Publicado: 08.03.2016 14:26 |Actualizado: 09.03.2016 13:58

50 años de la Caputxinada: "Cuando se me acabó el carrete, un fraile me trajo dos escondidos en su hábito"

Guillem Martínez estuvo tres días en el convento de los Capuchinos de Sarrià, cercado por la Policía, mientras se realizaba la asamblea constituyente del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universitat de Barcelona. Hizo las únicas fotos que se conservan.

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Guillem Martínez./ IVAN SANCZEWSKI

Guillem Martínez./ IVAN SANCZEWSKI

BARCELONA.- Guillem Martínez i Molinos (Barcelona, 1944) asegura que no sufrió demasiado en los tres días que duró el sitio policial que soportó el convento de los Capuchinos de Sarrià, donde hace 50 años se realizó la asamblea constituyente del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universitat de Barcelona. Antiguo alumno y delegado de curso de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Industrial, fue el fotógrafo de la Caputxinada, el responsable de capturar con una cámara muy especial todos los instantes de aquel acto clandestino: desde la convivencia de los estudiantes en la congregación hasta el frío que pasó la policía franquista.

"Fue una decisión espontánea, nadie me lo pidió. Antiguamente no había la proliferación de máquinas fotográficas que hay en la actualidad", afirma Martínez. Hace 20 años cedió todos los negativos originales al Arxiu Nacional de Catalunya para su consulta pública. Desde el 2003 reside de manera permanente en Reus, pero accede a volver a visitar el lugar donde vivió uno de los momentos más especiales de su etapa universitaria.



¿Ninguno de los asistentes a la asamblea temió que su actividad les podría comprometer?

Es cierto que, en aquella época, era impensable que se fotografiara un acto de estas características porque las fotos podían ser objeto de prueba judicial o delación, pero nadie me puso ningún problema. Antes de empezar hablé con Quim Boix que, tras consultar con el resto de los miembros que formaban la Junta de Delegados, me dio el visto bueno. En todo momento me responsabilicé de controlar el material para que no acabara en manos ajenas.

Tener una cámara durante aquellos años tendría que ser un lujo.

De hecho no era una cámara, sino todo un equipo profesional que había adquirido años atrás mi padre, Guillermo Martínez. Durante un par de años tuvo que marchar a Venezuela por motivos laborales y a la vuelta hizo escala en Nueva York. Allí, junto con una antigua compañera de estudios que se encontraba exiliada, entró a una tienda especializada para ver los mejores y más modernos equipos fotográficos. Después de preguntar, el dependiente le enseñó un modelo de Leica, pero finalmente optó por comprar otro aparato alemán: la desaparecida Contaflex, una cámara réflex que complementó con tres objetivos de la óptica Zeiss, varios filtros, una célula fotoeléctrica y un flash con una munición de bombillas de usar y tirar. Este fue el instrumental que utilicé durante la ‘Caputxinada’.

¿Su padre era fotógrafo profesional?

Era un gran amante de la fotografía, pero realmente era ingeniero técnico de minas. Sintió la pasión durante la Guerra Civil, donde fue oficial de infantería del Ejército Popular de la República en el frente de Teruel y tuvo la oportunidad de estar en contacto con diferentes fotoperiodistas. Tiempo más tarde, pasados los años más difíciles de la posguerra, compró la primera cámara de la familia, una antigua Dolly plegable que de pequeño me sirvió para heredar su afición.

Imagen de la Caputxinada./ GUILLEM MARTÍNEZ

Imagen de la Caputxinada./ GUILLEM MARTÍNEZ

Imagino que usted había aprendido a utilizar la Contaflex.

Había practicado tiempo atrás, en caso contrario no habría sido capaz. Tuve la osadía de pedirle a mi padre que me dejara todo el equipo, aunque en un inicio no sabía muy bien dónde sería la asamblea. Mi único objetivo era dejar un testimonio fotográfico de todo aquello que estábamos viviendo, de nuestra particular lucha contra los elementos, como se acostumbra a decir. Y es que aquel equipo era más que una cámara, sin él no habría podido hacer las fotos que hice, que son de una gran calidad formal.

¿Qué le permitió hacer aquel equipo fotográfico?

Con el teleobjetivo pude fotografiar la caballería de grises que había en el Club de Tenis o los detalles del traslado del Mercedes Benz de Antoni Tàpies, coche que despertó mucha curiosidad entre los policías. También me permitió retratar el día a día del despliegue policial que hacía guardia por el perímetro del convento. En cambio, con el gran angular pude cubrir todo el escenario. La sala donde se desarrolló el acto era objetivamente pequeña y oscura, aunque en aquel momento me parecía todo lo contrario. Sin aquel objetivo y el flash era inabordable fotográficamente.

