Publicado: 13.04.2014 08:20 |Actualizado: 13.04.2014 08:20

Un retrato de la España de Franco a través de los oyentes de La Pirenaica

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Un testimonio inédito de la España del hambre, la miseria y la represión durante la dictadura franquista. Esto es lo que han conseguido construir la periodista Rosario Fontova y el investigador Armand Balsebre en la obra Las Cartas de la Pirenaica. Memoria del antifranquismo (Cátedra) a través del análisis de las más de 15.000 cartas que los oyentes enviaron durante casi 40 años de historia a la emisora de Radio España Independiente (REI) y que hasta ahora han permanecido ocultas en el Archivo Histórico del PCE.

Desde que la emisora clandestina comenzara a emitir el 22 de julio de 1941 desde un sótano de Moscú bajo las bombas de Hitler con Dolores Ibárruri, Pasionaria, de directora, miles de españoles escribieron durante años para narrar, de forma espontánea y sincera, cómo era la vida cotidiana de la España de Franco para aquellos que perdieron la guerra y mostrar sus anhelos de un mañana sin el dictador. Así, las cartas reflejan las primeras movilizaciones masivas en minas y fábricas, denuncias contra la esclavitud laboral del campesino; y, entre otras cosas, largas listas de chivatos y confidentes de la Policía.

"Creemos que el análisis, estudio y contextualización de las 15.000 cartas abre una pequeña puerta a nuevas investigaciones sobre Memoria Histórica. Hasta ahora ha habido tiempo de ocuparse de la represión política, de los partidos y organizaciones surgidos durante la dictadura, pero no de las opiniones, los sentimientos, anhelos y dolor de la gente común. Esta obra da una vuelta de tuerca a los estudios del franquismo", explica a Público la periodista y coautora Rosario Fontova.
Las cartas, tal y como señalan los autores, componen, además, un inmenso romancero antifranquista, con poemas sencillos escritos por gente sencilla con la autobiografía de los vencidos y el día a día de los españoles que no aparecían en el Nodo. "Escribieron a La Pirenaica desde mineros asturianos, a campesinos andaluces, a obreros catalanes pasando por sacerdotes, falangistas, guerrilleros... El abanico es inmenso", señala la autora.

Según los cálculos del investigador Armand Balsebre, La Pirenaica pudo tener en su época de mayor esplendor (1962-1966) entre un millón y dos millones de oyentes. "Se ha hablado siempre de La Pirenaica como un medio clandestino y con una audiencia furtiva que tenía que esconderse para poder escucharla pero, según los cálculos que manejamos, la emisora pudo tener tantos oyentes como Radio Nacional de España y la SER", explica Balsebre, que calcula que los oyentes enviaron alrededor de 100.000 cartas a la emisora.

En la década de los 60, la Guerra Civil no se había olvidado sino que revivía en cada oyente. La detención y fusilamiento de Julián Grimau por supuestos crímenes cometidos durante la Guerra Civil supuso para la España vencida recordar los días del horror. Tras asesinato del dirigente comunista, las cartas recordando el sufrimiento de la Guerra y relatando los crímenes cometidos por el ejército y el Estado franquista durante la represión se multiplicaron. Los hombres y mujeres que vivían condenados a un silencio forzoso desde 1939 comenzaron a narrar a La Pirenaica el sufrimiento padecido.

"Los testimonios de las cartas conforman un interno memorial de agravios sobre represión y violencia sistemática, las armas que utilizó la dictadura contra los que perdieron la guerra. Al terror provocado por la violencia incontrolada del conflicto y la posguerra le siguió el miedo a los interrogatorios, a las detenciones arbitrarias, a cualquier circunstancia casual que en la vida cotidiana pudiera enfrentarlos con la autoridad", se señala en la obra.

Así, 'Juan Sebastián Elcano', de 32 años, que se crió entre "hambre miseria y terrorismo", escribe en marzo de 1963 que creía llegado el momento de ir "perdiendo el miedo que nos agobia ya 24 años y así ir contribuyendo cada uno en sus posibilidades para el derrocamiento de la dictadura". Otra oyente, una asturiana emigrada a Alemania, escribía: "Casi desde que me recuerdo no he visto en mi casa nada más que miedo esperando que a cada momento viniera la Guardia Civil".

Las cartas que llegaban a la Pirenaica fueron las primeras pruebas para constituir un verdadero mapa de fosas comunes del franquismo y para conocer de primera mano la barbarie del ejército franquista. Un obrero católico de Zumárraga (Gipuzcoa) escribía el 24 de enero de 1964 una incendiaria carta de seis páginas con especial dedicación a fray Justo Pérez de Urbel, abad del Valle de los Caídos y antiguo asesor religioso de la Sección Femenina de Falange.

