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Catalunya Europa registra los epicentros más activos de los 50 tsunamis secesionistas del mundo

La Vieja Europa vuelve a sufrir erupciones territoriales. El conflicto catalán es el último movimiento sísmico. Pero no el único. Porque, en total, el continente soporta más de 200 reivindicaciones: desde áreas que claman por más autonomía a otras que exigen independencia. Y una única salida: más Europa. El antídoto que la historia dicta contra una reedición de un feudalismo, de marcado cariz económico, en plena globalización de los mercados

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Independentistas celebran la declaración del Parlament este viernes. REUTERS/Juan Medina

El sentimiento independentista vuelve a resurgir, con una fuerza inusitada desde la desintegración de la exYugoslavia, en la década de los noventa, por no pocas latitudes de Europa. Hasta el punto de situar a la Unión de Estados-nación del Viejo Continente entre las áreas económicas con mayor riesgo sistémico. Es decir, una amenaza de la suficiente dimensión como para propagar los efectos, tanto directos como secundarios, de su inestabilidad, por todo el planeta. Así lo empiezan a dibujar varios informes de análisis de mercado y, cada vez con mayor asiduidad, institutos de investigación política y de seguridad.

Porque, por encima de consideraciones étnicas, religiosas, nacionalistas o idiomática que pregonan estos movimientos, las actuales proclamas secesionistas contienen altos ingredientes de reivindicación económica. Como si la riqueza de sus territorios -en muchos casos, inflada con datos coyunturales tergiversados-, hubiera sido incautada por los opresores Estados a los que pertenecen y esta expoliación les ha impedido ocupar el lugar que les corresponde en una globalización altamente competitiva.

A Europa, este intento de emancipación territorial, de redibujar las fronteras de la Unión, le llega en una época compleja. No sólo porque concentre en sus límites el mayor número de conflictos de los 50 movimientos de secesión activa que, según Ryan Griffiths, autor de La Era de la Secesión, acontecen en estos momentos en el mundo. También y, sobre todo, porque todavía vaga bajo su letargo existencial, después de su prolongada y sinuosa crisis de endeudamiento, y con su sello de identidad perdido en un limbo donde entran en colisión sus valores democráticos y principios de libre circulación de mercancías y servicios y de trabajadores, por un lado, con sonoras exigencias populistas de mayores controles sobre los flujos de inmigración y de devolución de la soberanía económica perdida por los Estados. En su mayoría, procedentes del Este europeo.

Es lo que desde los think-tanks denuncian como el nacionalismo estatal. La versión de los secesionismos regionales con una carga ideológica centralizadora, de defensa a ultranza de los actuales Estados-nación y de crítica feroz contra entramados supranacionales como la UE e instituciones multilaterales que tratan de gobernar, sin demasiado éxito, eso sí, la globalización.

El callejón de salida federal

Quizás una de las voces más autorizadas -y más precisas- que se han escuchado en el panorama de la UE haya sido la de Guy Verhofstadt, ex primer ministro belga, territorio de especial sentimiento secesionista y representante de su mitad flamenca, la que propulsa la división del país que acoge a gran parte de las principales instituciones comunitarias. En su opinión, “el futuro de las más de 70 naciones europeas, el futuro de Catalunya, el futuro de mi propia comunidad flamenca, no pasa por una brutal separación, sino por una constante cooperación dentro de unas estructurales federales en el seno de una Europa federal”. Tan sólo un paso hacia adelante en el conflicto español, porque requiere retoques constitucionales que añadirían raciocinio y eficiencia al objetivo de estabilizar una nación que posee desde 1978 una estructura de Estado, el de las autonomías, que brilla por su ausencia en el Derecho Internacional Público donde, básicamente, existen países centralizados, federales y confederaciones.

En esencia, porque implicaría, según los cánones federalistas, convertir el Senado en una Cámara territorial en el país más descentralizado, probablemente, del mundo -Mariano Rajoy no pasará a la historia por su entusiasmo en la convocatoria de las conferencias de presidentes autonómicos- en la que dirimir las disputas políticas, económicas y sociales; establecer límites constitucionales nítidos a las competencias y funciones de la esfera federal (Estado central), a las de los gobiernos regionales y a las de las autoridades municipales, y concretar un modelo de financiación eficaz y válido para costear los servicios ciudadanos encomendados a las tres escalas de poder ejecutivo.

