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Aguirre o la cólera de Dior

La antaño 'Lideresa' del PP no hará campaña por Rajoy, a quien intentó descabalgar como tótem de la derecha hasta que la corrupción la forzó a irse. El candidato popular, que se acostaba con la recortada bajo la almohada, ya puede dormir tranquilo. O eso parece.

El líder del PP, Mariano Rajoy, y la actual concejala del Ayuntamiento de Madrid, Esperanza Aguirre. / EFE

Si Esperanza Aguirre (Madrid, 1952) fuese un animal político, sería un reptil venido a más. Imagínense que el PP de los ochenta le pide una mascota a los Reyes Magos y los muy graciosos aparecen con un pequeño cocodrilo. Al principio, el abuelo Fraga le hacía caricias, Aznar estaba encantado y todos parecían felices, incluido el bicho, dotado de una gran capacidad de adaptación. Sin embargo, con el paso de los años, el capricho se convierte en un estorbo y el señor de la casa no sabe qué hacer con ese inquilino tan cuco. Lo suyo sería echarlo al retrete y tirar de la cadena, pero el coco ha crecido tanto que ya no cabe.

Aguirre ha demostrado con el paso de los años que sus escamas en forma de escudo son tan duras como las de un arcosaurio. Los adversarios que han sobrevivido para contarlo todavía se despiertan de madrugada entre sus mandíbulas y los que, con suerte, sólo han perdido una pata describen con detalle su voracidad. Aunque su hábitat natural es el Manzanares, hubo un tiempo en que amenazó con ampliar su radio de acción y desgarrar el país a dentelladas, no sin antes pasar por la piedra a la plana mayor del partido.

Desde que padece un déficit dentario de calcio, esto les sonará a cuento, pero la historia reciente de la derecha española ha estado protagonizada por la condesa consorte de Bornos, con grandeza de España. Tiene 64 años y hace dos cumplió media vida en política, en la que entró en 1983 como concejala de Unión Liberal en el Ayuntamiento de Madrid, el mismo cargo que ocupa ahora. Migajas para esta técnico de Información y Turismo por oposición que llegó a rivalizar con Rajoy por el liderazgo del partido en el Congreso de Valencia de 2008, aunque erró el tiro.

Pese a ello, nunca ha dejado de ser noticia. Ayer mismo, la portavoz popular en el Consistorio de la capital dejó claro que no hará campaña con Rajoy porque actualmente no ostenta ningún cargo en el partido. En las pasadas elecciones del 20-D sí lo hizo, si bien entonces todavía presidía el PP madrileño, que abandonó en febrero cuando unos señores de verde entraron en la sede regional de la formación para investigar la supuesta financiación ilegal de su corral. Un respiro para el presidente del Gobierno en funciones, que ha dormido durante años con la recortada bajo la almohada.

Aguirre es una mujer lista, aunque para lograr su objetivo no dudó en pasar por tonta. Le debe tanto al “teatrillo nacional” de Caiga Quien Caiga que no sería extraño que invitase a Pablo Carbonell, a Sergio Pazos y a Tonino a su despedida, si llega algún día, porque se ha ido tantas veces como regresado. Entonces ejercía de ministra de Cultura de Aznar, mas reconocía sin rubor ante las cámaras no saber quién era Santiago Segura, que había batido récords de taquilla con Torrente, al tiempo que calificaba a Sara Mago como una “excelente pintora”.

Una capacidad inventiva sólo superada por Jesús Pérez Varela, conselleiro de Cultura en tiempos de Fraga, quien describió a Carmina Burana como “una de las buenas cantantes de este país”. Hay quien va más allá y sostiene que la llamó Carmiña Burana, para regocijo de tantas Cármenes gallegas devotas de Carl Orff. Es probable que la cita de Aguirre fuera apócrifa, pero ésa y otras perlas no sólo la ponían en el disparadero sino que la situaban en una plataforma de lanzamiento desde la que se hizo popular en todo el país. Ya ven que lo de los animales políticos cebados por los medios no es algo nuevo.