"Yo he visto cómo daban muerte en los caminos, en los montes y en los portales de sus casas a los hombres y mujeres que no correspondían al patrón que ustedes se formaron. (....) El Ebro, si pudiera hablar, nos diría cómo desde sus puentes eran lanzados los cadáveres por docenas. (...) Esos, fray Justo Pérez de Urbel, no están en el Valle de los Caídos, ni tan siquiera en un cementerio. (...) Si un día se llegase a hacer estadísticas de estos crímenes y cómo se cometieron el mundo se sentiría estremecido. Y no hay duda, fray Justo Pérez de Urbel, los cometieron ustedes, bajo sus capas ocultan los cuerpos de unos asesinos", reza la carta.

"Esta mañana al amanecer, en la prisión provincial de Carabanchel, en las afueras de Madrid, ha sido fusilado Julián Grimau García. El crimen ha sido consumado. Le han matado en secreto, temerosos de la protesta del pueblo madrileño". Con estas palabras Radio España Independiente dio la noticia de la ejecución de Grimau a las 12.50 horas de la mañana del 20 de abril de 1963. A raíz de esta noticia los oyentes enviaron con rapidez sus cartas de pésame, en las que expresaban los sentimientos de dolor que les había provocado la muerte del dirigente del PCE.

L.J., una mujer de Madrid, veló junto a la radio. "El día 19 estube junto al arradio asta la urtima información , nunca crellendo que se atreberia atanto el berdugo, más algo yo presentía". M.T., de Gijón, minero de La Camocha, salía del primer relevo de la mina cuando tres compañeros "descoloridos" le comunicaron que habían oído en la BBC de Londres la noticia del asesinato de Grimau: "Luego entro en casa y mientras yo comía entran otros dos yorando y hechando pestes de Franco".

Otra carta, firmada por el 'camarada Pino' escribía "asesino govierno franquista (...) qué clase de jente son (...) lo ampaleado, lo an martirizado, lo an arrojado por una ventana, han dado sal y vinagre cuando pedía agua... ¿Dónde estás esos católicos? ¿Dónde? Descansa en paz, ermano Julián". Así, la mayoría de los mensajes que llegaron a la emisora lo hacían acompañados del sentido pésame a la viuda y a las hijas de Grimau. Uno de estos mensajes llegó desde Talavera (Toledo) en forma de copla, redactado por 'Dos inseparables": "A la viuda le mandamos / nuestros más sentido pésame. / Vale más viuda de un héroe / que ser mujer de cobarde", rezaba el poema.

Más de siete millones de españoles abandonaron sus pueblos de origen entre 1960 y 1973, de los cuales más de dos millones lo hicieron camino de Europa. 600.000 emigraron a la República Federal Alemana, procedentes la mitad de Andalucía y Galicia. Otros tantos viajaron hasta Catalunya y el País Valencià en busca de la industria. "Las cartas de los emigrantes son un conjunto de historias que retratan con dolor la España del hambre, pero también de la represión", señala la obra.

El oyente que firma su carta como José Luis Gutiérrez, desde Hamburgo en diciembre de 1962, decía que el "98% de españoles son analfabetos, casi todos de la parte de Andalucía". 'El Fénix Rojo', un "comunista de verdad", se presentaba en carta de 28 de febrero de 1964 como "uno de los 157.200 obreros españoles que se encuentran en Alemania "por culpa de los traidores a España" y se despedía con un "¡Gora Euzkadi Askatuta!".

También desde Alemania otro oyente confesaba que le importaba poco si el régimen había de ser monárquico, socialista o republicano, que lo único que deseaba es "que los españoles viviésemos decorosamente". Otro oyente de Madrid escribía el 28 de octubre de 1962 que con las 117 pesetas de jornal que ganaba de peón albañil pudo hacerse una chabola, con cajas de sardinas como puertas y ventanas. Vivió con su familia ocho años en esa chabola hasta que emigró a Francia, donde ya podían "comer pollo y carne y bibimos como las personas".

La campaña de los 25 Años de Paz en 1964 fue la primera gran campaña de Manuel Fraga como ministro de la propaganda franquista, para la que dispuso de un presupuesto de 80 millones de pesetas. La gran fiesta de los 25 Años de Paz fue el 1 de abril, el Día de la Victoria. 'Un gallego en Barcelona' jugaba en su carta con ese concepto para denunciar que nunca habría paz en España mientras el franquismo siguiera apelando a la legitimidad de una victoria:

"Que con ese primer día de la Victoria se produjo en nombre de una Santa Cruzada de Liberación el mayor desgarrón que ha sufrido España en toda su existencia como nación civilizada. Que con el primer día de la Victoria todas las cárceles existentes en España, y las muchas que se improvisaron, fueron insuficientes para cobijar a tantos cientos de miles de presos. Que con el primer día de la Victoria todas las carreteras y caminos de España se convirtieron en una compacta procesión de presos para un lado para otro por no caber en ninguna parte (...)¿Paz? ¿Pero es que puede hablarse de Paz? ¿Dónde está?

