Publicado: 09.01.2014 20:14 |Actualizado: 09.01.2014 20:14

El rey aconsejó a Thatcher fingir sobre la disputa por Gibraltar

Los documentos desclasificados por Londres revelan que Juan Carlos apuntó al embajador británico que ambos gobiernos "deberían llegar a un entendimiento en privado" para "amortiguar a la opinión pública

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A España no le interesa recuperar Gibraltar en un futuro cercano. Es lo que se desprende de la lectura de documentos publicados por National Archives, el archivo nacional británico, que cada primero de enero facilita al público documentación que ha estado clasificada como confidencial o secreta más de 30 años. [Traducción del informe en PDF]

Esa expresión de desinterés por una cesión inmediata de Gibraltar, que en cualquier caso no era ofrecida por sus interlocutores británicos, está contenida en las palabras que el rey Juan Carlos intercambió con altos cargos de la diplomacia de Reino Unido. Los documentos también permiten reconstruir el contexto en el que se produjeron esos intercambios y revelan el carácter intransigente y engañoso de la diplomacia británica.

El 7 diciembre de 1982, Felipe González preside su primer Consejo de Ministros. Gibraltar es un tema prioritario y en la reunión del Gabinete se acuerda una apertura parcial de la frontera que Franco había cerrado en 1969, y que se realiza el día 15 de ese mes. Es un paso muy delicado para una administración socialista, dado la postura tradicional de la derecha española, ya alarmada por la magnitud de la victoria electoral del PSOE. El responsable del Foreing Office británico, Francis Pym, sin embargo, tacha la apertura de "insuficiente".

Días después, Fernando Morán, ministro de Asuntos Exteriores, se reúne con su homólogo británico, ansioso de que Gibraltar no enturbie las negociaciones para la entrada de España en la Comunidad Económica Europea. El informe de Pym sobre este encuentro es revelador por las notas al margen de la primera ministra Margaret Thatcher.

"No podemos hablar de soberanía", escribe. "Ellos lo pueden introducir, pero no podemos hacer más que escuchar". En otro informe posterior, el ministro británico aconseja que las negociaciones tengan como objetivo convencer a España de que "no hay perspectivas próximas de un cambio sustancial en la situación de Gibraltar". La primera ministra anota: "Y que posiblemente jamás habría un cambio de soberanía". En otro informe, el ministro Pym escribe que las negociaciones deben seguir "siempre y cuando entiendan que no estamos negociando soberanía", lo que demuestra mala fe.

Como parte del proceso de entrada en la CEE (uno de los incentivos europeos para impulsar la Transición), España se vio obligada a resolver todos sus problemas coloniales y territoriales con los países miembros entonces, ya que la emergente Unión Europea debía de evitar conflictos entre sus socios.

A este efecto se llegó a un acuerdo en 1980 (el llamado acuerdo de Lisboa) en que Reino Unido y España se comprometían a una negociación sin limitaciones previas de agenda, incluyendo asuntos de soberanía que, al fin y al cabo, era lo que más le interesaba a España y sin lo cual las negociaciones no tendrían mucho sentido.  Lo reconoce Mike Pattison, el secretario privado de la primera ministra, en una nota adjunta: "Sé que no le agrada el acuerdo [de Lisboa], pero, puesto que se ha acordado, es difícil negarse a hablar de soberanía".

Reino Unido negociaba con una posición contraria a lo que había pactado. Morán sigue presionando. Las negociaciones no producen nada.  Es en este contexto en el que el rey, el 21 de julio 1983, dos días después de unas declaraciones ásperas de Thatcher en la Cámara de los Comunes, decide negociar al margen de los cauces oficiales, contactando con Richard Parsons, el embajador británico.

Según el embajador, en un informe ahora desclasificado por National Archives en Londres, "el rey enfatizó, como ya lo hizo en otras ocasiones, que lo importante era adoptar medidas con respecto a Gibraltar que apaciguasen a la opinión pública por ahora" y aconsejó que "ambos gobiernos deberían comprender claramente en privado que en realidad España no busca una solución rápida al problema de la soberanía". Lo que le preocupaba al Rey es que, "si recuperase Gibraltar, el rey Hassan de Marruecos activaría inmediatamente su reclamación sobre Ceuta y Melilla".

"Ambos ministros de Exteriores deberían llegar a un entendimiento en privado entre ellos, diferenciando claramente entre su objetivo real y los métodos utilizados para amortiguar a la opinión pública de ambos lados", escribe el ministro a Londres adjudicando esa idea al rey. No era la primera vez que el monarca hacía estas confidencias.

En documentos anteriormente publicados por el archivo nacional británico, pero que pasaron desapercibidos, un informe de Sir Anthony Parsons relata que el rey le "recordó, como lo hecho una vez antes, que de hecho no le interesaba a España recuperar Gibraltar en el futuro cercano". "El rey de Marruecos le había avisado repetidamente", dice ese documento, "que, si pareciese que España recuperaba el Peñón, Marruecos inmediatamente reclamaría Ceuta y Melilla. Eso sería extremadamente serio".

Los mensajes del rey a la diplomacia británica no son chocantes y reflejan la opinión más extendida también entre los diplomáticos españoles que se han dedicado al asunto de Gibraltar. Quizás llaman la atención o parecen escandalosas porque el Gobierno actual ha permitido que una disputa aparentemente sobre derechos de pesca haya degenerado en una escalada de denuncias verbales y de tensión en el Peñón, la verja y el Campo. Pero entonces ¿por qué no se pueden explicar estas ideas a la opinión pública española, a la que se alimenta, sin embargo, desde sucesivos gobiernos y desde la corona una reivindicación constante del "Gibraltar español"?