Publicado: 16.03.2014 18:39 |Actualizado: 16.03.2014 18:39

Blázquez no debería ser "otro que tal"

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"Un tal Blázquez", es el comentario que mereció al entonces presidente del PNV, de Xavier Arzalluz, el recién elegido presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Ricardo Blázquez Pérez (Villanueva del Campillo, Ávila, 1942) cuando en 1995 era designado obispo de Bilbao. Eran tiempos en los que la "caverna" social, política y clerical españolas miraban a Euskadi como el "enemigo" a batir, y la llegada de un obispo castellano era recibida como un nuevo tajo a la autonomía y al diálogo del País Vasco con el resto del estado español.

La caverna mediática estaba desaforada con monseñor Setién, (obispo de San Sebastián) a quien calificaban despectivamente como "el cura Setién" y le ponían al lado de la ETA, y los dirigentes de la Iglesia pensaban que enviar a un obispo no vasco a Bilbao "devolvería al redil" a los cristianos de Euskadi, a los que unos hacían cómplices del terrorismo y otros calificaban de traidores de las tradiciones de este noble pueblo.

El "tal Blázquez" llegaba entonces a Bilbao con un talante afable, moderado, dialogante y nada batallador, todo lo contrario de lo que hubiera preferido quien allí le mandó, el cardenal Rouco Varela, agrio, duro, agresivo y autoritario jefe de los obispos españoles hasta el miércoles pasado, día en el que, a sus 78 años, tuvo que dejar, "por imperativo legal" (aunque no por edad, cosa que debería haber sucedido hace tres años) el timón de la Iglesia española.

Hombre de talante aparentemente moderado y cordial, le toca por segunda vez gobernar a la grey de los católicos de nuestro país (la primera fue entre 2005 y 2008) tras haber sido obispo auxiliar de Santiago de Compostela, y titular  de Palencia y de Valladolid. Aunque ya hay quien le ha definido como un prelado anti-Rouco, sería ingenuo pensar que quien fue su colaborador en la CEE, su amigo y compañero de cátedra en la Universidad Pontificia de Salamanca, su vicepresidente  y casi su cómplice en los mandatos (algunos de ellos fuera de los límites que conciernen a la dirección del rebaño cristiano) diera a partir de ahora un "giro copernicano" a las directrices heredadas de su antecesor.

Todavía es muy pronto para comprobar ese talante de diálogo, esa moderación de que ha hecho gala en los últimos años, y ese giro absolutamente necesario en las jerarquías eclesiásticas respecto a su comportamiento con la sociedad civil, con los políticos y con los fieles, especialmente los más exaltados, que son muy numerosos, merced al fustigamiento ejercido por Rouco Varela y sus huestes a lo largo de los últimos 20 años.

Hoy por hoy sólo podemos hacer pronósticos de futuro si muchas de las palabras pronunciadas en los últimos tiempos, incluso las declaraciones del mismo día en que fue elegido para dirigir la Iglesia española, no se quedan en mera verborrea piadosa o en puro marketing de lavado de cara de una CEE envenenada por las actividades extra (o anti) cristianas del cardenal de Madrid.

"El amor de Dios se tiene que testificar con amabilidad", fue una de ellas, que quien conozca las interioridades del episcopado sabrá que es ni más ni menos que una cuchillada en la yugular del cardenal de Madrid, cuyo "testimonio amable del amor de Dios" ha brillado por su ausencia durante dos décadas.

Recién elegido líder del episcopado, Blázquez ha confesado no llevar "programa" (lo que se agradece en un país cuyos políticos por norma no lo cumplen), pero también que su intención es "que el Episcopado sintonice con el Papa Francisco", lo cual ya le compromete un poco más, aunque sólo fuera porque el Pontífice argentino no ha tenido empacho en denunciar "la obsesión de la Iglesia por el aborto, el divorcio, la homosexualidad" y otras obsesiones que han caracterizado el gobierno de Rouco Varela.

Si los obispos españoles en pleno celebraron un encuentro con Francisco hace menos de un mes, podríamos deducir que Ricardo Blázquez ha tomado debida nota y que, aunque sólo fuera por obediencia y respeto al actual Papa, las directrices del nuevo Presidente del Episcopado español buscarán más los caminos del diálogo, la comprensión, la misericordia y el compromiso con los más débiles.

