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Humillados, derrotados e invisibles

El documental 'Vencidxs' recupera 104 testimonios de víctimas de la represión y dictadura franquista. Datecuenta, asociación que edita el documento, lanza una campaña de crowdfounding para rescatar en un libro las

ALEJANDRO TORRÚS

Josefina Lamberto (Navarra, 1929) y María Martín (Ávila, 1930) no se han visto nunca. Cuando fracasó el golpe de Estado militar de 1936 y estalló la Guerra Civil, ellas apenas eran unas niñas de siete y seis años. Josefina sufrió el fusilamiento de su padre y la violación de su hermana mayor de 14 años. María sufrió el de su madre y fue purgada decenas de veces con aceite de ricino y guindillas. Nacieron en dos puntos relativamente alejados de la geografía del Estado español. Sus historias vitales, sus estremecedores relatos, tienen, sin embargo, un elemento común: la represión y la brutalidad del bando franquista, que posteriormente se estableció como régimen dictatorial. La barbarie no fue un aspecto local y puntual de la Guerra Civil derivado de la mala praxis de un militar descontrolado. La barbarie fue el método.

'El documental Vencidxs pretende demostrar que el genocidio que acometieron las derechas en España durante la Guerra Civil y la posterior represión no fue una cosa local. Muy al contrario, fue una estrategia centralizada y organizada. El trabajo muestra como una persona de Madrid sufrió igual la represión que otra en Andalucía o en Euskadi', explica a Público Aitor Fernández, director del proyecto documental Vencidxs, que recoge la historia en primera persona de 104 víctimas de la represión franquista y que ahora se propone editar en formato papel con el lanzamiento de un libro. Con este objetivo, Datecuenta ha lanzado una campaña de crowdfunding, única fuente de ingresos del proyecto, que sufrague los costes de impresión.

Vencidxs es, no obstante, mucho más que la constatación de la existencia de un plan genocida. Se trata de un ambicioso proyecto que rescata las vidas de las víctimas de la guerra y de la dictadura narradas en primera persona. 'Por primera vez son los protagonistas los que hilan y cuestionan la propia historia -una historia todavía completamente tabú- asumiendo los propios errores, posicionándose sobre los problemas actuales, las propuestas de vida alternativas y la condición humana en general', señala Fernández.

Uno de estos relatos es el de María Martín. Esta mujer, de 83 años, acumula en su desgastada y torturada voz una vida de tropelías, sinsentidos y sufrimiento. María tenía seis años cuando estalló la guerra. Era demasiado niña para entender qué estaba pasando a su alrededor, pero no para sufrir el fusilamiento de su madre y la represión en sus propias carnes. Desde los seis hasta los 17 años fue purgada decenas de veces con aceite de ricino y guindillas.

'La primera vez que nos hicieron lo del ricino yo tenía seis años. Nos recogieron por todas las calles y nos llevaron a la Iglesia, a rezar el rosario y cantar la Salve. Nos llevaban a rezar y a pedir a Dios que fuéramos más buenos. Luego nos repartieron entre el ayuntamiento, las escuelas y el cuartel de la Guardia Civil. Allí daban el aceite de ricino y las guindillas a los niños de seis años como yo, que era la más pequeña, porque mi madre no podía ir a por mí, pues ya la habían matado', recuerda María en el proyecto Vencidxs.

El sufrimiento de María, y el de su familia, continuaría una vez terminada la Guerra Civil. Su padre tuvo que huir del pueblo y permanecer en paradero desconocido durante años acusado de 'haber sido alcalde'. Delito más que suficiente para ser ejecutado. Cuando consiguió retornar, las palizas y torturas fueron continuas por parte de la Guardia Civil y Falange. María se niega a decir los nombres de sus torturados y verdugos. 'Los hijos de los asesinos han sido mis compañeros de escuela, y guardamos buena relación, por eso yo nunca les contaré lo que hicieron sus padres. Ellos no tienen la culpa', asegura.

Pero el mayor dolor de la vida de esta mujer aún estaba por llegar. El 7 de diciembre de 1963 nació su primera hija. Estaba sola en el hospital. La niña nació, pero María nunca la vio. Una monja le dijo que había muerto. Ella sospecha que se trata de un caso de bebés robados. 'Lo que sí sé es que una mujer andaba buscando en el hospital un bebé para adoptar y negoció con una madre soltera que limpiaba las habitaciones, pero ella le dijo que no vendía a su bebé por nada', asegura.

El sufrimiento de María coincide en lo elemental con la de los otros 103 testimonios. Son vidas anónimas cuya represión y tortura sistemática ha sido olvidadas por la democracia. Nadie les ha pedido perdón. Nadie les ha preguntado si necesitan ayuda. Son las víctimas de un Guerra Civil que parece diluirse en el imaginario colectivo de la sociedad española tras años de silencio y políticas de desmemoria. A lo largo de la realización del proyecto han fallecido una decena de sus protagonistas. Por ello, el documental es también el relato de una España que muere en el más profundo de los olvidos.

Aitor Fernández, director del documental, asegura haber redescubierto la historia de España y la suya propia a lo largo de las más de 100 entrevistas realizadas. Ha recorrido más 12.000 kilómetros y ha rodado más de 160 horas. La principal conclusión que ha conseguido extraer es rotunda. 'En España no hubo una Guerra Civil. Aquí hubo una de guerra de los ricos contra los pobres para conservar sus privilegios', asegura.

En Navarra, Aitor encontró a Josefina Hernández, la más pequeña de una familia de tres hermanas y un hermanastro que en 1936 vio como su vida cambió para siempre. Su padre fue asesinado en presencia de su hermana, que antes había sido violada por un grupo de falangistas y guardias civiles. Un año después, se trasladó a Pamplona junto a su madre y sus hermanas ante la imposibilidad de vivir en el pueblo de Larraga. Con 12 años, Josefina entró a servir en una casa y a los 21 decidió ordenarse monja. Durante los 46 años que permaneció en la Orden fue humillada y relegada a las peores tareas domésticas.

'Ahora tengo 83 años y parezco una niña joven. El mundo de hoy es maravilloso, a pesar del paro y las injusticias. Las mujeres hemos sido esclavas, pero nuestra situación ha mejorado hasta en los conventos. Pero yo ya no voy a la iglesia, ni a misa, porque ya no creo en nada, a excepción de las buenas personas. Pienso que si Dios existiese tendría que haber hecho algo por mí, por mi familia. Ahora vivo de una pequeña paga de cuando coticé en la Democracia, soy voluntaria en un comedor social y doblo ropa en una lavandería para ganar un poco de dinero', concluye Josefina.

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