Publicado: 11.09.2016 16:57 |Actualizado: 11.09.2016 16:57

15 años después del 11-S: un mundo más inseguro

Un reciente informe señala que el número de ataques terroristas se ha multiplicado por cinco desde los atentados de los ataques a las Torres Gemelas. La gran guerra que George Bush declaró en 2001 contra el terrorismo está dando un resultado opuesto al esperado.

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A file handout photo dated 11 September 2001 and provided by the US National Archives via the Vice Presidential Records of the Photography Office on 25 July 2015 shows former US President George W. Bush (R) and former US Vice President Dick Cheney in the

Una imagen de archivo del entonces presidente de los EEUU, George Bush, y a su videpresidente Dick Cheney, en el Centro de Emergencias Presidencial tras los atentados del 11-S. EFE/EPA/DAVID BOHRER

JERUSALÉN - El director del Centro Nacional de Contraterrorismo de Estados Unidos, Nick Rasmussen, ha dicho que el peligro terrorista es ahora “mayor, más amplio y más profundo” que el 11 de septiembre de 2001, en parte gracias la universalización de las nuevas tecnologías y su uso generalizado. De hecho, un reciente informe del diario The Guardian británico señala que en los 15 años transcurridos desde los atentados, las acciones terroristas se han multiplicado por cinco.

La opinión pública asiente silenciosamente a las medidas antiterroristas que se han adoptado en Europa y Estados Unidos pero cree que esos pasos no han mejorado la seguridad de Occidente. Esta opinión la comparten el 74% de los alemanes y el 65% de los franceses.

Los primeros ataques en suelo americano desde Pearl Harbor fueron cometidos por 19 personas, de las que 15 eran saudíes, según los servicios de inteligencia americanos. Sin embargo, Washington no adoptó ninguna medida contra Arabia Saudí y decidió en cambio acabar con el gobierno de Saddam Hussein en Irak, que no tuvo nada que ver con los atentados.



Los ataques del 11-S fueron cometidos por 19 personas, de las que 15 eran saudíes. Sin embargo, Washington no adoptó ninguna medida contra Arabia Saudí y decidió en cambio acabar con el gobierno de Saddam Hussein en Irak

El senador Bob Graham, que dirigió el comité que investigó los fallos de los servicios de inteligencia, declaró a la cadena de televisión CBS: “No puede creerse que 19 personas, de las cuales la mayoría no domina el inglés, no ha estado en Estados Unidos con anterioridad y no ha cursado estudios secundarios, hayan podido realizar una misión como esta sin contar con apoyo desde dentro de Estados Unidos”.

Las decisiones principales que tomó el entonces presidente George Bush fueron nominalmente contra el terrorismo islamista. Se decidió que el terrorismo era la gran amenaza para la única gran potencia del mundo unipolar que se estableció tras la desaparición de la Unión Soviética en los años noventa, y sin embargo se atacó a Irak, uno de los países que con más ahínco combatían el yihadismo.

El ataque a Irak cambió completamente la ecuación porque sembró el caos en el país y aglutinó a un gran número de yihadistas que hasta ese momento habían estado aislados. Y diez años después, cuando llegaron las llamadas “primaveras árabes”, se cometió el mismo error, lo que prueba que la ideología neoconservadora está muy arraigada en Washington y no desapareció con la entrada de Barack Obama en la Casa Blanca.

El resultado es que el yihadismo global ha alcanzado un esplendor sin precedentes, ciertamente favorecido por el cambio tecnológico que se ha generalizado en los últimos lustros, como indica Rasmussen. Sin embargo, el empuje definitivo lo han dado las políticas equivocadas de Estados Unidos y Europa en Oriente Próximo.

El mundo unipolar tiene otras reglas tras el colapso soviético y probablemente necesita un enemigo que se adapte a esas reglas, que no represente una amenaza para el sistema pero que está ahí, en primera línea, y que pueda utilizarse para infundir miedo en el conjunto de la población del planeta, exactamente como se hacía antes con el comunismo. Ese enemigo es el islam.

El mundo unipolar necesita un enemigo que no represente una amenaza para el sistema pero que esté ahí, en primera línea, y que pueda utilizarse para infundir miedo en el conjunto de la población del planeta, exactamente como se hacía antes con el comunismo. Ese enemigo es el islam

El 2 de mayo de 2011 Barack Obama anunció la liquidación de Bin Laden, el líder de Al Qaeda que desde Afganistán se había responsabilizado del 11-S. Bin Laden fue abatido en una remota localidad de Paquistán y su cadáver, según dijo Washington, fue arrojado al mar para que no quedara huella de su persona. En la misma fecha de la muerte de Bin Laden germinaban las incipientes “primaveras árabes” y los americanos prometían que no darían cuartel a las organizaciones terroristas. No obstante, Washington se ha servido de esas organizaciones cada vez que las ha necesitado y en el día de hoy sigue siendo así.

Con cada nueva operación en la “guerra contra el terrorismo”, el terrorismo se ha hecho más visible y más fuerte, especialmente en los países de Oriente Próximo, pero también en Europa y Estados Unidos. El resultado de las operaciones antiterroristas es que el mundo en que vivimos es más peligroso que el que había antes del 11-S.

Aquel mundo se ha destrozado completamente. Países enteros han desaparecido o han dejado de ser lo que eran. La religión se ha convertido en una pandemia en Oriente Próximo y la pandemia se ha exportado con éxito más allá de la región. Irak y Siria, con todas sus imperfecciones, han dado paso a monstruosidades llenas de cadáveres y de refugiados.

Se ha usado el estandarte de la “guerra contra el terrorismo” para crear una situación volátil en Oriente Próximo y Occidente, una situación que ya ha tenido consecuencias de pesadilla y que todo indica que esas consecuencias no van a desaparecer de la noche a la mañana, sino que han venido para quedarse.

El escenario dantesco de nuestros días no se combatirá con éxito con armas y alianzas con grupos reaccionarios o yihadistas, como está haciendo Occidente, sino con un cambio de actitud en la manera de calibrar los problemas que hay delante. El uso de la fuerza no tendrá consecuencias mejores que un comportamiento con el que Occidente muestre que está más interesado en la justicia, algo que tiene que implicar un cambio de actitud radical de sus líderes.