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Misión Heberlein: un secuestro de la Gestapo en Toledo

El Gobierno alemán ordenó raptar al diplomático Erich Heberlein y a su mujer en junio de 1944. Su negativa a regresar a su puesto en la Embajada de Berlín alumbró una operación secreta que condujo al matrimonio a distintos campos de concentración durante varios meses

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Este reportaje ha sido posible gracias a los diarios del diplomático Erich Heberlein

Tres polvorientas cajas repletas de documentos en los bajos de un chalé cercano a Madrid guardan la historia de un conocido diplomático alemán afincado en Toledo, muy bien relacionado con la aristocracia madrileña y el Gobierno, que sufrió un rocambolesco secuestro por parte de la Gestapo “por ser antinazi”, comenta la familia Ceballos siempre que tiene ocasión de hablar de Erich Heberlein, el consejero de negocios de la Embajada alemana en Madrid, un tipo muy culto y reservado, con apellido de fabricante de violines y hechuras de galán que se convirtió en un personaje incómodo para Hitler y lo pagó con su deportación y la de su mujer a varios campos de concentración.

“Dos hombres españoles vestidos de paisano” acudieron a su finca de La Legua, en Toledo, la madrugada del 17 al 18 de junio de 1944. Heberlein pensó que se trataba de una pareja de la Guardia Civil que solía patrullar por los alrededores, pero aquella noche los planes eran otros. “Nos llevaron por caminos solitarios y después de andar mi mujer y yo varios kilómetros vimos dos coches de la embajada. Había seis hombres alemanes, algunos los reconocí como miembros de la Gestapo. Se llevaron a mi esposa –Margot Calleja- y a mí. Me empujaron y me senté a la fuerza, pero cuando pasamos cerca de la Puerta de Bisagra vi a unos soldados y empecé a gritar socorro. Los bandidos que estaban a mi lado me cerraron la boca y el alemán que estaba delante me dio unos fuertes golpes en la cara con algún objeto duro…”.

El diario personal del alemán detalla un rapto calculado y secreto para evitar que la repentina desaparición levantara sospechas en su entorno. Una operación que también señala un informe secreto de la Embajada alemana en Madrid enviado al Ministerio de Asuntos Exteriores alemán nueve días después, al que ha tenido acceso Público, que ofrece los pormenores de la misión e intenta desvincular a la policía española para esquivar el conflicto diplomático que estalló meses más tarde, espoleado por el embajador inglés, Samuel Hoare, muy interesado en denunciar la pasividad del gobierno de Franco pese a su buena relación con el diplomático, que residía en España desde los años veinte.

"Me recibió Winzer, jefe de la Gestapo en España, y me dejó claro que estaba allí por no estar de acuerdo con la política de líder Hitler"

El imponente edificio de la embajada alemana en el Paseo de la Castellana, Madrid, escondió al matrimonio por unas horas. “Me recibió Winzer, jefe de la Gestapo en España, y me dejó claro que estaba allí por no estar de acuerdo con la política del líder (Hitler)". Heberlein relata el alboroto de sus gritos en alemán oponiéndose al secuestro. “Le contesté que, en efecto, esto no había sido necesario. Tuve que mantener la ficción de mi enfermedad y dije que siempre había tenido intención de volver a Alemania en cuanto estuviera curado…”

El diplomático ya había sufrido otro castigo un año antes del rapto, su traslado a Berlín junto al embajador en Madrid, Von Stohrer, ambos destituidos por su escasa simpatía con el régimen. Poco tiempo después solicitó un permiso laboral por problemas de salud y finalmente se lo concedieron en primavera de 1944, momento que aprovechó para desaparecer y refugiarse junto a su esposa en Toledo sin intención de regresar a Berlín a pesar de los intentos del embajador Von Bibra para que se reincorporase antes de que “se tomaran acciones” contra él.

El jefe de la Gestapo en España le dejó claro “que viajaría a Alemania en peores condiciones” por su traición. “Y allí pasé la noche sin alimentos ni ayuda médica”, pensando en la trampa tendida horas antes cuando aquellos policías llamaron a la puerta de su casa con noticias de su hijo Óscar, supuestamente herido en la guerra.

El traslado

El informe secreto desvela que varios miembros de la Gestapo, incluido Winzer, condujeron al alemán al aeropuerto de Barajas la noche del 18 de junio “en un vehículo del agregado policial de la embajada” para no levantar sospechas. Un avión esperaba al rehén en una zona apartada del hangar para volar hasta Biarritz. En cambio, a Margot la acompañaron varios agentes por carretera, pero antes la obligaron a escribir una carta a su cuñada para acallar posibles rumores, en la que expuso sus motivos para volver a Berlín tras conocer que su hijo estaba herido y le pidió que cuidara de su casa en Toledo. Pero estas líneas y otras que escribieron Erich y Margot a sus amistades para guardar las apariencias surtieron poco efecto “por lo anormal e inexplicable de la situación”, reconoció la sobrina del matrimonio en un escrito enviado al embajador Dickoof seis días después implorando noticias por su inexplicable ausencia.

El diplomático alemán Erich Heberlein

El traslado de Margot a Biarritz fue de película, según relata Sofía Ceballos, su sobrina nieta. “Entró en una tienda de abastos tras convencer a sus captores de que lo necesitaba y le dijo al dueño que avisara a las autoridades españoles de que se los llevaban presos”. Al parecer el hombre avisó, aunque no hubo respuesta. Al margen del atrevimiento, los alemanes implicados reconocieron que el matrimonio guardó bien las apariencias, quizá gracias “al carácter débil de Heberlein, muy sometido a su mujer”. Comprobaron que separarlos era un acierto y no volvieron a verse en seis meses.

