Publicado: 10.10.2016 11:05 |Actualizado: 10.10.2016 11:16

Trump, tocado pero no hundido

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El candidato republicano Donald Trump

El candidato republicano Donald Trump

La mejor noticia para Donald Trump tras su penúltimo debate con Hillary Clinton es que sale vivo, tocado pero no hundido. En circunstancias normales, haría tiempo que habría sido descabalgado de la carrera a la presidencia y no habría tenido posibilidad alguna de alcanzar la nominación del Partido Republicano. Demasiadas salidas del tiesto: calificar de violadores y criminales a los inmigrantes mexicanos, prometer levantar un muro para impedir su entrada y pasar la factura al país vecino, insultar al respetado senador y ex prisionero de guerra en Vietnam John McCain, amenazar con impedir el acceso de musulmanes en EEUU, incitar a que Rusia piratee y haga públicos correos electrónicos comprometedores para su rival, defender la tortura como método legítimo para luchar contra el terrorismo, alardear de que podría disparar a alguien en la Quinta Avenida de Nueva York y quedar impune, amenazar con quedarse con el petróleo de Oriente Próximo, con abrir una guerra comercial con China y con revertir la reconciliación con la Cuba castrista...

Un suma y sigue en el que la última incorporación, la difusión de una grabación con comentarios degradantes para las mujeres, parecía que iba a darle la puntilla. Impensable que, con el más de la mitad de los votantes pertenecientes al sexo ofendido y menospreciado, el magnate de casinos y hoteles y estrella de la telerrealidad conservase todavía una mínima posibilidad de victoria. Y menos tras surgir voces en su propio partido que le pidieron abiertamente que tirase la toalla, ahora que todavía hay tiempo de encontrar un aspirante alternativo adecuado, como su propio compañero de candidatura, Mike Pence.

El debate resultó equilibrado, anómalamente áspero y desagradable, un pim pam pum, un y tú más

Sin embargo, de alguna forma que solo la psicología política y el análisis sociológico del comportamiento de las masas podrían explicar, no sin dificultad, Trump, tras dejar muy en claro que no piensa renunciar, está asumiendo este su penúltimo tropiezo sin que los sondeos de opinión muestren que se hunde en la intención de voto. Podría pensarse que acudiría del debate de anoche en San Luis como víctima propiciatoria, a que le dieran la puntilla, si acaso amortiguando el golpe. Visto desde fuera de Estados Unidos, donde siempre se ha votado en su contra, eso habría estado dentro del orden natural de las cosas. Pero no fue así, el debate resultó equilibrado, anómalamente áspero y desagradable, un pim pam pum, un y tú más, en el que Trump —que parecía tenerlo todo perdido— demostró que tenía más que ganar que Clinton. El error de ésta fue entrar en el juego de su rival, permitir que fuese una disputa casi de igual a igual sobre polémicos y desagradables aspectos personales, antes que sobre programas y soluciones a los problemas del país.




El candidato republicano, siempre más cómodo a la hora del juego sucio, no puso el énfasis en pedir perdón por sus insultantes comentarios —sus excusas sonaron a “yo soy así, qué le voy a hacer”— sobre las mujeres —a las que trató como pedazos de carne de reacciones primarias—, sino que sacó a relucir los escándalos del ex marido de su rival, el expresidente Bill Clinton. ¿Agua pasada? Quizás debería ser así, pero Trump no tuvo reparo en calificarle de delincuente sexual. Incluso sentó entre el público a cuatro mujeres que en su día le acusaron de abusos. ¿Que es la esposa de Bill, y no él, quien aspira a la Casa Blanca? Poco importa. El foco también puede situarse sobre el que podría ser El primer caballero. Y si algo domina el candidato republicano es el arte de captar la atención de los espectadores, en una campaña en la que –como ya en todas- la televisión es el factor clave.

De ahí a denunciar a Hillary como cómplice y encubridora de su marido, solo había un paso. Lo dio, por supuesto. Y para terminar de llenar el contenedor de la basura volvió al viejo escándalo de los correos electrónicos privados de Hillary cuando era secretaria de Estado, entre 2009 y 2013. Prometió nombrar un fiscal especial para investigar los hechos —que persiguen a la candidata como una maldición que es incapaz de conjurar— y predijo que terminaría en la cárcel, en línea con el grito de batalla de buena parte de sus partidarios: “¡Que la encierren!”.

La América más conservadora y reaccionaria, la que hizo presidente a George Bush, está con él

La estrategia de Trump le funcionó, si no para ganar el debate, sí al menos para no perderlo y salir vivo de él, el máximo al que podía esperar. Su gran baza es que su sólida base de votantes está ya curada de espantos, por lo que es difícil que algún nuevo exabrupto o escándalo tenga una incidencia letal sobre sus posibilidades. Es probable que su interminable cadena de disparates le reste apoyos, pero no está claro que vaya a hacerlo en una proporción tan considerable como para que se pueda dar su derrota por descontada. La América más conservadora y reaccionaria, la que hizo presidente a George Bush, está con él. Y cuando Clinton los enumera e intenta aprovechar la grabación sexista para demostrar que sería un insulto a la inteligencia convertirle en presidente, a muchos telespectadores les suena a un viejo argumento ya amortizado.

Más de lo mismo, cosas de Donald. Difícil de admitir, pero ¡todo es posible en América! Y más cuando tiene enfrente a una mala candidata, carente de empatía, incapaz de hacer valer su larga experiencia en cargos públicos y su dominio de los entresijos del poder, que no sabe cómo llegar a las tripas de aquellos cuyo voto necesita, a la que se ve como dura y aristocrática, alejada del común de los ciudadanos y demasiado próxima a los poderes fácticos, a los despachos de los grandes banqueros y empresarios.

Con un rival menos estrafalario, Hillary Clinton lo habría tenido crudo. Con Trump, que no deja de darle buenas noticias, es aún la favorita, aunque por estrecho margen. Su enemigo está tocado, pero no hundido. Aún hay partido.