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Gardarríos El Robin Hood de la guerrilla antifranquista

Luis Trigo Chao fue un mito del maquis lucense, pero también un hombre entregado al pueblo y un dirigente socialista con una sólida formación ideológica. Han tenido que pasar setenta años de su muerte para que su figura política sea reivindicada.

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El guerrillero lucense Luis Trigo, O Gardarríos, antes de echarse al monte.


En las aldeas de Barreiros, los niños no jugaban a indios y vaqueros, sino a guerrilleros y guardias civiles. Lo recordaba en sus memorias el histórico nacionalista Antón Moreda, quien ayudó a recuperar la causa del Partido Galeguista décadas después de la apisonadora del 36. Antón, como todos los críos, quería ser maquis. Concretamente, O Gardarríos, mito de la guerrilla antifranquista en la Mariña lucense, quien en el septuagésimo aniversario de su ejecución será homenajeado este sábado.


No fue difícil que las corporaciones municipales de Mondoñedo, Lourenzá y Ribadeo se sumasen a los actos reivindicativos de Luis Trigo Chao y de su compañera, Antonia Díaz Pérez, caída junto a él en una emboscada el 25 de junio de 1948. Porque, además de un guerrillero, fue uno de los dinamizadores del PSOE y la UGT en el norte de la provincia; un dirigente local ideologizado en la emigración cubana y, sobre todo, un héroe popular que intimidó a los prebostes locales del régimen y se mostró solidario con los de abajo.


La empatía que sentían los paisanos de Mondoñedo y alrededores tenía otra explicación: años antes de estallar la guerra, trabajó como guardia de la venatoria —de ahí el apodo de O Gardarríos—, lo que le hizo conocer la comarca palmo a palmo y estrechar lazos con sus habitantes. Aunque en un principio “era bien visto por personalidades de derechas, autoridades y curas”, como señala Carlos G. Reigosa en el libro Fuxidos de sona (Xerais), en 1929 plantó cara a las fuerzas vivas cuando salió en auxilio de los vecinos que pleiteaban por un monte.


“Este homenaje nos permite reflexionar sobre los aspectos de Luis menos presentes en la memoria popular. Siempre pensamos en el luchador heroico, en el abanderado de la resistencia contra el fascismo, en el primero que tomó las armas para enfrentarse a los falangistas en el norte de Lugo, pero esa figura no se explica sin la persona anterior a 1936”, matiza el historiador Xosé Ramón Ermida.


Porque antes de mito, fue hombre. Luis Trigo (Santa María de Cabanas, 1891) nació en una familia labriega de la Mariña. O sea, la franja costera que se extiende desde O Vicedo hasta Ribadeo, abriéndose hacia el interior a municipios como Lourenzá o Mondoñedo, adonde regresó después de vivir en Cuba y Argentina. “Es el emigrante que toma contacto con las ideas de progreso en la isla caribeña, en concreto con el marxismo. El dirigente socialista y sindical durante la República. El líder orgánico y social. El militante con preocupaciones doctrinales, como dejó reflejado en diferentes publicaciones”, añade el historiador, quien subraya que aquellas territorios de ultramar fueron “la particular forja de muchos de los rebeldes gallegos del primer tercio del siglo XX”.


El autor de Mortos por amor á Terra (Sermos), donde relata la represión del nacionalismo gallego entre 1936 y 1950, recuerda que terminaría convirtiéndose en “un símbolo para el pueblo”, pero incide en la faceta política, sindical e intelectual que precedió a su huida tras el golpe de Estado. Fue, desde su fundación en 1931, el responsable de la Agrupación Socialista de Mondoñedo, precursora del Sindicato de Oficios Varios y de la Federación de Traballadores da Terra, integrados en la UGT.


También defendió las tesis de Largo Caballero en las publicaciones El Momento, Boletín Socialista y Forja, que siguió editándose en 1942 gracias a un ciclostil que el propio Trigo robaría durante un asalto a la Hermandad de Labradores de Abadín. Y, además de teorizar sobre un frente único de fuerzas obreras, abogó por dar un paso al frente y pasar a la acción, lo que motivaría su arresto por avivar la revolución de 1934. Tras pasar por prisión, acusado de participar en los preparativos, fue absuelto por un tribunal militar.


“Reivindico su proyección política”, insiste Fernanda Cedrón Trigo, nieta de O Gardarríos, quien murió cuando ella tenía sólo dos años. “Mi abuelo ya había estado en la cárcel porque defendía el horario laboral de ocho horas, formaba parte de movimientos agraristas y era una persona muy ideologizada. Recuerdo que cuando era pequeña encontré escondido en casa un libro sobre Sacco y Vanzetti editado en La Habana. ¿Quién accedía entonces a esos conocimientos?”, concluye Cedrón, criada por su abuela y sus dos hermanas en Cabanas.