No por casualidad, el artículo 155 de la Carta Magna española es un precepto típico e importado de constituciones de corte federal. Y Alemania o EEUU no son precisamente repúblicas bananeras, sino dos de las grandes locomotoras económicas y potencias geoestratégicas del planeta.

Campaña en favor de la independencia de Escocia en el referéndum de 2014. REUTERS

Expresiones secesionistas y regionalistas

Aparte de Catalunya -que representa el 19,3% del PIB de la cuarta economía del euro y, tal y como convienen en señalar sondeos regionales y estatales, exhibe un 80% de respaldo ciudadano a un referéndum legal, con el 47,1% de partidarios de la independencia- y de Euskadi -7% del PIB, un apoyo del 59% a la consulta y un 37% de posibles votos favorables a la secesión, con su propio régimen impositivo especial- Bélgica, el Reino Unido e Italia copan el pódium reivindicativo. Con permiso de España. Aunque convivan en Europa más de 200 casos latentes de demandas de mayor autonomía o de desvinculación de sus actuales composiciones regionalistas a lo largo y ancho del continente.

Escocia. Votó que no a la independencia de Reino Unido por un margen de diez puntos (55% en contra, 45% a favor) en septiembre de 2014. La maniobra de Londres de ofrecer nuevos beneficios sociales frente a la subida impositiva del partido nacionalista escocés fue esencial para revertir el sentido del escrutinio. Las encuestas daban una victoria ajustada al secesionismo, que reivindicó en campaña la creación de una unión monetaria con el resto de Gran Bretaña para operar con la libra y asumir en propiedad la base de submarinos nucleares de Faslone. Tras el sorprendente resultado del inesperado resultado del referéndum sobre la salida de Reino Unido de la UE -junio de 2016-, Edimburgo considera que las reglas del juego han cambiado y que el Brexit otorga a la región del norte del país nuevos razonamientos para convocar otra consulta porque no desean abandonar las instituciones europeas. Desde entonces, abrazan la idea de adherirse a la zona del euro.

Flandes. La región de habla flamenca y de raíces culturales holandesas se queja de sostener a la francófona zona valona de Bélgica con sus impuestos. Ostentan el 44,8% del territorio belga y el 57% de la riqueza nacional, con una tasa de paro que raya el pleno empleo, en torno al 5% de su población activa. Su formación separatista alcanza el 20% de respaldo social.

Cerdeña. La isla meridional de Italia dice tener un deseo independentista del 40% de su población, según sondeos de la Universidad de Cagliari, desde 2012. Basa su proclama secesionista en una herencia cultural y una economía insular que se desmarca del patrón de crecimiento italiano. La fragmentación política es la tónica imperante con más de cinco partidos independentistas. Aunque también hay varias formaciones que se decantan por mayor autonomía.

Véneto y Lombardía. Acaban de celebrar sendos referéndums en los que las dos terceras partes de su electorado piden más soberanía y competencias. Son dos de las regiones más ricas de Italia y se quejan de su déficit fiscal con el resto de territorios de Italia. En Véneto, en 2014, otra consulta popular no oficial se inclinó mayoritariamente (un 89%, dice el recuento oficioso) por la secesión.

Pero hay más. Algunos de ellos, incluso, jocosos. Como el deseo de Sofía, la capital búlgara, de llegar a ser la Luxemburgo de los Balcanes, porque, de proclamarse su escisión del resto del país, la provincia de Sofía pasaría de tener el 37% de la renta media europea que marca la actual brecha de Bulgaria respecto al PIB per cápita de la UE, al 70%. O las aspiraciones de la Occitania francesa, una nación imaginaria que nunca existió. Ejemplo de fantasías identitarias. Pero hay otros botones de muestra más serios. Como la de los corsos, también hacia Francia, prototipo de centralismo sin apenas poder regional, con lengua propia y grupos como el Frente para la Liberación Nacional de Córcega que han hecho uso del terrorismo hasta 2014 para conseguir sus demandas.

