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Rajoy gana las elecciones y se arroga "el derecho a gobernar" España

El presidente fue el primer sorprendido por los resultados del PP, que aumentó catorce escaños respecto al 20-D. Cuando estiró el discurso en Génova sin entrar al trapo, sus colegas debieron advertirle de que había quedado primero en las urnas. Ahora necesita el apoyo o la abstención del PSOE, que evitó el ‘sorpasso’ de Podemos, para ser investido.

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Mariano Rajoy, junto a su mujer, Elvira Fernández, y a María Dolores de Cospedal. / JAVIER LIZÓN (EFE)

MADRID.- Ni el propio Mariano Rajoy, nervioso tras las primeras israelitas, se imaginaba que esta noche botaría con tanto entusiasmo en el balcón de Génova 13. El líder del Partido Popular, vencedor de las elecciones generales, también habría celebrado una victoria pírrica aunque el número de escaños fuese escuálido respecto a aquellos maravillosos años, pues la primera posición estaba cantada. Pero el candidato conservador no sólo ha salido reforzado después de obtener catorce diputados más que el 20-D, sino que se arroga “el derecho a gobernar”.

Rajoy podría haberse convertido en el primer jefe de Gobierno de la democracia que no revalida el cargo en unos comicios, mas sus 137 escaños le evitarán tener que llamar al camión de la mudanza, ya que es probable que siga instalado en la Moncloa. "Este partido se merece un respeto", sugirió el presidente, a quien habrá que ir quitándole la coletilla de “en funciones”. Entre tanto, abajo, los simpatizantes se permitían vacilar al grito de “¡sí se puede!”, un ejercicio de traslación que despistó a los paracaidistas de la prensa extranjera, más acostumbrada al futbolero “¡yo soy español, español, español!” y al folclórico o marcial “¡que viva España!”.

El líder del PP, que había seguido el recuento en su despacho junto a su familia, tardó en bajar a la primera planta. Cuando en otros cuarteles generales los técnicos recogían los bártulos, Rajoy miraba la gráfica convencido de que un 99% del voto escrutado no era suficiente para dirigirse a la afición. En el momento que la prudencia se transformó en invisibilidad y Viri, su mujer, advirtió con pavor que su marido se iba difuminando y, peor aún, que casi podía ver los resultados a través de su cuerpo, lo metió en el ascensor.

A medida que el presidente descendía, los militantes subían sus revoluciones, que en el PP siempre han sido una revolución sensata y moderada sobre el eje estático de Rajoy. Éste vio a los españoles como Mussolini veía a los italianos, a vista de gaviota, un pajarraco que abunda en Roma pese a los cincuenta kilómetros que la separan del mar, y dijo: “Éste es el discurso más difícil de mi vida”. Cuando todos, prensa y pueblo, esperaban la plática más centelleante hasta la fecha y ya echaban mano a las gafas de sol aunque ya había anochecido, tuvo una regresión.

El líder, de repente, se sintió en campaña, repasó mentalmente el guion y, como si tuviese detrás las vacas y no delante a su rebaño, se retrotrajo a su juventud compostelana, cuando tenía veintidós años y entró en política, uno de sus redundantes estribillos desde que se subió a la caravana electoral. Rajoy debió de pensar que todavía estaba en un mitin, hasta que alguien le pellizcó y tuvo que cortar: "Me dicen por aquí que recuerde que hemos ganado las elecciones. Bien, hemos ganado. Bien, oye, es verdad".

Y tanto. El PP obtuvo 669.220 papeletas más que el 20-D, lo que supone una subida del 4,32%, mientras que el PSOE bajó ligeramente en votos, pero perdió cinco diputados. Unidos Podemos no adelantó a los socialistas por la izquierda y, aunque más de un millón de electores le retiró su apoyo, conservó los parlamentarios de diciembre, al tiempo que Ciudadanos se dejó por el camino casi 400.000 adhesiones y ocho representantes. El reparto de escaños (137-85-71-32) permite a los populares sentarse a la mesa con aplomo y echarle un vistazo a la carta antes de decidir si come solo o pide otro cubierto.

“Vamos a hablar con todo el mundo”, aclaró Rajoy. "Reclamamos el derecho a gobernar porque hemos ganado las elecciones”, añadió el líder conservador, quien deberá tantear si el PSOE está por la labor de liarse la manta de la gran coalición a la cabeza o si, al menos, le allana el camino para formar Gobierno con su abstención. Nadie hasta entonces había comparecido ante la prensa para valorar los escrutinios provisionales. De hecho, ni él lo hizo, pues bajó directamente de su despacho al balcón, como antes lo habían hecho, sonrisa en ristre, Sáenz de Santamaría, Maíllo, Cifuentes, Arenas, Cospedal y Moragas.