El tratado hispano-norteamericano de 1953, seis meses después de la muerte de Stalin, y en plena Guerra Fría convirtió el grito de: "Yankees, go home", en la expresión de un sentimiento de origen antifranquista. La renovación en 1963 de los Pactos de Madrid sobre las bases militares norteamericanas en suelo español exacerbó ese sentimiento antiyanki, mezclado con un cierto nacionalismo español. La Pirenaica fue el gran catalizador de este sentimiento, y a la vez uno de los combustibles más eficaces para avivarlo.

Las cartas así lo demuestran. A.M.G., desde Mérida (Badajoz), en representación de los 50 operarios del taller en el que trabajaba, gritaba "¡fuera de España estos gángsteres! Aquí los odiamos. Cuando la crisis del Caribe nos tuvieron al borde del abismo". 'Cohetes y Paz', desde Narbonne (Francia), escribía: "No debieran existir base en ninguna parte del globo. ¡Abajo las nucleares! ¡Viva la hermandad entre los pueblos! ¡Viva el trabajo!".

Muchas de las cartas que llegaron a REI transmitían con rudimentaria ortografía el desamparo y la miseria en que vivían españoles de todas las regiones a quienes se les negaba trabajo, educación, vivienda y auxilio sanitario. Los desheredados culpaban a Franco, a Falange, a los terratenientes y a los que se habían enriquecido con el estraperlo de condenarlos a pasar hambre. Desde un lugar de la campiña gaditana, 'un campesino, firmaba el 5 de julio de 1963 una carta que reflejaba la miseria del momento.

"Campiña gaditana, lla me marcho, el sol se pone, hasta mañana, con mi jornal embuelto en mi pañuelo, umedo de sudor, y por la tierra negro. Me espera mi compañera, y seis sagales, y a duro, justo es lo que caben. Treinta pesetas... siempre con blusa, pantalón de tela y sin chaqueta. Para comer los ocho, pronto se acaba: dos de pan, dos de aceite y dos de habas. Y cuando a mi chosa llego, el más pequeño de mis sagales le veo en los pies espinas de abulagas y de zarzales, y los demás, más encueros que un pimiento. Y dise mi señorito que con los seis duros que los bista. ¿Y de comer? Que le dé biento".

"La enseñanza primaria en España debe ser católica, patriótica y esencialmente formativa". Así rezaba el artículo primero de los principios fundamentales de la reforma escolar elaborado por el Gobierno de Burgos en 1937. Veinticinco años después, los oyentes de la Pirenaica describen esa educación como católica, patriótica, pero muy poco formativa.

Una mujer joven con hijo, de Villa del Río (Córdoba), denuncia en una carta que tenía que pagar siete pesetas diarias, que no tenía, si quería que a sus hijos les enseñaran algo más que el catecismo. 'Facundo Perezagua', en carta fechada en 1964 en Barcelona, se quejaba de que don Julio, maestro nacional de Montgat, castigara a los niños muy a menudo poniéndoles de cara a la pared, en una escuela nacional donde se pagaba 105 pesetas mensuales".

Los movimientos sindicales y huelguistas de 1962 fueron percibidos por la audiencia de REI como el chispazo que podría desencadenar la tan esperada gran tormenta que pusiera fin a la Dictadura. "Una española católica", en carta fechada en Valencia el 8 de febrero de 1962, decía que el pueblo "está ya más que harto" y "solo esperamos que salte el chispazo por un sitio o por otro [España siempre tuvo fama de hombres valientes, ¿por qué no salen ya un par de Fidel Castro? Que es lo que aquí está haciendo falta".

La propaganda de REI convirtió a los mineros asturianos en héroes del antifranquiso y definió las bases narrativas de su leyenda sobre el fantasma de la llamada revolución de Asturias de 1934. La campaña de junio-septiembre de 1963 en solidaridad con Asturias fue conocida con el nombre de 'Asturias marca el camino'. De hecho, Asturias fue el asunto que transformó La Pirenaica en un medio de comunicación de masas, con los límites obvios con los que la clandestinidad, el miedo y la represión redefinieron durante el franquismo este concepto.