Publicado: 09.06.2014 07:00 |Actualizado: 09.06.2014 07:00

"Se entró en un limbo de olvidos con la complicidad del Estado"

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Cansado y, a la vez, incansable. Con el propósito inicial de cerrar las puertas de su despacho para dialogar tranquilo sobre la Querella argentina contra el franquismo y, sin embargo, con las puertas siempre abiertas a los problemas de Derechos Humanos en todo el mundo. Los colaboradores de Adolfo Pérez Esquivel entran continuamente y le recuerdan compromisos con universidades, fundaciones, festivales artísticos, presidentes. Él asiente a todo aunque después reflexiona y dice: "No, el domingo quiero estar con mis nietos". Poca tregua para una lucha que empezó en los 70 contra las dictaduras en América Latina, se ha extendido luego al Apartheid en Sudáfrica, los conflictos armados en Afganistán e Irak, la ocupación china en Tíbet y, durante los últimos años, le ha plantado cara también a la impunidad en España.

Pero después de tanto recorrido, el Premio Nobel de la Paz no se da por satisfecho: "Hay que laburar" dice. Por eso ha acompañado desde el inicio a los querellantes que en Argentina consiguieron abrir la primera causa de la Historia contra los crímenes del franquismo. Y por eso, hoy se sienta en su despacho del Servicio de Paz y Justicia, entidad que preside en el barrio San Telmo de Buenos Aires, para conversar sobre los posibles impactos de este proceso judicial y aportar su visión- de activista incansable contra el olvido- sobre la Memoria Histórica en el Estado español.

¿Por qué ha decidido implicarse en la Querella contra el franquismo?

En España a mí siempre me preocupó el silencio sobre la época de Franco. Los pueblos que pierden la memoria están llamados a desaparecer y no hay peor cosa que los olvidos intencionados. Me acuerdo cuando en Catalunya, en plena dictadura, yo me reunía con la gente amiga y ellos ponían bajito en el patio las sardanas como forma de resistencia cultural, de preservar la memoria de un pueblo. La gente sabía que ese era el lugar de la resistencia y de la esperanza.

Por otra parte, cuando a nosotros se nos cerraron todas las puertas para juzgar a los represores de la dictadura argentina, en España, Baltasar Garzón, pese a que no estaba autorizado por la Audiencia Nacional para hacerlo, abrió la primera causa contra los militares como autores de crímenes de lesa humanidad.

Es muy importante esta reciprocidad entre los pueblos, y estoy  hablando de los pueblos, más allá de los gobiernos. Una, por lo que España hizo por nosotros cuando en Argentina estaba todo cerrado, y otra porque nosotros somos descendientes vuestros. Mi abuelo, por ejemplo, era vasco y yo, que tengo la doble nacionalidad, siempre que voy a España me siento como uno más.

¿A qué se debe eso que usted llama “olvido intencionado”?

Pasaron los 40 años de franquismo y se entró en un limbo de olvidos con la complicidad del Estado. Todos los gobiernos de turno han dicho “esto no se toca porque va a provocar problemas”. Muchos creían que era una forma de evitar la confrontación y en Argentina fue igual, con la excusa de no querer ir hacia el pasado sino hacia el futuro, se popularizó la frase "de esto no se habla".

Sin embargo, la memoria no es para quedarse en el pasado, nos ilumina el presente. Las luces y sombras que vivimos nos enseñan cómo enfrentar la vida y cómo proyectarnos con una esperanza, sino estamos ante la derrota de nosotros mismos.

No hay peor cosa que esconder los conflictos y no hay mejor forma de resolver el trauma del franquismo que la búsqueda de la verdad, que tiene que ir acompañada de la justicia y la reparación del daño hecho.

¿Cree que la causa del franquismo que se investiga en Argentina provocará un cambio en la gestión de la Memoria Histórica en el Estado español?

¡Esperemos! Si la Justicia española defiende que Argentina no puede juzgar el franquismo porque los crímenes se cometieron en España, entonces es a ella a quien le corresponde actuar. ¡Qué actúe! ¿Por qué hasta ahora no lo hizo?

