Publicado: 05.05.2015 22:24 |Actualizado: 09.06.2015 19:40

ICONOS DE LA IZQUIERDA

'Camarada Intxausti': 
del maoísmo al bonismo

José Sanromá Aldea, histórico dirigente de la Organización Revolucionaria de los Trabajadores y hoy miembro del Consejo Consultivo de Castilla-La Mancha, recuerda para 'Público' sus años de lucha maoísta contra el “régimen exterminador de Franco”.

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José Sanromá Aldea, histórico dirigente de la ORT. / CRIS. S BARBARROJA

José Sanromá Aldea, histórico dirigente de la ORT. / CRIS. S BARBARROJA

“Lo único positivo que le ha pasado a este país en los últimos años es el fenómeno de contestación que surgió en las plazas”, sentencia el camarada Intxausti desde su despacho del madrileño distrito de Chamberí.

Es un cuarto de techos altos y suelos de madera, revestido por una nutrida biblioteca en la que conviven Maquiavelo, Valle Inclán y, abandonada en la esquina de una estantería baja, junto al Franco de Paul Preston, la biografía de Mao Tse Tung.

Porque hace años que el camarada, líder de la Organización Revolucionaria de los Trabajadores, volvió a ser sólo José Sanromá Aldea, un castellano nacido en 1947, en el seno de una familia bien de Daimiel, y criado en Madrid con los Escolapios de San Antón, “el mismo colegio –sonríe con el chisme- en el que estudió Florentino Pérez”.



Con familia en los dos bandos de la guerra, reconoce que “no aprendió la rebeldía hasta que no conoció la libertad”. Le ocurrió a los 16 años cuando, recién matriculado en la Universidad Central de Madrid, se dio de bruces con la manifestación contra la expulsión de Tierno Galván, Aranguren, García Calvo y Montero Díaz “y el ambiente propicio para politizarse”.

Compañero de clase de Enrique Ruano y Javier Sauquillo –asesinados por la policía de Franco y los ultras de la masacre de Atocha, respectivamente- Sanromá es pues parte de esa prole de intelectuales de izquierdas que se forjaron en los 60 cuando el franquismo ya había exterminado a toda una generación de luchadores. “Una generación –explica- que corría riesgos ante una represión que, sin embargo, había golpeado tanto y tan fuerte, que tenía el filo muy mellado”.

Con esa valentía inconsciente, José no tardó en convertirse en el delegado del incómodo Sindicato Democrático de Estudiantes de la facultad de Políticas, desde el que se atrevió a hacer frente a un sobrecogedor profesor de Sistemas Políticos de nombre Manuel Fraga. Recuerda la anécdota de cómo, “en el aniversario del asesinato de Ruano, en una reunión en la que no dejaba de interrumpirme, le espeté: No se ponga nervioso, que los estudiantes aún no hemos ejercido la violencia contra usted. A lo que el ministro de información, índice en alto, me contestó: Y que no se le ocurra, joven. Que no se le ocurra”.

Cartel de la Organización Revolucionaria de Trabajadores de 1978.

Cartel de la Organización Revolucionaria de Trabajadores de 1978.

En aquellos años de efervescencia universitaria, Sanromá, que ya había militado en el Comunista, siente la llamada de la política pero –explica– “el único partido conectado con la clase obrera era el PC, un partido en el que se intuía el espíritu reformista que vendría después… y nosotros queríamos ser revolucionarios”. Su momento llegaría en el 69 cuando fue detenido y encarcelado mientras preparaba una protesta estudiantil contra el sumarísimo Proceso de Burgos. “Pasé dos meses en Carabanchel donde compartí celda con Agustín Díaz Yanes. Allí conocí a varios obreros de la Organización Revolucionaria de Trabajadores. Cuando salí, sin juicio porque el régimen no se atrevió, me afilé a la ORT”.

Un maoísta frente al PC

Sanromá se llevó consigo a un grupo de compañeros de facultad que enseguida tuvo un papel tan destacado en la organización que llegó a convertirla en marxista leninista y de inspiración maoísta. “En la década de los 60 –explica– se desarrolla una corriente muy poderosa de la intelectualidad europea en favor de la revolución cultural proletaria de Mao, como antídoto a la evolución degenerativa de la URSS y el adjetivo social imperialista que nos estaba haciendo mella. Y nosotros pensábamos que había que enlazar ese proceso revolucionario al proceso de derrocamiento del franquismo”.

José, bautizado ya como camarada Intxausti por un trabajador de la metalurgia vasca, crea el diario En Lucha y, para extender el movimiento más allá de Madrid, Huelva, Pamplona o Guipúzcoa donde se concentraba la militancia, funda la editorial Emiliano Escolar. “Editábamos clásicos castellanos que yo prorrogaba y vendíamos para viajar. Debajo de La vida es sueño o El condenado por desconfiado viajaban escondidos nuestros panfletos”.

En el 74 es elegido secretario general y la ORT, junto a otros partidos de extrema izquierda, comienza a experimentar un crecimiento que incomoda al Partido Comunista. “No le sentaba nada bien porque estaba perdiendo el monopolio de la clase obrera. Y la prueba –recuerda– es que, cuando el PC fundó la Junta Democrática para hacer frente al régimen, no nos quiso ni ver”.
Evoca Intxausti con cierto resentimiento otro capítulo de sus rivalidades con un “soberbio” Santiago Carrillo que, a punto de ser legalizado el Partido Comunista, le convocó para advertirle: “Estate tranquilo, Sanromá, que por el resquicio de la puerta que se abra para que pase el PC, que es muy grande, podréis pasar después los pequeños”.

Ocurrió –como dice- “durante la feria de la Transición en la que a nosotros nos fue muy mal”. La ORT no fue legalizada hasta el año 79 tras fusionarse con el Partido del Trabajo. La unión fracasó en las elecciones municipales de ese mismo año. En 1980, el camarada Intxausti decidió dejar la política.

José Sanromá, sobre Ramón Rubial, en el XXXII Congreso Federal del PSOE.

José Sanromá, sobre Ramón Rubial, en el XXXII Congreso Federal del PSOE.

Por la renovación socialista

Pero cuando uno lleva el oficio en la sangre… Durante diez años, José volvió a ejercer la abogacía –“había que pagar las deudas del partido”- con algún que otro éxito como el de la batalla que libró contra las eléctricas que ya campaban a sus anchas en los años 80. En 1990, con la mediación de Txiqui Benegas, Sanromá se afilia al PSOE de Felipe González “con el objetivo de participar en la renovación de un partido en el que encontraba su cauce la izquierda”.

Estuvo a punto de ir en las listas para las generales del 93, pero terminó escribiendo los discursos del número dos por Madrid, Baltasar Garzón, contratado como asesor de José Bono que después lo convertiría en miembro del Consejo Consultivo de Castilla-La Mancha.

Hoy agota los dos años que le quedan de mandato en el órgano asesor para jubilarse. A punto de cumplir 68, se dice “socialista intelectual, de base”. Y cita a los amigos -que “lo ven con ojos de preocupación”- cuando se le pregunta por el presente del PSOE. Según él, “no se puede prescindir del partido histórico más importante”.

En su despacho de techos altos y suelo de madera, diagnostica José Sanromá que la crisis “no es sólo de democracia representativa sino de responsabilidad, que tiene que empezar por lo más alto, pero que tiene que llegar también a las raíces de la sociedad”. Reaparece el camarada Intxausti cuando afirma: “Lo único positivo que le ha pasado a este país en los últimos años es el fenómeno de contestación que surgió en las plazas”.

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