Entonces ya se había separado de Luis, aunque la familia siguió sufriendo represalias durante años. “Hasta mediados de los cincuenta, los guardias civiles seguían irrumpiendo en casa a cualquier hora del día y de la noche para practicar registros. Tiempo después me enteré de que ellas seguían colaborando con los del monte. Eran muy valientes y estaban dispuestas a morir por sus ideales”, explica la nieta del guerrillero, cuya historia recuperó gracias a su tenacidad, pues en su hogar se había impuesto el silencio. “Nos educaron en el terror, pero de niña no podían conmigo, dado mi interés por aquel abuelo que yo no conocía. Fui muy rebelde y, pese a las reticencias de mis padres, investigué por mi cuenta”.


Las pesquisas duraron décadas. Si bien buceó en los orígenes familiares para acercarse a su figura, descubrió su verdadero significado cuando conoció a Francisco Martínez, Quico, el último maquis del Bierzo. “Tenía idealizado a O Gardarríos, aunque no advertía la lucha colectiva, sino que me quedaba sólo con su persona. Fue fundamental encontrarme con él para entender la guerrilla como estructura y como ejército. Veía a mi abuelo como el Llanero Solitario, pero entonces tomé conciencia de la guerrilla como organización antifascista”.


Ambos estarán presentes en el homenaje de este sábado en Mondoñedo y Lourenzá, en cuyo cementerio se levantará un monolito en su memoria sufragado por suscripción popular. Allí, Quico soplará el polvo de la desmemoria para que las nuevas generaciones puedan leer con nitidez las páginas olvidadas de la resistencia antifranquista. “No hubo delincuentes en el monte, como tampoco los hubo en las cunetas”, deja claro el autor del libro Guerrillero contra Franco (Latorre). “Tampoco eran bandoleros ni los malos de la película, como los han pintado los vencedores”, reitera Quico, quien considera a Trigo un modelo de lucha. “Para mí es un referente, al igual que otras personas que murieron por defender los valores de la República”.

Luis Trigo (en el centro, sujetando un sombrero), en un entierro laico en Mondoñedo en abril de 1936.


O Gardarríos, además de un socialismo insurgente, defendía en sus escritos el amor libre y el anticlericalismo. “Se situaba a la izquierda del PSOE y, en el debate entre Prieto y Largo Caballero, se posicionó a favor del segundo”, afirma Ermida, quien rememora una de sus frases lapidarias: “Las revoluciones no se hacen con agua de colonias, sino entregando la sangre de los mejores hijos del pueblo”. Sin embargo, cuando los militares se sublevan y apoyan al bando nacional, el grueso de los socialistas mindonienses no lo acompaña, excepto dos militantes, pese a las advertencias de los peligros que se cernían sobre los políticos republicanos.


“Pues a mí, si me quieren pillar tendrán que pillarme al vuelo, porque posado no me cogen”, les respondió, como relata Reigosa en su libro. Trigo tiene 45 años y la vida en el monte es muy dura. La represión lo fuerza a unirse a los escapados de Viveiro y Ortigueira, donde confluyen los políticos del Grupo Neira y los hijos de los campesinos que habían desertado del Ejército. Atrás queda su familia, que sufrirá la persecución durante años. “A mi madre la llevaban continuamente a declarar. La primera vez que la encarcelaron era una niña. La metieron en una celda angosta junto a otras ocho personas y mi abuela, desde otro calabozo, de noche escuchaba gritos, sin saber si eran de su hija”, rememora Cedrón.


Su abuela y sus hermanas pasaron por varias cárceles y fueron confinadas en un campo de concentración de Ribadesella. “Cuando las soltaron, como estaban en Asturias y no tenían dinero, tuvieron que regresar caminando en zapatillas. Imagínate la travesía, con el viento y la lluvia arreciando. Tardaron cuatro días en volver a casa”, añade la nieta de O Gardarríos, quien aclara que las represalias fueron heredadas no sólo por su madre, sino también por sus tíos. “Susito se presentó voluntario a los dieciséis años para hacer el servicio militar, pero no lo aceptaron cuando descubrieron quién era su padre. Peor lo tuvo Luis, obligado a combatir en el bando franquista. Cuando trató de ser reconocido como mutilado de guerra, lo identificaron y entonces empezaron las palizas. Lo machacaron. Había venido tocado de la guerra y terminó trastornado. Era un hombre deshecho, hasta que un día se colgó”.


