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El himno de Franco, prohibido en cabarets y "representaciones frívolas" 

A principios de 1940, la dictadura emitió una orden para impedir la utilización de la simbología fascista en determinados ámbitos de ocio. Previamente, el Servicio de Propaganda del régimen había vendido fotos del general golpista y "banderitas nacionales" a precios promocionales.

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Francisco Franco y Millán Astray abrazados mientras entonan cánticos legionarios

La censura franquista no tuvo límites. Tras la imposición de su sangriento régimen, todo aquello que oliese o se pareciera a "rojo", anarquista, republicano o nacionalista quedaba absolutamente prohibido. En esa categoría podía caer el idioma vasco o el catalán, pero también un libro, una canción, un poema… Y hasta el propio himno franquista. Sí, ese mismo que reivindicaba el totalitarismo y que llegó a imponerse como "canción número 1" para todos los "españoles de bien". Paradojas del franquismo: si no lo cantabas, corrías riesgo de cárcel. Si lo utilizabas en momentos no adecuados, también.

En una carrera por salvar su propia vida –o al menos garantizarse una mínima tranquilidad-, fueron muchas y muchos los que acabarían asumiendo el eslogan "más franquistas que Franco". Ya fuese de una forma u otra, había que demostrar un apego total y absoluto hacia la simbología y los lemas del nuevo régimen. De esta manera, el "merchandising" franquista –desde sus canciones hasta sus banderas- pasaron a ocupar un lugar privilegiado en los escenarios más diversos.

No en vano, la dictadura utilizó su Servicio Nacional de Propaganda para vender a los ayuntamientos todo tipo de imágenes de Franco y del líder falangista José Antonio Primo de Rivera, así como banderas españolas de distintos tamaños. Así queda comprobado en un documento enviado en julio de 1939 a los ayuntamientos vizcaínos, a través del cual el servicio de Propaganda ofrecía artículos franquistas "para cualquier acto patriótico que se celebre en su demarcación".

Según ese listado, las fotos de Franco en gran tamaño costaban cinco pesetas, mientras que las de José Antonio se vendían a 2,50. Las "banderitas nacionales" estaban de promoción: si comprabas más de cien, el régimen las dejaba a 0,15 pesetas la unidad. Si se adquirían menos del centenar, el precio era de 0,20.

"Elevación artística"

En aquel contexto, la parafernalia franquista hizo que su versión del himno patrio sonase en todo tipo de acto, incluyendo aquellos que la dictadura no consideraba muy reputados. Por eso mismo, el 23 de febrero de 1940 el ministerio de Gobernación se vio obligado a redactar una de sus normas más llamativas. Mediante un documento de carácter oficial, dispuso que "la ejecución del Himno Nacional al final de los espectáculos y en los locales públicos será suprimida cuando en atención a las circunstancias o al ambiente pueda perder aquellos efectos de elevación artística que le son obligados".

Orden Ministerial de Gobernación del 23 de febrero de 1940

En tal sentido, la dictadura establecía que "el himno nacional no podrá cerrar en ningún caso el espectáculo de los cabarets, las representaciones frívolas, las verbenas y los bailes". No obstante, también se dejaba cierto margen para aquellos casos que "aparezcan dudosos", los cuales deberían ser consultados "a esta Jefatura Provincial de Propaganda".

Según consta en los archivos obtenidos por Público, esta orden fue cursada a través de los jefes provinciales del Servicio Nacional de Propaganda, quienes a su vez se encargaron de informar sobre el contenido de la misma a los alcaldes y otras autoridades locales.

"Con el brazo en alto"

Del mismo modo, el franquismo decidió que en bares y cafés "se suprimirá inmediatamente todo abuso de representaciones patrióticas de carácter plástico".

"Debe prescindirse a rajatabla de banderas y frases o consignas", destacaba el ministerio de Gobernación en su curiosa orden. "Cualquier excepción a esta norma que podría ser autorizada por la naturaleza del establecimiento será consultada a la Jefatura Provincial de Propaganda", añadía ese documento, que finalizaba con una despedida "con el brazo en alto". Estilo Franco. Estilo Hitler.