Tras pasar por el Ministerio, se convirtió en la primera presidenta del Senado y, entrado el nuevo siglo, protagonizó uno de los escándalos políticos más sonados de la democracia. Aguirre se queda a un escaño de la Comunidad de Madrid, pero durante la sesión en la que el socialista Rafael Simancas va a ser investido gracias a los votos de Izquierda Unida, se produce la espantá de dos diputados de su partido, en lo que se ha venido a llamar Tamayazo. Huelga decir que la candidata conservadora sacó mayoría absoluta cuando se repitieron las elecciones y que la Justicia no investigó el caso. “Cui prodest?”, se pregunta hoy Antonio Miguel Carmona, concejal madrileño del PSM. “La historia colocará a cada uno en sitio”.

A partir de ahí, hizo de su feudo una región piloto donde el PP ensayó sus políticas neoliberales en el terreno sanitario y educativo, y de Telemadrid, su cortijo. No obstante, también quería mandar en el partido y, con Gallardón destinado al Ayuntamiento de la capital por orden de Aznar, logró imponerse a Manuel Cobo, la mano derecha del expresidente madrileño. El pulso con el que sería ministro de Justicia no cesó, pues frustró su aspiración de ir en las listas al Congreso, con vistas de suceder a Rajoy cuando las cosas le viniesen mal dadas.

Aguirre no lo tragaba, mas no era nada personal, ya que con su veto pretendía anular a un futuro rival por la dirección nacional del PP. De hecho, tras perder Rajoy sus segundas elecciones, la Lideresa trató de minar su continuidad al frente del partido, aunque finalmente no logró descabalgar en Valencia al actual presidente del Gobierno, al que le puso tantos palos en las ruedas que España casi se queda sin bosques. Gallardón tardaría tres años más en pisar la Cámara Baja, después de cederle el bastón de mando del Ayuntamiento a Ana Botella, la mujer de Aznar, a quien Aguirre también terminaría haciéndole sombra.

Alguien comenzó a sentir un olorcillo desagradable que emanaba de la Real Casa de Correos, cuyos bajos siguen trayendo infaustos recuerdos a los represaliados durante el franquismo. La trama de espionaje, la Gürtel y la Púnica, la imputación de López Viejo y la prisión de Granados, un tipo que lleva el pecado escrito en la cara… La mierda salpicaba a su claque mientras ella permanecía inmaculada. “Una persona que era todopoderosa y dueña del PP de Madrid no podía desentenderse de un régimen corrupto, que es el esperancismo”, cree el analista Antón Losada. “Hace tiempo que Rajoy le había ganado, pero la única que no sabía que debía irse era la propia Aguirre”. Sin embargo, allí seguía.

Es más, tuvo el arrojo de proclamar en la Asamblea de Madrid que ella era el adalid del PP contra la corrupción: "¡Yo destapé la trama Gürtel!". Cuando la situación ya era inviable,
se dejó caer, no sin antes abrir el paracaídas, desde la Presidencia madrileña, que cedió a su delfín, Ignacio González, el del ático. Y, tras aflorar el pasado febrero la supuesta financiación ilegal de su federación, dejó de mangonear en el partido. “La corrupción nos está matando a todos. La gente no quiere más, la gente quiere gestos y mi gesto es asumir la responsabilidad política”, se inmoló, invitando a Rajoy a sumarse a la pira.

Nuestra Juana de Arco liberal muere matando. El truco es que tiene siete vidas, aunque a lo mejor guarde alguna más dentro de los calcetines con los que compareció después de los atentados de Bombay, donde resucitó de entre los muertos en tacones (lo que se dice arreglá pero informal). Si había salido indemne de las bombas de los Muyahidines del Decán, de un accidente de helicóptero y de un cáncer de mama, cómo no iba a hacerlo por un quítame allá esas pajas.

Sin embargo, Rajoy (cuyo “Luis, sé fuerte” había pasado a la posteridad) no estaba dispuesto a sacrificarse en aras de la honradez y la transparencia, y dejó que se cociese en su propio jugo, como había hecho con Gallardón cuando se lio la manta del aborto a la cabeza. “¿Para que gastar una bala para matar al muerto? Rajoy sólo tenía que esperar”, afirma Losada.

