Publicado: 09.10.2016 08:41 |Actualizado: 09.10.2016 08:41

Refugiados, entre la desesperación y la humillación diaria 

Son las políticas neoliberales y la actitud de los Estados occidentales lo que empuja a miles de personas a abandonar sus casas y a soportar unas condiciones de vida donde ni siquiera sus necesidades básicas están cubiertas.

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El campamento de refugiados de Katsikas, el noroeste de Grecia.

El campamento de refugiados de Katsikas, el noroeste de Grecia.

IOANINA (GRECIA).- Crisis humanitaria, crisis de refugiados, el lenguaje nos da pistas claras y nos desvela el objetivo de quien las pronuncia. Como constató Primo Levi, "es obvia la observación de que donde se violenta al hombre se violenta también el lenguaje".

Despolitizar la situación es el objetivo, plantearlo como una crisis humanitaria ya supone una descontextualización total y completa de las causas por las que miles de personas están viviendo en campos de refugiados en la misma Europa. Porque se decide someterlas a estas condiciones, nos permite pues conocer la estrategia a seguir por la Unión Europea. Considerarlo como tal favorece que el debate se centre en el papel que ACNUR y los demás organismos encargados de gestionar los campos y el trato que ofrecen a las personas aquí refugiadas, las gestiones burocráticas o la mayor o menor dedicación material. En lugar de eso se debería poner el foco en el proceso por el cual estas personas han debido abandonar a sus familias, por qué se decide someter a miles de personas a la desesperación constante y a la humillación diaria, a vivir en una explanada sin una sombra a 45ºC y a lluvias diarias sin más techo que tiendas de tela, como está sucediendo ahora mismo en el campo de Katsikas, al norte de Grecia. Por tanto no debe sorprendernos el procedimiento clásico de las élites europeas de despolitizar cualquier conflicto y aislarlo como un proceso independiente de las políticas neoliberales aplicadas en todo el mundo.



Numerosos son los efectos de esta estrategia. La masiva oleada de solidaridad ha provocado la llegada de voluntarios europeos al país como no se recuerda en el continente en los últimos años. Sin duda la presencia de tantos voluntarios en el campamento es ya de por sí bastante llamativa y ni que decir tiene el elevado porcentaje de españoles entre ellos. Las razones son casi tan diversas como voluntarios llegan al campo y son múltiples los debates y dudas que nos abordan constantemente: cuál es realmente nuestra labor aquí, para quién somos útiles, cuál debe ser nuestra posición ante el trato de la UE y las UN en esta crisis…

Pues los perfiles son realmente diferentes y en numerosas ocasiones antagónicos. Esto se traduce inmediatamente en el trato entre voluntario y refugiado, la actitud que el primero presenta, la forma de encarar las diferentes situaciones de conflicto que se dan en el campo entre las organizaciones que ponen en marcha las políticas de la UE y los refugiados y entre las propias comunidades que componen la heterogeneidad de los campos. Esto decide en muchas ocasiones en qué parte de la línea que separa la solidaridad y las actitudes paternalistas nos situamos, generando a veces condiciones de dependencia entre refugiados y voluntarios altamente peligrosas en donde se combina el tiempo libre de universitarios con vacaciones y actitudes altamente asistencialistas surgidas a golpe de titular de telediario.

Peleas y conflictos dentro de los campos son banalizados como producto de esta despolitización constantemente ejercida a todos los niveles y se criminaliza a los propios refugiados por no ser capaces de entender lo que como europeos consideramos que es lo mejor para ellos. Comunidades y pueblos enfrentados históricamente, en medio de una guerra abierta en estos mismos momentos, son obligados a convivir en un espacio no mucho más grande que un campo de futbol, rodeado por vallas, permanentemente vigilado por policías y ejército. Esto pues, no constituye el mejor ambiente para poder superar conflictos históricos y favorecer su integración en los países europeos.

Pintadas junto al campamento de refugiados de Katsikas.

Pintadas junto al campamento de refugiados de Katsikas.

En el campamento conviven familias enteras con parientes en el frente de uno u otro bando, defensores del régimen sirio, rebeldes, kurdos del norte de siria, yazidies, kurdos iraquíes, palestinos que ya vivían como refugiados en Siria y afganos. Como vemos el escenario es altamente heterogéneo. Comprender la magnitud del conflicto se torna entonces imprescindible, pues como toda guerra tiene un origen político y económico que nos puede permitir incidir en la realidad que como europeos tenemos tan cerca.

Si todos estos elementos no son suficientes para comprender la magnitud política de la embestida autoritaria y racista de la Unión Europea, añadamos un último ingrediente: el marco donde se desarrolla todo este proceso no es otro que Grecia, convertida en laboratorio de las últimas políticas neoliberales de las élites del continente. Donde la situación de las clases populares cada vez se asemeja más a un país que ha sufrido una guerra, donde el tan mencionado estado de bienestar europeo está en proceso de desintegración total y donde los valores que decenas de años atrás dieron a luz a la UE vienen a morir ya sea en una playa de alguna paradisiaca isla griega, en las familias desahuciadas en la ciudad de Atenas o en campos de refugiados.

Es suficiente con acompañar a una de las personas refugiadas en el campo de Katsikas al hospital público de Ioanina para comprobar cómo de cerca están ambas realidades: largas horas de espera, varios cortes de luz por los cuales casi nadie se impresiona y salas de espera abarrotadas por griegos que esperan pacientemente su turno. Es fácil apreciar el hilo que la Unión Europea ha tejido entre las personas refugiadas en Grecia y los millones de griegos que siguen y seguirán sufriendo los efectos de la crisis en la que se encuentra sumida la Unión Europea. Esto supone sin duda una de las principales lecciones para los voluntarios que acuden a Grecia, como, por ejemplo, cuando observas el estado en el que se encuentran los colegios, centros sanitarios y carreteras. O cuando hablas con los jóvenes de la ciudad y escuchas las dificultades de los mayores para cubrir sus necesidades básicas del mes con las ínfimas pensiones recortadas debido a los últimos ajustes de la Troika.

Ambas constituyen dos caras de la misma moneda, pues son las políticas neoliberales y el racismo propio de los estados occidentales lo que empuja a miles de personas a abandonar sus casas y a soportar unas condiciones de vida donde ni siquiera sus necesidades básicas están cubiertas. Quizás no sea racismo la palabra adecuada que define la actitud de las élites, pues no se basa en cuestiones raciales propiamente dichas, sino al efecto que el neoliberalismo ejerce sobre los pueblos del sur de Europa y los refugiados. Y que no escapa a los ojos de los voluntarios que se acercan al país heleno y nos permite asimilar a partir de la experiencia directa las grandes similitudes que nos acercan a españoles, griegos y refugiados como clases populares relegadas a la precariedad y la humillación.

El autor es voluntario en el campamento de refugiados de Katsikas, junto a la ciudad de Ioanina en el noroeste de Grecia.