¿Le preocupaba que la policía le pudiera requisar todo el material?

Mi preocupación era que sólo llevaba un carrete de unos 21 fotogramas. Cuando se me acabó, uno de los frailes se comprometió a traerme más del exterior e introdujo clandestinamente un par de carretes escondidos en la capucha de su hábito.

¿Qué pasó con la cámara cuando los ‘grises’ desalojaron el convento?

En el momento en el que la policía invadió el salón de actos, me encaminé hacia el escenario y, aprovechando el desconcierto, realicé la última fotografía sin utilizar el flash. Inmediatamente escondí el equipo y los carretes en el teatro, entre el attrezzo de los Pastorets. Estaba convencido que la última cosa que les preocupaba era encontrar la cámara porque, aunque me habían visto haciendo fotos, ya nos tenían a todos fichados.

Y después volvió a recuperarla.

Pasados tres o cuatro días, volví a recogerlo todo y con lo que quedaba en uno de los carretes hice una serie de fotos donde se pueden ver los estragos que provocó la actuación policial dentro del convento. Mi padre siempre se sintió muy orgulloso del servicio que había hecho para la memoria de la lucha antifranquista y conservó la máquina durante años en la casa familiar que tenía en el barrio barcelonés de Vallcarca. Desgraciadamente, el hogar sufrió una serie de robos y, en uno de estos, le hurtaron todo el equipo original.

Guillem Martínez

¿Cómo fue el proceso de revelado?

Primero hicimos copias para distribuirlas entre los medios extranjeros. De todos modos, aunque me ayudó un compañero que también era aficionado a la fotografía, el revelado fue bastante patético. Fuimos a la casa de sus padres y montamos un laboratorio en el baño, donde se salvó lo que se salvó. Incluso, perdimos un carrete de negativos, pero por suerte, al haber hecho una tirada inicial, pudimos hacer un repicado para tener una película fotográfica de las imágenes.

¿Cuáles fueron las primeras consecuencias de su participación?

Cuando la policía nos echó, la mayoría salimos con el documento de identidad 'en la boca'. Se llevaron a comisaría a varios invitados como Salvador Espriu, Joan Oliver y Jordi Rubió, entre otros, así como a algunos delegados universitarios. Al resto nos confiscaron los carnets y nos hicieron marchar a nuestras casas, puesto que materialmente no se podían hacer cargo de todos los estudiantes que participamos. El verdadero problema era tener que ir a recoger el DNI a la temible Jefatura de la Via Laietana. No conservo mucha memoria, pero era una comisaría funesta, muy desagradable. Afortunadamente no tenían ningún interés en mi persona y lo pude recuperar. Otros fueron más hábiles y dieron documentos alternativos como, por ejemplo, el de la Biblioteca Central o el de alguna entidad deportiva. En cambio, los carnets universitarios no los entregábamos porque sino no podríamos entrar a nuestras facultades, que estaban bajo régimen policial.

En cualquier caso, el rectorado de la Universitat de Barcelona conoció los nombres de los alumnos y profesores participantes.

Una semana más tarde, el gobernador civil de entonces, Antonio Ibáñez Freire, envió un oficio al rector de la UB, Francisco García-Valdecasas, con un listado de todos los estudiantes que participamos en la asamblea, cosa que perjudicó sobre todo a quienes militaban en el PSUC como Quim Boix, que fue detenido y torturado por la Brigada Político-Social. En determinados casos hubo alumnos que perdieron los derechos de matrícula, especialmente en la Facultad de Ciencias Económicas, donde el decano se encargó de expulsar del distrito universitario de Barcelona a varios estudiantes.

¿Usted no sufrió esta represión universitaria?

Pude acabar los estudios con cierta tranquilidad, pero la represión era polimórfica. Mi padre me tuvo que pagar la multa gubernativa, me parece que de unas 25.000 pesetas del momento, y también me secuestraron el pasaporte. En caso de necesitarlo, lo tenías que ir a solicitar al recinto que tenían en los cuarteles de la plaza de España. Si en un primer momento el funcionario de turno no te lo encontraba, inmediatamente empezaba a buscar dentro de un archivo que contenía una serie de cédulas hechas a mano. En aquel fichero estaban los nombres de las personas que tenían el documento en observación, un eufemismo con el que no les hacía falta añadir nada más para negarte el visado.