Aguirre es carismática y levanta pasiones, no como el exministro de Justicia, un sosaina con falsa imagen de progre que se quitó la careta tras llegar al Ministerio con el fin de ganarse al ala dura del PP. Ella siempre ha sido así: una Thatcher castiza, abanderada del liberalismo de Estado, que despreciaba las “mamandurrias” mientras una empresa de su marido cobraba subvenciones; una aristócrata cuyo sueldo no le permitía llegar a fin de mes; la conciencia de Aznar, que a veces se le aparece a Rajoy como un fantasma; la esencia de la España Tea Party....

Es más populista que popular y guarda en su armario más disfraces que Mortadelo. Para chulapa, ella, que ha posado sin rubor alguno con una camiseta oversize de los Lakers junto a Gasol; con casco y piqueta mientras horadaba un túnel de metro, y bailando con Joaquín Sabina cuando el cantante de la ceja ya había dejado el vicio. Aguirre busca el retuiteo hasta el trending topic, al contrario que el líder del PP, su némesis, que abomina los flashes.

Cuando ustedes la critican por darse a la fuga justo antes de ser multada, arrollando la moto de un agente de movilidad, el ji, ji, ja, ja está ocultando algo, porque prefiere ser objeto de pellizcos antes de que se descubra el petate. Por ejemplo, al poner en la picota al doctor Luis Montes y emprender una cruzada contra el hospital de Leganés, en realidad buscaba desacreditar la sanidad pública y correr una cortina de humo para tapar la privatización del servicio, que ya había emprendido.

El pueblo, el votante, el cliente, el usuario o lo que sea recuerda la anécdota, pero el daño está hecho. “Qué suerte hemos tenido quitándole un consejero al hijoputa, dándoselo a IU”, dijo en referencia a Gallardón cuando batallaba por la presidencia de Bankia. Blesa había sido colocado por él y ella quería el puesto para González, aunque al final hubo Rodrigo para rato. Su rosario de frases ("No tener pagas extra me tiene mártir”) daría para otro artículo, por lo que terminamos con un gran hit.

Después de todo lo expuesto, logró ser la candidata del PP a la Alcaldía de la capital, Mariano a su pesar. Para ello tuvo que pasar por encima de Botella, víctima de las encuestas celebradas antes de las pasadas municipales, que le auguraban un mal resultado. Al tiempo que perdía el pulso con Cristina Cifuentes en la taifa madrileña, colocaba en la lista de la hoy presidenta regional a su gente. No había tenido rival en su jurisdicción, hasta que hincó la rodilla en las elecciones del 24-M. No suficientemente escaldada, trató de pactar con el cabeza de lista del PSM para situar a Begoña Villacís en Cibeles, pero Carmona se burló de la propuesta y apostó por Aguirre como “taquillera del Circo del Sol".

“Todo lo que toca se vuelve impunidad”, afirma hoy el verso suelto del PSOE, quien señala otra virtud suya: “Sabe identificar a sus adversarios”. Y, en este último caso, la enemiga a batir era Manuela Carmena. La candidata de Ciudadanos, claro, no llegó a ser alcaldesa, si bien Aguirre nunca dimitió del cargo de portavoz del PP en el Ayuntamiento, por lo que tal vez sería aventurado darla ya por muerta, aunque el apodo Lideresa se le quede grande. Ahora está abajo, pero mañana quién sabe. Como dice Carmona, es “la política en un ascensor”.

Quédense con la descripción del columnista Esteban Ordóñez: “Tiene una percepción de sí misma tan deformada, tan enaltecida, que es incapaz de saber de qué está compuesta, no conoce de sí nada más que su propia superioridad sin causa, y por lo tanto se arroga el derecho de condenar a los demás. La gente así ya no tiene ideas, tiene espasmos”. Aguirre hace que se va y Rajoy, si se fijan, ya no mira tanto hacia atrás durante los mítines. No obstante, si algún día la ven llorar pidiendo un bocado, tengan sumo cuidado y no se fíen de las lágrimas: el cocodrilo muerde.

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