Todos ellos tuvieron en ascuas a los periodistas hasta pasada la medianoche, cuando su jefe dio la cara. El propio Moragas, en un aparte, comentaba un par de horas antes que estaban contentos porque iban a saborear una gran victoria. Cuando vio un enjambre de plumillas, dio media vuelta por el pasillo y dijo por lo bajo: “Me voy para no cagarla”. Los reporteros no tenían nada que llevarse a la boca, excepto un refrigerio reconstituyente, algún chascarrillo del gabinete de comunicación sobre la espera del presidente junto a sus hermanos y su esposa, y una charla informal de Pilar del Castillo, que atendía a las preguntas como si siguiese dirigiendo el CIS.

El aguardado discurso tampoco aportó muchas novedades. Habló del pasado (“no ha sido una etapa fácil, pero este partido ha tenido ganas, coraje y determinación"), del presente ("habéis ganado las elecciones porque habéis tenido fe en la victoria y porque lo habéis perseguido”) y del futuro ("España tiene un instrumento que jamás le va a fallar a los españoles: el PP"). También criticó veladamente los chantajes y componendas (“hemos dado la batalla, sin ponernos a las órdenes de nadie”), y se mostró exultante frente a sus adversarios (“han ganado los demócratas, la libertad y los derechos de la gente”).

Su agradecimiento fue colectivo, mas sólo mentó a su mujer, Elvira Fernández, a quien le estampó un beso en público. Rajoy salta y, a puerta cerrada, baila, pero las sesiones de DJ y demás zarandajas las reserva para el aparato. Sin embargo, en una velada como ésta no dudó en emular los morros de Iker Casillas impactando contra los de Sara Carbonero, aunque la comparación resulta forzada, pues Viri era simplemente una testigo y no la reportera que entrevistaba en directo al presidente. Tampoco fue una novedad sino la reedición de la muestra de cariño tras la victoria electoral de 2011, porque Viri es una primera dama discreta, si bien aficionada al balconing en las grandes noches.

El PP está satisfecho con su campaña. A toro pasado, es fácil defenderla: plazas pequeñas, candidato cercano; provincias donde bailaba un escaño o en las que Ciudadanos no había conseguido ninguno, pero sí rapiñado votos; y un mensaje positivo, a pesar de que polarizó la campaña. Las alternativas eran ellos o el desastre de Podemos, despreciando la marca blanca de Albert Rivera −a cuyos votantes rogó el voto− e ignorando al PSOE. La espera paciente también le ha dado buen resultado a Rajoy, pues burló la investidura y dejó que sus rivales se quemasen. Poco le importó que arreciasen las críticas por sus formas timoratas si al final las urnas le han dado la razón y lo que era un aspirante al recambio ha terminado siendo, si Pedro Sánchez lo permite, un presidente triunfante.

Si no quedase más remedio que convocar unas terceras elecciones, sus contrincantes cargarían con el fardo del ridículo, al tiempo que el metacrilato podría depararles un desenlace aún peor. El brexit sopla a su favor, Ciudadanos ya no suma, conserva la mayoría absoluta en el Senado y, tras salir indemne de las escuchas de Fernández Díaz y de los casos de corrupción que cercan al partido, demostrado queda que el PP no tiene piel sino escamas. Hay bipartidismo para rato y Rajoy para cuatro años, siempre que el secretario general socialista se abstenga para ejercer luego de líder de la oposición en el Congreso y de la sigla en Ferraz, visto el revés de la federación andaluza, donde sí hubo sorpasso del PP al PSOE.

Pese a obtener 49 escaños menos que en 2011 −una referencia desfasada, pues los tiempos han cambiado aun sin Gobierno del cambio−, la victoria de Rajoy es indiscutible. El botín ha sido copioso, pues los populares se han impuesto en todas las regiones, excepto en Catalunya y Euskadi. Además, si se repitiese el resultado del 26-J en Galicia, Feijóo sería reelegido presidente con mayoría absoluta. Las autonómicas se celebrarán en otoño y, si la vida sigue igual, el adalid del PP también volverá a ser profeta en su tierra por vía interpuesta. Barón pa' quererte mucho, barón pa' desearte el bien, hay Rajoy, Rajoy.