Publicado: 13.05.2015 22:01 |Actualizado: 14.05.2015 19:30

ENTREACTOS

Esperanza Aguirre quiere el maillot azul

El líder del PP se sube a una bicicleta en su primer acto en Madrid, donde arropó a las candidatas municipal y autonómica

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Cristina Cifuentes, Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre, en Madrid Río. / ANDREA COMAS

Cristina Cifuentes, Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre, en Madrid Río. / REUTERS

En Madrid se viven dos realidades paralelas: la de Aguirre y la de Cifuentes, una superficial y otra subterránea, la que sale en la foto y la que burla los flashes.

A veces se cruzan, como cuando había tormenta y en el televisor se sobreponían dos canales. Ahora ya no pasa, y la distorsión en la TDT se reduce a Esperanza halagando de pascuas a ramos a Rajoy: “Querido Mariano, quiero agradecerte personalmente…”, le dijo esta mañana la lideresa en el primer acto electoral del presidente en la capital, que puso ojitos y sonrió. Aunque, cuando dejó de hacerlo, parecía que seguía sonriendo. Una cosa muy rara.

Las candidatas a la Alcaldía y a la Comunidad de Madrid, arropadas (aunque no mucho, pues ha llegado el calor) por el líder del PP, convocaron a la prensa en Madrid Río, una obra faraónica de Gallardón a orillas del Manzanares que salió por un pico y una pala, en concreto 410 millones de euros, por lo que pueden imaginarse a cuánto sale cada zancada, cada beso, cada pedalada. Para Cifuentes, en cambio, “representa el modelo de ciudad que queremos”.

El taxista recuerda que antes de las obras le habían pedido cuatro ceros por un piso y que después pasó a costar uno más, pero vaya usted a fiarse de los taxistas. Cuando menos lo esperas, a quinientos metros del destino, te precipitan a las profundidades de Madrid, un Scalextric enmarañado de tenebrosos pasadizos con mazmorras en vez de boxes que conduce a Génova 13. El retraso provocado por un despiste del tontón (ya saben, el GPS) favorece el sondeo al taxista, que suele escorarse a la derecha y pasarse de cocción, pero hay que ir tanteando el terreno (en este caso, la realidad paralela que se esconde aquí abajo) para hacer tiempo, porque poco puede hacerse en un túnel más allá de contar las salidas de emergencia y los postes de socorro.

“Aguirre es un animal político y el PP la necesita para ganar las elecciones, porque si no la hubieran echado… Aunque a ella le gusta la política más que a un tonto un lápiz”, afirma este oyente de Radio Intereconomía mientras achica los ojos para buscar un atisbo de luz. En el piso de arriba, Cifuentes, Aguirre y Rajoy charlan animadamente con “profesionales del sector de la bicicleta” en una terraza soleada. A lo lejos se escucha a la lideresa, el único rumor que trasciende la mesa, decir algo sobre la Vuelta a España. “Si soy alcaldesa, me reuniré con vosotros inmediatamente”.

Mientras las cámaras registran las sonrisas (superficiales), la troica madrileña del PP oculta los puñales (subterráneos), pero ya hablaremos luego de la lucha intestina por el poder que se libra en el partido. Es una guerra dentro de otra, una batalla en las entrañas de la matrioska. Perdona, bonita, pero Mariano me quería a mí, parece que le dice una muñeca a la otra.

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Aguirre, Rajoy y Cifuentes, tras llegar a la meta del Parque de Arganzuela. / REUTERS

Aguirre, Rajoy y Cifuentes, tras llegar a la meta del Parque de Arganzuela. / REUTERS


Rajoy en la cabeza del pelotón, observando a la gregaria Cifuentes. Descolgada, Aguirre, que calamochea sin llegar a cornear, incierta la embestida, el objetivo doble. El cabeceo del manillar evidencia su bravura en el estrado, su impericia sobre dos ruedas. Al presidente se le presupone tronío, pues es un gran aficionado al ciclismo. Recuerda a Anquetil, aunque éste ganó cinco veces las generales del Tour de Francia y Rajoy, con un solo maillot en la vitrina, tiene toda la montaña por delante antes de revalidar el título.

No lo tuvo fácil antes de salir a saludar triunfante al balcón de Génova, porque la vencida fue a la tercera. Al igual que el francés, remontó jornadas desastrosas y “soportó calvarios de los que nadie podría resucitar”, escribe Ander Izagirre en Plomo en los bolsillos, maravilloso vademécum de la Grande Boucle. Cuando al fin alcanzó el poder y tiñó de azul la piel de toro, le siguieron abucheando, fuera y dentro del partido, “por sus victorias tan medidas, sin derroches, sin escapadas grandiosas ni arrebatos de pasión”.

La performance sirve para vender las bondades de las bicicletas públicas, que están imponiendo a la brava el respeto por el ciclista en unas calles donde mandan los conductores y los autobuseros. Bicicletas con motor, como el que esconde el presidente en su interior, que despliega los brazos y comienza a caminar hacia el sillín como sólo camina Rajoy. Su cara de velocidad, como la de un niño en busca del regalo de Reyes, es la cara de un runner que no corre contra el reloj sino contra sí mismo. Como Anquetil, es un “especialista en soportar la agonía”, pero también (con sus esperas, con sus silencios y, en definitiva, con su tempo) un experto en provocar el infarto en el corazón ajeno.