Mientras, Trigo alterna las acciones con el retiro en casas de vecinos que lo acogían en varios municipios del norte de Lugo. De regreso a Mondoñedo, sus dos golpes más sonados son las operaciones de castigo contra los falangistas José Viador y Eladio Teixeira, quien se había ganado la fama de cruel represor. La ejecución del primero, uno de los fundadores y líderes provinciales de la Falange en Lugo, tuvo un carácter profundamente simbólico tanto para los camisas azules como para el pueblo, pues no dudaba en usar el terror y la violencia para lograr sus propósitos, según testimonios citados por Ana Cabana en La derrota de lo épico (Universitat de València). Viador se había apropiado de un monte comunal, provocado al menos el desahucio de una familia y empleado mano de obra esclava para usos particulares a cambio de dejar pastar el ganado en las tierras que había usurpado a la comunidad.


Esa conducta implacable, revestida de impunidad, legitimó el crimen y la figura de O Gardarríos, “convirtiéndolo en un héroe”. Sin embargo, como señala la profesora de Historia de la Universidade de Santiago, la memoria oral también alude a un Fuenteovejuna ambientado en Estelo, donde serían sus habitantes los que se tomarían la justicia por su mano o, al menos, serían los autores intelectuales del crimen, confiándole a Trigo el papel de “brazo ejecutor”. Sea como fuere, tras la muerte de José Viador, los vecinos de esta aldea de Mondoñedo fueron represaliados con multas, amenazas de requisarles el ganado, detenciones, interrogatorios con torturas y tres ingresos en prisión. Ningún vecino habló, por lo que el jefe provincial de Falange terminó culpando, según los informes de la época, a “un huido de 54 años, extremista peligrosísimo que durante la República fue guardia de ríos y montes, que tiene fama de ser un excelente tirador”.


En 1940, la Justicia también lo encausó por el asesinato de un comerciante de Alfoz y fue declarado en rebeldía. Sin embargo, cuando el PSOE insta al abandono de la lucha armada, las ejecuciones que le habían atribuido pasan a ser sólo avisos a los adeptos al régimen más violentos. “Entre 1942 y 1947 realiza robos de dinero con un carácter discriminado, escogiendo sus objetivos entre curas, estraperlistas, funcionarios públicos, políticos y caciques, y destinando los fondos al mantenimiento de la estructura clandestina del partido o a fortalecer y aumentar su base de apoyos”, escribe Ana Cabana.


Además de pagar a enlaces, hace préstamos a campesinos y da dinero a quien más lo necesita. “La memoria colectiva insiste en mostrarlo como una especie de Robin Hood, ladrón de los ricos y protector de los pobres”, y como un “justiciero” por haberle dado muerte al camisa vieja Viador, describe en La derrota de lo épico. Algunos testimonios orales del Proyecto Historga apuntalan la leyenda. Un vecino de una parroquia de Castro de Rei recordaba que “era muy buena persona” y, para enfatizarlo, contaba la siguiente anécdota: “Venía al salón a Vilela… y si había un pobre menesteroso, le pedía a los ricos y le daba algo a él”. Otros paisanos de Ribadeo dejaban claro que “para robar buscaba a gente pudiente, nunca he oído que hubiera robado a gente que no tuviera dinero”.


No obstante, O Gardarríos fue tachado de “aventurero, vago y mujeriego” por otra personas que lo conocieron, escribe Reigosa. “En general, los testigos de sus peripecias coinciden en señalar su carácter indómito y resuelto, enérgico, también indisciplinado, que le valió serias reprimendas e incluso amenazas de sus compañeros e incluso de algunos de sus propios enlaces”, añade el periodista en Fuxidos de sona, donde además se refleja su valor, entereza y sencillez. “Esta forma de ser, si se quiere primitiva y espontánea, rebelde, en cierto modo abierta y campechana —también generosa y desprendida con los suyos—, era la que le granjeaba adhesiones y respeto entre las gentes humildes”.

Los guerrilleros Neira, Gardarríos y Trancas.


El portavoz de la comisión que organiza el homenaje, Xosé Luis Fernández, cree que esa otra cara de Trigo obedece a una campaña de desprestigio para desterrar de los libros a una figura histórica: “Por eso queremos recuperarla, frente a una versión tergiversada que lo ha considerado un bandolero, un asaltante de caminos, una persona con pocos escrúpulos morales a ojos de la Iglesia. Sin embargo, fue alguien con una conciencia política muy clara que, en vez de esperar a que se lo cepillasen, se echó al monte para seguir defendiendo sus ideales de justicia”.