Blázquez habrá pensado que podría convertirse en esclavo de sus palabras cuando ha dicho: "La Iglesia es una casa de puertas abiertas a todos, especialmente a los más indigentes".

Aplicado este principio a los pobres, los desempleados, los desahuciados, los hipotecados y los colectivos más perseguidos en la actual crisis por la que pasa la sociedad española, va a tener que apretarse los machos para llevarlo a cabo: no abriendo literalmente los templos y conventos e inmuebles desocupados de la Iglesia a los más necesitados (que también), sino más bien empujando a abrir las bocas de las jerarquías para denunciar las injusticias y corrupciones  derivadas de la sangrante situación social de España.

El arzobispo Ricardo Blázquez con el secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal Española, Juan Antonio Martínez Camino. EFE

No hay que esperar del nuevo jefe de la Iglesia de este país que haga un "canto al aborto", pero sí se le puede exigir que frene la exacerbada persecución del partido en el Gobierno, en nombre de la moral, contra las mujeres que quieren ser y vivir como dueñas de su vida, de su cuerpo, de su sexualidad y de su futuro más íntimo, y que tenga más en consideración de la que tuvo el cardenal de Madrid y de la que tiene el ministro de Justicia las muy diferentes tesis acerca de "la vida de los no nacidos", defendidas por no pocos moralistas, teólogos, médicos, juristas, biólogos y científicos contemporáneos, que no han llegado todavía al absurdo de comparar los fetos con "los linces".

Blázquez, incluso, tiene todos los argumentos para defender a las mujeres abortistas con sólo mirar con ojos "amables" (los del "testimonio del amor de Dios") las circunstancias que a muchas de estas mujeres les llevan o han llevado a esa durísima y traumática decisión.

"El Evangelio siempre coloca a los pobres en su corazón", es otro de los pilares del pensamiento declarados por monseñor Blázquez. Casi no precisa mayores comentarios, sobre todo cuando una de las máximas preocupaciones de la Iglesia española ha sido, desde la firma de los Acuerdos de 1979 (una trampa saducea para mantener el viejo Concordato del régimen franquista) su compulsiva, permanente, y casi exclusiva pelea con los gobiernos de turno (que no pudieron ni supieron ni, con toda probabilidad, quisieron, por razones espúreas, electorales u otras, eludir ni acallar) acerca de "los dineros de la Iglesia", que hoy se aproximan anualmente en los Presupuestos Generales del Estado a los 300 millones de euro.

Sí, ya sabemos que están Cáritas y otras organizaciones cristianas, pero que resultan ser, a veces, los árboles (decentes) que impiden ver el bosque (de otras indecencias económicas que la Iglesia practica sin rubor): por ejemplo, la de los medios de comunicación de la Iglesia, que ya no son los mismos de antaño, sino mucho más fuertes, más peligrosos y, para no pocos cristianos españoles, menos "decentes". Cadenas de radio como la COPE, o de televisión como 13TV, (ambos medios, por cierto, con resultados económicos desastrosos), en las que brilla por su ausencia el "Evangelio de los pobres" y atufa con sus obsesiones ideológicas y económicas.

No pocas de las "estrellas" de ambos medios se han distinguido en los últimos años por sus ataques inmisericordes a la que llaman "izquierda", por sus censuras solapadas a la participación de colectivos "diferentes", por su obscena defensa de la "derecha" más retrógrada, por las permanentes descalificaciones (por no decir insultos) de los críticos con el gobierno del PP, por su defensa de colectivos ultraderechistas o retrógrados, por su descarada exhibición de obispos cavernarios obsesionados sin una pizca de conocimientos objetivos ni la menor argumentación intelectual por el sexo, la educación, el dinero y el que llaman a todas horas  "relativismo moral" de la sociedad, que no debe tener otra causa que la falta de credibilidad de una Iglesia que ha olvidado (y secuestrado) al Jesús del Evangelio.

El nuevo presidente de la Iglesia Española no debe, no puede ser "otro que tal". A ver si es verdad lo que confesó la semana pasada: "Cada uno tenemos nuestra personalidad". Tiene una tarea fascinante. ¿La llevará a cabo?