“Hay que tomar más el sol, presidente, estás palido”, grita un simpatizante, que advierte el contraste con el moreno Nutella de Carlos Floriano. Otro da el alto a la comitiva, hace aspavientos con los brazos y, cuando parece que va a dar un golpe de Estado, berrea “Aúpa el PP” como podría haber gritado “Arriba España”. Rajoy está tan cómodo difuminado en la multitud conservadora como agazapado en el pelotón popular, donde no derrocha una gota de sudor, a la espera del esprín, que es cuando los suyos se juegan la vida a codazos y empujones hasta que, al fin, demarra. Cifuentes, a quien algo de ciclismo se le habrá pegado del jefe de filas, matiza las victorias del esprínter: “No se llega al éxito si no se trabaja en equipo. Sólo juntos vamos a alcanzar la meta”.

Atrás queda un matrimonio de jubilados sacándole brillo a la foto. Aguirristas: “La hemos votado siempre. Es fenomenal que haya vuelto, y además de recambio, por si acaso”. Aguirre, en realidad, no puede regresar porque nunca se había ido. “Nos gusta más ella, pero tiene tiempo: ya se presentará cuando él lo deje”. ¿Debacle en las generales? “No, no, Rajoy seguirá y tengo esperanza de que saque mayoría absoluta”. Hasta en los buenos deseos de la camada popular, hasta en sus involuntarios juegos de palabras, abre brecha la lideresa. De puertas afuera, la familia es una piña, defienden Blanca y Julio. “No hay peleas, son celillos”.

Rajoy se ha desentendido de la chaqueta y luce corbata roja y camisa blanca (de mi Esperanza: polo y vaqueros). “Yo me he quitado las zapatillas y me he puesto los tacones para llegar al atril, pero luego me vuelvo a poner las zapatillas para irme en bicicleta”, explica Cifuentes a los simpatizantes que se han reunido en el Parque de Arganzuela. Hoy Aguirre ha tenido que compartir protagonismo con Los Otros a lomos de una bicicleta, cuando su especialidad son las motos y, en general, todo lo que quepa en la foto. Carmona, su émulo socialista, se esfuerza en subir los ochomiles del folclorismo sin reparar en que su contrincante, además de populista, es popular. Venden más unos calcetines de Aguirre que cien disfraces de Mortadelo juntos.

Los discursos sobre la creación de empleo y el mantra de la herencia recibida (que, a este paso, terminará siendo la suya propia) son fagocitados por el lenguaje no verbal de Esperanza. Mientras las caracolas de sus mechas sujetan las gafas de sol, lanza besos desde el escenario. Cuando baja, diluida entre el gentío, se te aparece delante abrazando a una señora (“qué elegante”, le dice), y luego a otra (“qué alegría”), y a otra más (cuyos oídos adulará con un monosílabo, quizá con dos palabras), hasta que se pierde. Cuando las cámaras apuntan en la dirección opuesta, ella ya está allí, encaramada de nuevo al estrado, sujetando el micrófono: “Quiero deciros que la empresa bla, bla, bla nos ofrece unas hamburguesitas y el Partido Popular unas bebidas. Gracias por venir”. Para comérsela.

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Rajoy y Cifuentes, su candidata para la Alcaldía de Madrid. Falta Aguirre. / REUTERS

Rajoy y Cifuentes, su candidata para la Alcaldía de Madrid. Falta Aguirre. / REUTERS


La puesta en escena (Rajoy mostrando su apoyo a las candidatas a la Alcaldía y a la Comunidad, dos feudos inexpugnables del PP) no oculta que dentro de una guerra electoral se está librando otra partidista. Hay alusiones explícitas o veladas al Gobierno Zapatero (“éramos el enfermo de Europa”, afirma el líder conservador), pero ninguna mención a los rivales directos en las municipales y autonómicas, ni siquiera a los partidos emergentes, que no están invitados a esta fiesta.

Imagínense ahora el mismo escenario bajo tierra, donde los pasadizos y mazmorras, y les alcanzará el eco de un discurso diferente: Aguirre amenazó con retirar su candidatura si le quitaban la presidencia del partido en la región, díscola con Rajoy, y terminó ganándole el pulso; éste ha colocado a Cifuentes como cabeza de lista autonómica, en lugar del defenestrado y aguirrista González, pero la lideresa ha metido mano en la candidatura, imponiendo a su gente.

La primera es la conciencia de Aznar, que a veces se le presenta a Rajoy como un fantasma; la esencia de aquel PP; la España Tea Party, aunque se haga llamar liberal. La segunda tira hacia el centro (al menos, hacia el centro de sí mismos); es republicana y agnóstica; está en contra del aborto y a favor del matrimonio gay; y podría pasar, aunque sólo sea por comparación, por una progre (mejor no frivolizar con el término: véase Gallardón). La doble vida del PP.

Arriba, Cifuentes presenta a Aguirre como la próxima alcaldesa, Rajoy encontró un país arruinado, la exdelegada del Gobierno pide el voto “por Madrid y por España” y el presidente recomienda hacer deporte porque “es bueno para quien lo practica y para los demás” (sic). O sea, que si los madrileños las votan "se hará más deporte [...] y la gente será más feliz, que a la postre es de lo que se trata". Ni una palabra más alta que otra. Paz en la tierra.

¿Recuerdan a Blanca y a Julio, los del recambio? Pues eso, que los asistentes al mitin matutino no están viendo a la futura alcaldesa de Madrid sino a la siguiente candidata a las elecciones generales, siempre y cuando traslade el Consistorio a la humilde Casa de la Villa y Rajoy caiga en noviembre y su cuerpo magullado se pierda en la montonera. Entonces Aguirre invertirá la matrioska y, como la muñeca grande que siempre ha sido, se los tragará de un bocado. Por cierto, en algo se parece a Cifuentes: a ambas le gustan los toros, claro que el manillar de Aguirre cabecea más. Ya se verá si mejor.

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