Ermida también sale al paso del “estereotipo falso” que lo definía como un individualista que iba por libre. No era un solitario. Tampoco un insubordinado. Ni mucho menos un férreo defensor de la lucha armada que ignoraba otras vías de oposición, ni a la heterogénea resistencia, tanto en el monte como en los núcleos urbanos. “Mantiene la conexión orgánica con el Partido Socialista hasta el final de sus días y aglutina en torno a él a un grupo de huidos, fuesen del signo que fuesen. Incluso articula el Comité Tchapaief, la primera agrupación que se formó en el norte de Galicia, ocupando el cargo de secretario general”, explica el historiador. Pero la indisciplina de algunos miembros y la desbandada que se produjo tras el fin de la guerra civil hicieron fracasar la experiencia, por lo que O Gardarríos ya no se integrará en ninguna otra facción y, a partir de entonces, actuará por su cuenta o secundado por sus más fieles.


Eso sí, Trigo no se convertirá en un superviviente. Ni hará del monte y del asalto su forma de vida. Siempre hubo un propósito político, aunque no cabe duda de que se trataba de un “fuxido atípico”, como lo define Cabanas: “No observa normas básicas como la de no dejarse ver. Al contrario, era asiduo de tabernas, bailes y partidos de fútbol”. Eso sí, tras acodarse en la barra, mantenía siempre un ojo fijo en la puerta. “Cuando no permanecía escondido o daba golpes, hacía vida social con cierta normalidad”, abunda Ermida. “Hablamos de una clandestinidad muy peculiar. Si Foucellas acudía a Riazor a ver al Deportivo, el Guardarríos aparece hasta en el libro de socios del club de fútbol de Foz. Es más, horas antes de su muerte estuvo bailando con su pareja en una verbena de Obe, una parroquia de Ribadeo. Esa actitud motivó que algunos compañeros le criticaran la falta de disciplina”, concluye el autor de Mortos por amor á Terra.


Aunque el historiador alemán Hartmut Heine duda de que llegase a liderar ninguna partida, deja patente su influencia entre los huidos en el libro La guerrilla antifranquista en Galicia (Xerais), debida en gran parte no sólo a su manejo de las armas y al conocimiento del terreno, sino también a su osadía y actitud desafiante. “Él no se guardaba de nadie y venía a las fiestas”, relataba un vecino de Prevesos al Proyecto Historga. “La Guardia Civil le tenía miedo porque decían que cortaba con el tiro de la pistola el cable de la luz”, continúa el testigo de la época, quien recuerda que cuando iba a tomar un café a Ribadeo solía dejar una nota: “Aquí estuvo Luis Trigo”. En otra ocasión, como el camarero no venía a cobrarle, depositó el dinero junto a un escrito: “Así paga Trigo en todas partes”.


Su muerte le llegó el 25 de junio de 1948 en Vilanova de Lourenzá. Le acompañaba su pareja, Antonia Díaz Pérez, una huérfana de origen humilde que tuvo que abandonar pronto la escuela para atender las labores del campo en una parroquia de Ribadeo. Su familia era enlace del maquis y su hermano Fidel había sido detenido por colaborar con la oposición al franquismo. A los diecisiete años, quizás ya cumplidos los dieciocho, pasa a la clandestinidad y toma las armas junto a O Gardarríos. Reigosa sostiene que varios guardias civiles con base en Viveiro se hicieron pasar por huidos asturianos para dar caza a Trigo. Ermida, al igual que otras fuentes orales citadas en el Proyecto Historga, asegura que fue necesaria la intervención de efectivos de la Brigada Político Social desplazados desde Madrid, quienes se infiltrarían en la red de enlaces para dar con el guerrillero.


Cuando volvían monte a través de las fiestas de Obe, donde habían disfrutado de las celebraciones de las fiestas de San Juan, antes del amanecer se toparon con la brigadilla, que aguardaba en la casa de confianza donde pasaban aquellos días. El enfrentamiento con las fuerzas de seguridad duró cuatro horas, hasta que murieron acribillados. “Sólo el apoyo popular justifica que Trigo pudiese permanecer escapado durante doce años, gracias a tantos enlaces y apoyos, quienes les brindaron sus hogares para guarecerse”, asegura Fernández.


Veinticinco vecinos de la comarca fueron encausados por su relación con el caído y el efecto dominó aumentó las detenciones en otras zonas de la provincia. “El consejo de guerra que se abrió tras su muerte evidenció las numerosas adhesiones de la gente. Y, más allá de los cómplices detenidos, una redada permitió desmantelar la estructura del Partido Socialista en Lugo y el apresamiento de un alto cargo regional”, concluye Ermida, convencido de que detrás de O Gardarríos había algo más que un guerrillero bizarro y un hombre con arrojo. Una figura mitificada con el tiempo, pero con una base real: una persona apegada al pueblo, gracias a su trabajo como guarda y a su defensa de la causa campesina; y un dirigente político que se vio forzado a tomar las armas, cuya desaparición provocó un socavón mayor en el socialismo de su tierra.