El informe deja claras las intenciones desde el principio. “El hecho de que Heberlein viva tranquilamente no se puede aceptar sin más en un futuro. Hay que encontrar la manera de que abandone…” Y la mejor solución fue mantenerle encarcelado en Berlín, pasando antes por distintas prisiones en Bayona, Burdeos, Poitiers y París. Entretanto, las autoridades ofrecieron señas falsas del nuevo domicilio del matrimonio en la capital para jugar al despiste.

Heberlein pasó días arrinconado y de pie en una de las minúsculas celdas de la prisión de Postdam a la espera de un traslado. Le interrogaron en dos ocasiones, “sin saber muy bien lo que querían”, comentó el diplomático en una de sus cartas fechadas en 1951 en la que solicitó una compensación económica por todo lo sufrido en aquellos años. El secuestro lo ordenó el ministro de Asuntos Exteriores, Von Ribbentrop, pero algunos agentes de la Gestapo anduvieron despistados con el asunto “y no sabían muy bien lo que hacer” con aquel matrimonio.

El 12 de diciembre comenzó otro calvario. Trasladaron a Heberlein a Sachenhausen, el campo más cercano a Berlín, un recinto reservado durante años a adversarios políticos. Se encontró con su esposa Margot y ambos permanecieron allí diez días. La siguiente parada fue Buchenwald, formado por 22 complejos dependientes, donde murieron unos 100.000 reclusos. Estuvieron cinco semanas encerrados en un edificio amarillo de cinco o seis plantas construido para el personal del campo que la SS prefirió utilizar como prisión militar y el matrimonio compartió sus días con otros “quince presos ilustres”, como el general Friedrich von Rabenau; el conocido pastor de la resistencia Bonhoffer; Vassily Kokorin, sobrino de Molotov y protegido de Stalin; el general Von Falkenhausen; el capitán Gehre, Müller; el conde Von Alvensleben, el coronel von Petersdorff; los doctores Hoepner, Waldemar, Rascher y Payne Best, oficial de inteligencia británico.

Soportó su encierro a base de sopa, pan, tocino, mermelada…y la vieja radio del general Falkenhausen

Una curiosa pandilla que soportó su encierro a base de sopa, pan, tocino, mermelada…y la vieja radio del general Falkenhausen para informarse sobre los avances de la guerra.


El siguiente destino, Regensburg

La noche del 3 de abril marcó el inicio del traslado en una vieja y destartalada camioneta con capacidad para ocho personas, la mitad del grupo. Los pasajeros entraron y a los pocos segundos, según relata Eric Metaxas en su biografía sobre Bonhoffer, sonó una sirena anunciando un ataque aéreo. Los guardianes huyeron para ponerse a salvo y los prisioneros se quedaron amontonados en el vehículo. El ambiente volvió a la calma al rato, la camioneta arrancó, pero se detuvo a los pocos metros y comenzó a salir humo por todas partes. Más de un pasajero pensó que se trataba de un furgón de la muerte usado por los alemanes para gasear a judíos y a personas con discapacidad intelectual.

El viaje se hizo infernal, a una velocidad media de 1 a 14 kilómetros por hora, y constantes paradas para recargar y limpiar los conductos. Los prisioneros se acomodaron en la segunda planta de la vieja cárcel y probaron un poco de sopa de verdura, pan y café tras muchas protestas por el hambre. Al día siguiente, los Heberlein se toparon con muchos reclusos que llevaban tiempo allí, entre ellos, Fritz Thyssen y su esposa, otro matrimonio secuestrado y encarcelado por su desafección al régimen, aunque el industrial fue un ferviente defensor los primeros años. El paso por Regensburg fue fugaz y esa misma tarde los prisioneros volvieron a montarse en una camioneta en dirección a Schönberg.

Tras su liberación, regresaron a España y fijaron su residencia en Toledo

Se repitieron las averías y pasaron la noche en el viejo vehículo, pero a la mañana siguiente apareció una decena de agentes del servicio de inteligencia alemán con un autobús para llevarles hasta la vieja escuela de un pueblo que duplicó su población en pocos meses por el avance de las tropas rusas. La siguiente parada nueve días más tarde fue Dachau, aunque apenas se maneja información del paso de los Heberlein por este campo. Y los apuntes del diplomático no van más allá de unas fechas que confirman que estuvieron pocos días. La carretera volvió a sorprenderles una última vez y los reclusos llegaron a una fortaleza alpina en el Tirol controlada por la Oficina Central de la Seguridad del Reich.

En principio, los planes consistían en utilizar estos rehenes políticos como moneda de cambio en futuras negociaciones con los aliados, pero finalmente los 139 prisioneros se desplazaron hasta el Hotel del Lago Braies gracias a la intervención y la liberación de la Wehrmacht. Allí Erich y Margot recobraron su libertad el 4 de mayo de 1944, una fecha señalada para el comienzo de una nueva vida, aunque los siguientes cuatro meses fueron difíciles y tuvieron que demostrar que no tenían vinculación con los nazis antes de regresar a España y fijar su residencia de nuevo en Toledo.

Las cajas del chalé de los Ceballos seguirán guardando la memoria del diplomático y sus diarios, sin medias tintas: “Estaba decidido a no volver a Alemania por mi horror y mi odio al régimen nazi que ha desencadenado esta guerra que necesariamente conducirá a la ruina completa de Alemania…”, sentenció Erich Heberlein en su diario.