Fuente: REDDIT

O Padania, la tercera de las regiones norteñas, cuna de la Liga Norte y principal centro financiero e industrial del país transalpino. Otro arquetipo de poder centralizado. Al igual que el llamado Tirol del Sur, zona anexionada a Italia por Mussolini y otrora estandarte del Imperio Austrohúngaro que protagoniza constantes retóricas beligerantes hacia la política económica y la gestión de la deuda que se hace desde Roma. Pese a que gran parte de su prosperidad está asentada sobre una gran autonomía de ingresos y una notable cesión de competencias en materia lingüística e institucional. El 70% de su algo más de medio millón de habitantes habla alemán, se siente austriaco y reniega de la cultura italiana.

Las Islas Feroe, de apenas un millar de metros cuadrados, insisten en su deseo de escindirse de Dinamarca. Más difícil de imaginar sería una Alemania sin Baviera. Pero el estatus de la Unión Social Cristiana (CSU) como partido hermano de la conservadora y federal CDU de Angela Merkel obedece a una tradicional demanda de mayor autonomía. Hay un 20% de partidarios de que el länder más rico de Alemania logre la independencia. Y la CSU se reserva sistemáticamente una voz única y propia cuando tocan elecciones en la región.

Cualquier detonación independentista en estas latitudes podría propagar sus efectos sobre Gales, el Condado de Cornualles (Cornwall) o Irlanda del Norte, en Reino Unido; Silesia (Polonia); Frisia (Holanda) Bretaña, Alsacia y Saboya (Francia); Aaland (Finlandia) o Galicia, por ejemplo, en España. O, fuera de las fronteras de la UE, pero en territorios sensibles para su seguridad, el conflicto en la región de Transnistria, en Ucrania -después de la sangrienta anexión por parte rusa de la Península de Crimea-, con gobierno, Ejército, Policía y moneda propia y con un sentimiento moldavo entre su población y en Nagorno-Karabaj, en poder armenio tras la guerra de 1991-1994 con Azerbaiján en la que murieron 25.000 personas y generó más de un millón de refugiados. Símbolo del efecto pernicioso de la desintegración de la URSS entre sus antiguas repúblicas.

Más allá de la Vieja Europa, destacan episodios independentistas históricos como el de Kurdistán, cuya versión más reivindicativa, la creación de una autoridad federal, reclama territorios a Irak, Turquía y Siria, o Mindanao, cuyos grupos separatistas islámicos reclaman el poder sobre la isla del sur de Filipinas. Otro enclave con poder adquisitivo superior a la media del archipiélago y ejemplo del medio centenar de procesos secesionistas activos en el mundo.

La entelequia de la separación

Los historiadores e investigadores de relaciones internacionales coinciden en que estas proclamas de independencia carecen de base real, más allá de la superación de la mitad más uno de los votos que la región francófona canadiense de Quebec estuvo a punto de conseguir en el segundo de sus referéndums, el de 1995, en el que logró el 49,5% de los sufragios. Aunque, desde entonces, los apoyos ciudadanos al Partido Quebequés se han reducido, pese a tener en torno al 40% de los sufragios. Y ahora colabora intensamente con la formación liberal que rige los destinos de Canadá. Entre otras razones, porque la Constitución europea que tanto ha costado redactar a los jefes de Estado y de Gobierno europeos, deja sin viabilidad, por prohibición expresa, a los reconocimientos soberanistas.

Pero también porque Europa ha caído en la cuenta de que abrir un proceso similar al que iniciaron en 1991 Francia y Alemania con Croacia y Eslovenia fue un descomunal error que dio lugar a cinco conflictos bélicos con más de 200.000 muertos en los Balcanes. Al margen de si las reivindicaciones secesionistas tienen un sesgo étnico, similar el vasco o el irlandés, el corso o el bretón, o si enarbolan un condicionante más cívico, como el que se pregona desde Catalunya, y más característico de áreas con insurgencia política de Francia e Italia. Muchos de ellos existen como identidad en la historia moderna, pero ésta, que es evolutiva y cambiante, no concede carta de naturaleza nacional por razones exclusivamente históricas.

