Publicado: 22.09.2016 14:39 |Actualizado: 22.09.2016 19:14

Contra el periodismo de alcantarilla

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Han condenado a Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, por vulnerar el derecho al honor de Pablo Iglesias. Los hechos sucedieron durante un programa de La Sexta Noche sobre el franquismo. Allí el periodista acusó sin ningún tipo de rubor al político de ser, entre otras cosas, un “un chorizo y un mangante”. O de “cobrar del régimen iraní y venezolano”. El moderador intentó atemperar sin éxito sus ánimos y se produjo una escena vergonzante. Lo más impactante era que quien la protagonizaba fuera un profesional del periodismo. Le mandé un SMS a Iglesias: “!eso es un escándalo, es denunciable¡”. Y en directo, él mismo advirtió a Rojo que iba a llevarle a los tribunales. "Porque nos merecemos un periodismo decente, por respeto a la profesión y a la ciudadanía, denunciaré a Alfonso Rojo", decía en un tuit posterior. La verdad es que al periodista poco le importó. En otro programa televisivo persistió en sus ofensas y llegó a decir que “les den por el culo”, “no le voy a decir a su abogado donde tiene que poner la boca porque me da igual, si quieren querellarse, que se querellen”. No es la primera vez que condenan a Rojo. O que éste recurre al comentario zafio y grosero. En La Sexta Noche fue echado del plató por llamar "gordita" a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. El periodista polaco Kapuscinski solía decir que “las malas personas no pueden ser buenos periodistas”. Gente que recurre con facilidad al insulto y el desprecio soez, sin duda, tampoco.

El juicio contra el director de Periodista Digital fue el último que hice, ya en plena campaña electoral, antes de colgar la toga. Dos años después, siendo ya teniente de alcalde de Barcelona, recibo la notificación de la condena. Con ella, la Audiencia Provincial de Madrid cierra el lamentable episodio. Los magistrados consideraron –igual que la jueza que lo juzgó- que sus epítetos vejatorios eran una extralimitación intolerable. El condenado deberá indemnizar a Iglesias por el daño ocasionado y publicar el contenido del veredicto en su propio periódico. Lo criticable en este asunto, como sucede demasiado a menudo, fue el papel de la Fiscalía. Lejos de ejercer su rol de acusación, se convirtió en otro abogado defensor de Rojo. Llegó a manifestar que eran expresiones —poco “afortunadas” eso sí— que “definen el comportamiento” de Iglesias. No es extraño que muchos tengamos la percepción que la Fiscalía es más un órgano que actúa al dictado ciego del Gobierno de turno que un garante de la legalidad.

Sea como sea, la sentencia es un claro aviso de que no todo vale en el periodismo. En los últimos tiempos, el mundo de las noticias como el de la red se ha degradado. En algunos medios se publica acríticamente noticias inmundas sin rendir cuentas a nadie. El periodismo riguroso, de interés público, es un oficio duro. Requiere valentía, veracidad y honestidad intelectual. Valores que ahora necesitamos más que nunca. Los hechos y la información fiable son esenciales para el funcionamiento de la democracia. Lo cierto, no obstante, es que en política uno se da cuenta rápido de cómo funcionan las cosas. Que los rumores se pueden convertir en noticia sin mucha dificultad. Que los titulares pueden no tener nada que ver con el cuerpo de la información. Los primeros los redactan la empresa y los segundos los periodistas. O que a menudo importa más lo que se explica que lo que ha sucedido. Con todo, hay ciertos límites de la decencia que pocos se atreven a franquear. El insulto y la injuria son uno de ellos. Con la condena a Rojo, sin duda, el periodismo de alcantarilla recibe un severo correctivo. Y, seguramente, ayudará a que no actúe con tanta impunidad.