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Placer, prozac, y estrés, un trío muy mal avenido

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Joseba Achotegui
Psiquiatra y profesor titular de la Universidad de Barcelona

Una de las paradojas más notables del modelo de sociedad actual es la contradicción entre la permanente oferta de placer que se nos promete a través del consumo, y el estrés, la tensión a la que nos hallamos sometidos para lograr los recursos para acceder a esos objetos de deseo, (siempre insuficientes y cambiantes, además) .

Y la paradoja es que el mismo hecho de hallarnos estresados impide disfrutar del placer que tanto cuesta obtener. Como es bien sabido en psicología, el estrés y el placer son una pareja muy mal avenida. Como es natural, esta frustración en lograr el placer acaba generando desasosiego y tristeza. Y entonces, como suele pasar en las parejas, para acabarlo  de  arreglar interviene un tercero, (en este caso el  Sr. Prozac, que hoy en día  siempre está rondando por ahí), complicando las cosas aún mucho más.

Es obvio que muchas veces estamos forzados al estrés para cubrir  nuestras necesidades de supervivencia, pero otras veces podríamos vivir sin estrés y caemos en la trampa del consumismo incitados por la publicidad que sabe explotar muy bien las inseguridades humanas en relación a la autoestima, la protección, la imagen, etc. Estos permanentes reclamos de la publicidad serían como las manzanas envenenadas puestas por la madrastra de Blancanieves en el cesto de nuestras necesidades.

Pero ¿por qué el estrés es enemigo del placer? Porque el estrés es una respuesta de lucha por la supervivencia ante situaciones de riesgo, de peligro. Estar estresado es encender todas las alarmas, ponerse en zafarrancho de combate, lo opuesto al estado placentero. El estrés altera  seriamente la mayoría de las funciones del organismo, de modo que se dan las condiciones opuestas a las que se requieren para sentir placer: tranquilidad, calma, relajación.

Uno de los ejemplos más claros de esta paradoja se daría en el sexo, es el famoso gatillazo del ejecutivo estresado. Es bien sabido que si algo despierta de verdad el deseo sexual es la indolencia, pero nada más incompatible con el modelo de sociedad de consumo. Si la bicicleta del consumo se para, nos caemos, todo se viene abajo, se nos dice,  riñéndonos. Jamás se puede parar de pedalear. En este mismo ejemplo que se nos pone se muestra claramente lo absurdo de la propuesta: ir en bicicleta es muy placentero. Pero no en esas condiciones forzadas y antinaturales. Estrés no rima con placer.