La recomendación pasa por más Europa. De lo contrario, el desgaste de sociedades y Estados está asegurado. Es un proceso irreversible. Como dice el pensador alemán Ralf Dahendorf, “la Europa de las regiones, con más de 200 interlocutores, es la peor de las posibles”. Bien es cierto que el club comunitario que ideó Jean Monnet se aleja del plenipotenciario modelo del Consejo Europeo, que monopoliza la toma de decisiones.

Fuente: BLOOMBERG

Los vientos autoritarios del Este

La UE, pues, no puede permitir la desintegración del club por sometimiento de sus regiones, como apuntan los jerarcas europeos. Como tampoco claudicar a la presión del populismo nacionalista. En este caso, auspiciada por gobiernos estatales. Fenómeno que apunta al creciente poder de una cruzada ultraconservadora que pretende derribar la UE desde dentro, desde sus instituciones; no tiene reparos en criticar sus políticas, en especial, las de inmigración y que, en general, se muestra reacia a la defensa de los derechos fundamentales.

Es la impronta que se aprecia en la Polonia de Jaroslaw Kaczynski y en la Hungría de Viktor Orban que, escondidos bajo su defensa subrepticia al Brexit, han consumado los controles partidistas sobre la Justicia, los medios de comunicación y las instituciones estatales. A ellos se ha unido esta semana el multimillonario checo Andrej Babis, que idolatra a Donald Trump y que desea enviar a todos los inmigrantes de origen árabe a sus países y poner a su país a trabajar como lo hace con su emporio de empresas. El reciente vencedor de las elecciones en la República Checa también se opone a las ideas integradoras de Europa del tándem Merkel-Macron y a cualquier injerencia comunitaria -dice sin tapujos- sobre asuntos nacionales. Eso sí, su estilo es más centrista (o menos exacerbado) que la de sus colegas del Grupo de Visogrado.

Son los nuevos vientos del Este. Opuestos a la construcción europea, pero principales receptores de fondos comunitarios. Transmisores de teorías conspiranoicas y generadores de posverdades a través de fake news, pero defensores propagandistas de movimientos neonazis como el AfD que ha forjado su entrada en el Bundestag en los länders orientales alemanes o el de los herederos de Haider en Austria. Por eso atacan la doble velocidad europea del eje franco-alemán. Y por ello es también altamente sensible que el presidente francés, el que más ha alzado la voz para impulsar sanciones contra Polonia y Hungría, no cometa errores no forzados.

Porque detrás de la mayor integración del euro que se pregona desde París no deberían estar medidas como la rebaja fiscal sobre los activos personales superiores a los 1,3 millones de euros mientras recorta los subsidios a la vivienda de las clases menos pudientes, ni una reforma laboral que ha hecho descender su ratio de popularidad hasta el 42% en apenas medio año en El Elíseo y que le ha proporcionado el triste apelativo del Anti Robin Hood por su defensa de las clases con mayor poder adquisitivo. Siete de cada diez franceses se declaran contrarios a su doble recetario económico de tintes liberales. De igual forma que la canciller alemana tampoco debería caer en el tremendismo que le pide su hasta ahora titular del Finanzas, Wolfgang Schäuble, que le ha encomendado la tarea de desmarcarse de Macron y su pretensión de crear un presupuesto del euro, un seguro de desempleo común, un ministro del euro y la mutualización de la deuda europea.

Merkel ha dicho que la UE será su prioridad política y que el sustituto de Schäuble surgirá de sus socios liberales. Pero la claridad sobre el itinerario cobra urgencia. Porque los mercados observan la afrenta catalana con suma importancia y ya alertan de que el euro podría verse dañado con una declaración unilateral de independencia que tendrá inmediatas ramificaciones sobre el futuro de la UE, que ya se ha trasladado a la rentabilidad de los bonos soberanos.