Publicado: 10.12.2015 20:48 |Actualizado: 11.12.2015 07:00

LAS CRÓNICAS DE BABIA

La actriz Arrimadas en un camerino de Jaén

La diputada del Parlament se ha ganado a pulso ser la número dos de Ciudadanos. Sostiene un partido donde sólo hay dos protagonistas y un sinfín de figurantes

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La portavoz de Ciudadanos en el Parlament, con los cabezas de lista por Sevilla, Jaén y Málaga. / JOSÉ MANUEL PEDROSA (EFE)

La portavoz de Ciudadanos en el Parlament, Inés Arrimadas (centro), en el acto de Jaén. / JOSÉ M. PEDROSA (EFE)

Proceda o no de los castings con los que Ciudadanos parece elegir a algunos de sus candidatos, está claro que con Inés Arrimadas ha nacido una estrella. La diputada del Parlament tiene talento y llena la escena. Podría ser la Charlize Theron que hizo de top model en Celebrity o la prostituta entrada en carnes de Monster. La protagonista femenina del partido de Rivera no es sólo una cara bonita. Lo contaba Arthur Miller en La política o el arte de actuar: “Los líderes políticos han terminado por aprender que para gobernar deben aprender a ser actores”. Y Arrimadas actúa y lo hace bien, más allá de que ayer hubiese un pesado en el acto electoral de Jaén que le gritaba guapa con cada aplauso.

Arrimadas es una actriz estupenda. Nada que ver con las aspirantes a un papel secundario con las que compartió camerino y tribuna en uno de los salones del hotel Infanta Cristina -aquí del caso Urdangarin no deben de tener noticias- y que encabezan las listas de Ciudadanos por Jaén, Sevilla y Málaga. Ésta última, Irene Rivera, se ha dado a conocer por ser piloto de helicóptero, una profesión, por cierto, muy cinematográfica. El caso es que todas ellas habrían triunfado en el cine mudo porque tienen un tipazo pero, salvo milagro, sus posibilidades de hacerse con un Globo de Oro son bastante escasas.

La gaditana -Arrimadas es natural de Jerez de la Frontera, donde ayer concluía su jornada electoral- se ha ganado a pulso ser la indiscutible número dos del partido sin tener que hacer un desnudo como Rivera, más allá de que el del líder fuera en su día una exigencia del guión. Precisamente por su condición de andaluza, se ha marcado una gira al sur de Despeñaperros para arañar votos al PSOE con el argumento de que los socialistas se han visto obligados a hacer “cosas que sin nosotros no hubieran hecho”. Se refiere, claro está, a la renuncia a sus escaños de Chaves, Griñán y Zarrías, pese a que éstos ya estuvieran en la cruz antes de que Ciudadanos comenzara siquiera a tallar la madera que necesitaban para dar la investidura a Susana Díaz.

Fuera porque la sesión era matinal, porque con esto de que no llueve los altivos aceituneros jienenses se están matando a trabajar y hasta han tenido que pedir que, al menos, se les deje librar los domingos, o porque en la organización provincial están a tiro limpio, Arrimadas no fue capaz de llenar la sala y sus cien sillas. Ello no le impidió recrear la metáfora del edificio ruinoso que es España, ante el que unos –PSOE y PP– se conforman con “una mano de pintura”; otros, en referencia a Podemos, quieren derribarlo, y Ciudadanos, cual cuadrilla de operarios “de manos limpias y libres” se han propuesto acometer una reforma en profundidad para que sea la envidia del barrio y hasta de Calatrava.



Arrimadas es una mujer tremendamente educada. No grita ni gesticula como Jim Carrey
-una enfermedad muy extendida entre la clase política que da mítines- y trata a su auditorio de usted, algo que siempre es de agradecer ante el tuteo con el que sus colegas intentar parecer cercanos. Vende como nadie la idea de que, aunque los dos grandes partidos son casi tan terribles como un dolor de muelas, ni todo lo han hecho mal en los últimos 35 años ni todos sus dirigentes son ladrones montaraces. A mitad de camino entre ambos, el lugar idóneo para pescar votantes a diestra y siniestra, se situaría Ciudadanos, al que los andaluces han de agradecer su nacimiento hace nueve años “para defender que ustedes sean iguales que los catalanes”.

Buena actriz, en definitiva, y gran imitadora. En eso le va a la zaga a Pedro Sánchez, que fue escuchar a Pablo Iglesias incluir en su discurso eso de sonreír a sus semejantes e incorporarlo a su repertorio. Los votantes de Ciudadanos también han de calzarse una sonrisa de oreja a oreja como la que llevaron sus padres y abuelos “cuando fueron a votar a Adolfo Suárez”. Se entiende que cuando se presentaba con la UCD y no con el CDS, lógicamente.

Obtenidas las sonrisas ya no merecía la pena borrarlas de un plumazo. De ahí que Arrimadas corriera un velo tupido sobre la forzada dimisión del alcalde de Espartinas, un nota de su partido supuestamente pillado con el carrito del helado al estilo de “la vieja política”, del lío interno de Jaén, donde todos caben en un taxi con espacio suficiente para darse de mamporros, o del jardín amazónico en el que Ciudadanos se ha metido con esa memorable idea de acabar con las penas específicas para los maltratadores.

Caía el telón en Jaén. La función de Ciudadanos o, mejor dicho, de Ciudadanas había terminado. La política, volviendo a Arthur Miller y al honorable Montilla, que metía sus citas con calzador en alguno de sus discursos, “tiene que ilusionar pero no es una ilusión; debe ser divertida pero no es diversión; no debe confundir la fantasía con la realidad, no puede ser un teatro pero ha de querer ser arte y creación, arte comprometido y creación colectiva”. A día de hoy, la creación colectiva de Ciudadanos procede casi exclusivamente de Albert Rivera e Inés Arrimadas. El resto ha pasado el casting pero sigue buscando con mayor o menor fortuna un papel en la obra. De momento, sólo son simples figurantes.

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