Sistema Nacional de Salud.

- La derogación del Real Decreto-ley 16/2012 de Medidas urgentes para garantizar la sostenibilidad del Sistema Nacional de Salud y mejorar la calidad y seguridad de sus prestaciones.

- Un debate específico sobre la intolerable estigmatización que el actual Borrador de Proyecto de Código Penal contiene respecto al trastorno mental.

La Declaración de Atocha y el movimiento creado en su ámbito ha venido generando espacios de movimientos compartidos, integrándose y sumando con otros, por la defensa de la Sanidad Pública. En esta línea, la Mesa para la Defensa de la Sanidad Pública (Medsap) ha propuesto como tema central para la Marea Blanca del 19 de octubre, la defensa de la atención pública a la Salud Mental siguiendo los planteamientos de la Declaración de Atocha.

En Galicia, están programados actos para dar a conocer los planes de actuación, la declaración y el programa del Movemento Galego da Saúde Mental durante el Día Mundial de la Salud Mental (10 Octubre 2014).

También hoy, en Barcelona, se celebra el acto de presentación del Manifiesto para la creación de una plataforma en defensa de la atención pública de la Salud Mental en Cataluña.

El Manifiesto de Catalunya también recoge la enorme preocupación de los profesionales que hemos desarrollado un modelo comunitario de atención a la salud mental, que desde un posicionamiento ético imprescindible, manifestamos nuestra preocupación por los efectos del deterioro progresivo en la calidad de la asistencia pública a la salud mental de la población. Entre los objetivos de este movimiento en Cataluña, están los de defender y proteger la calidad de los servicios asistenciales públicos en S.M., garantizar unas condiciones laborales dignas para sus trabajadores, y exigir transparencia a la administración pública sobre las consecuencias que los recortes presupuestarios están produciendo en la asistencia a pacientes y usuarios. Esta nueva Plataforma se constituye con la vocación de ser un espacio de pensamiento libre y pluridisciplinar, abierto al intercambio y la cooperación con otros colectivos ciudadanos y del ámbito de la salud. Ambos movimientos de Madrid y Cataluña son solidarios, y van diseñando sus estrategias conjuntamente con las que se están produciendo también en Galicia, Andalucía, Asturias, País Vasco, Navarra, Castilla León y Castilla La Mancha.

En la Declaración de Atocha y en el Manifiesto de Cataluña se hace un análisis socio-político y asistencial del estado de deterioro y, en muchos casos también de degradación, a que ha llegado la atención de la salud mental de la población. Se ha alcanzado un punto crítico que no puede sostenerse por más tiempo.
Y seamos responsables, ¡la Salud mental nos incumbe a tod@s!