Hace 5 años presentamos en la Audiencia Nacional de Madrid el caso del genocidio en Ruanda y en el Congo, junto a la Fundación El Olivar de Palma de Mallorca, y nos atendieron gracias al principio de Justicia Universal. Cualquier país tiene que poder juzgar los crímenes contra la humanidad donde sea que se provoquen.

Pero ahora el Gobierno de Mariano Rajoy se ha propuesto limitar la aplicación de la Justicia Universal, a raíz de las presiones de China.

No puede hacerlo, es ilegal y atenta contra el derecho de verdad y de justicia del pueblo español y del mundo, convirtiéndolo además en cómplice de los crímenes cometidos.

¿Entonces, a nivel jurídico, piensa que podría ponerse freno al proyecto del PP?

Sin duda. Lo que tendrían que hacer los españoles es ir a la Corte Europea y presentar allí un recurso de amparo porque una resolución semejante no puede estar sujeta a la voluntad de un gobernante sin el consentimiento del pueblo.

Sin embargo, es algo que sucede constantemente…

Vivimos en una democracia delegativa, en la que son las corporaciones quienes asumen el poder y se legitiman a través de actos electorales para que después los políticos hagan lo que quieran y no lo que deben. Los gobernantes se mueven de acuerdo a sus intereses y el pueblo desaparece.

Pero tenemos que revalorizar y potenciar lo que llamamos democracia participativa, donde la gente tiene la capacidad de decir “esto no”.  ¿Por qué los pueblos tienen que honrar a sus gobernantes? Son los gobernantes quienes deben ser servidores del pueblo y no sus amos.

Esta alteración de los contenidos y los valores de la democracia es lo que está haciendo mucho daño porque el pueblo no tiene capacidad de decisión. En el caso de la causa contra el franquismo, por ejemplo, fíjate cuántos años han pasado y cómo han servido para construir la impunidad jurídica.

Años suficientes como para que la Audiencia Nacional diga que los crímenes del franquismo han prescrito. ¿Es posible sostener este argumento cuando, en realidad, los delitos de lesa humanidad son imprescriptibles?

Las leyes internacionales están por sobre las nacionales, así que deben ser respetadas. Por eso es importante ir al Consejo de Europa y, para conseguirlo, la única forma es la movilización del pueblo. ¿Qué pasa con la conciencia colectiva del pueblo que no ejerce la suficiente presión?

Tal vez la Querella argentina sirva para promover el despertar de la memoria de los españoles. ¿Cómo lo ve usted?

Nosotros, los argentinos, ya llevamos 30 años de democracia y recién ahora tenemos la posibilidad de juzgar a los culpables. Pero nadie nos regaló nada, todo es fruto de la lucha social del día a día. El poder hay cosas que no quiere tocar, en España pasaron todos los partidos y ninguno movió ficha. La única forma de que esto avance es que el pueblo español, a través de una información correcta, se movilice y comience a cobrar cuerpo.

Cuando empezó la Querella por los crímenes del franquismo, veía a la gente angustiada porque no lo creía posible y me acordaba de lo que decían los estudiantes de mayo del ’68: “seamos realistas, pidamos lo imposible”. Hoy, eso imposible está siendo posible.

¿Cómo valora en Argentina la política actual respecto a los Derechos Humanos?

Este gobierno tuvo algunas actitudes buenas que después se fueron desvirtuando. Néstor Kirchner asumió lo que los grupos de Derechos Humanos venían pidiendo desde hace años y anuló las Leyes de Impunidad (algo equivalente a lo que en España es la Ley de Amnistía) para que se pudieran iniciar los juicios. Pero hasta ahí llegó. Después empezó a usar los Derechos Humanos como parte de una campaña política, centrándose entre el ‘76 y el ‘83 –la época de la dictadura- y dejando completamente afuera los problemas con los Derechos Humanos de hoy. Hay una apropiación política de este tema, más allá de la auténtica necesidad de verdad y justicia.

¿Está teniendo repercusión en Argentina la Querella contra el franquismo?

Todavía la gente lo ve como algo distante pero va a ir creciendo porque se ha dado un paso importante gracias al trabajo de Carlos Slepoy y los grupos de sobrevivientes del franquismo que viven aquí. Entre las grandes comunidades de vascos, catalanes o gallegos de nuestro país está prendiendo la iniciativa y algo empieza a despertarse. O, para hablar con más propiedad, empieza a salir de una pesadilla.