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"El rey es un bróker de la influencia"

El periodista Juan Francés acaba de publicar '¡Que vienen los lobbies!', un libro en el que analiza "el opaco negocio de la influencia en España"

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El periodista Juan Francés (Madrid, 1975) acaba de publicar ¡Que vienen los lobbies! (Editorial Destino), un libro en el que analiza 'el opaco negocio de la influencia en España'. Francés crítica que en en nuestro país no haya aún una regulación de la industria del lobby y denuncia la falta de transparencia en el proceso de toma de decisiones públicas, a la que achaca buena parte de la mala prensa que tienen los grupos de presión. 

Francés lamenta esa mala imagen de los lobbies, un fenómeno muy extendido en España —como en cualquier otro país— pero al mismo tiempo muy desconocido por la inmensa mayoría de los ciudadanos. En un tono didáctico, Francés cuenta qué actores intervienen en el proceso de toma de decisiones públicas y cómo se crean las leyes en España 'desde el folio en blanco hasta que el rey las sanciona con su firma'. Aboga por una regulación estricta del sector que incluya un Registro Público de Grupos de Interés y la creación de una Oficina de Supervisión de las relaciones de estos grupos con los poderes públicos. 

En su libro se hace usted eco de una anécdota reveladora: durante varios meses de 2008 Zapatero se negó a emplear la palabra 'crisis' después de que Emilio Botín, presidente del Banco Santander, le convenciera de que las turbulencias económicas eran pasajeras ¿Tanto mandan los lobbies en España? ¿Pueden mandar más que los políticos elegidos por los ciudadanos?

No sé si iría tan lejos. Desde luego tienen muchísima más influencia de lo que la gente piensa. El fenómeno del lobby es generalizado: a diario los distintos grupos de presión establecen contactos tanto con el Gobierno como con el Parlamento para tratar de influirles. Lo que me empujó a escribir este libro fue que la gran mayoría de la población no tiene la más remota idea de que esto es así.

¿Pueden derribar Gobiernos?

Pueden. En muchos casos lo han intentado. Desde luego han tumbado muchas leyes. No hay una sola ley que se apruebe en el Congreso de los Diputados que no sea objeto de una presión tremenda por parte de los lobbies.

Pese a eso, usted da una visión positiva de esta industria.

Yo creo que los lobbies son legítimos. Les concedo el derecho a defender sus intereses pero bajo la premisa de que tienen que hacerlo en un proceso transparente y regulado, cosa que a día de hoy no ocurre en España. Cada uno puede defender sus intereses siempre que no se traspase la legalidad.

Pero haciendo un poco de abogado del diablo: presión e interés son términos que en principio no casan mucho con el concepto de democracia. ¿Los lobbies son un mal necesario o son algo consustancial a un sistema democrático?

Las dos cosas. Es cierto que los lobbies tienen capacidad de provocar un perjuicio al conjunto de la sociedad, pero sería más nocivo un poder que no contara con los lobbies. El término parece muy peyorativo pero en realidad los lobbies no son más que los distintos representantes de la sociedad civil intentando defender sus propios intereses y eso implica a los conglomerados empresariales, que obviamente buscan mantener sus beneficios, pero también todo tipo de organizaciones sociales, ONG's, representantes de asociaciones de discapacitados y asociaciones sin ánimo de lucro. Creo que sería muy perjudicial un Gobierno que se dedicara a legislar sin tener en cuenta las opiniones de aquellos que se van a ver afectados por esa legislación.

'No podemos estar al margen de lo que se hace en la mayoría de las democracias avanzadas'

Si es algo legítimo, ¿por qué no se ha regulado nada hasta ahora en España?

Yo creo que se debe a una cuestión cultural. En los países latinos la tradición es la falta de rendición de cuentas por parte de los distintos poderes públicos a la sociedad. Esa opacidad que encontramos en España es la misma que podemos encontrar en Italia o Francia. En cambio, los países anglosajones tienen interiorizado que los grupos de presión defiendan sus intereses ante el poder. Eso no significa que se haga más lobby en Estados Unidos o Reino Unido que en España, significa que aquí de una forma un poco cínica o hipócrita no se da cuenta de esas actuaciones a la sociedad. Aquí  se mantienen en el ámbito de la opacidad; en Estados Unidos es algo más reconocido y aceptado por el conjunto de la sociedad.

En el pasado Debate del Estado de la Nación el presidente Rajoy anunció una regulación del sector. Usted también hace una propuesta de regulación

Mi propuesta va más bastante más allá de lo que finalmente se va a aprobar. Actualmente hay una comisión de estudio que está presidida por el secretario de Estado de Relaciones con las Cortes y, sinceramente, soy algo escéptico. Creo que se puede avanzar pero corremos el riesgo de desaprovechar la oportunidad. Se quiere regular exclusivamente el Parlamento, lo cual deja fuera todo el lobby que se practica en la Administración. En segundo lugar, el registro que se quiere hacer es voluntario y sólo va a afectar a las empresas que hacen lobby por cuenta ajena: despachos de abogados, bufetes y agencias de comunicación. En cambio no va a afectar a las empresas y a las organizaciones sectoriales que hacen lobby por cuenta propia. Claro, los despachos de abogado se van a negar a dar cuenta pública de sus actividades de lobby si otras empresas no están obligadas. Pero a largo plazo es inevitable que se avance en la transparencia, no podemos estar al margen de lo que se hace en la mayoría de las democracias avanzadas. Lo que creo es que ahora no estamos preparados a corto plazo para dar un paso de gigante y ponernos al nivel de los demás.

¿Dónde trazamos la frontera entre el tráfico de influencias y la actividad legítima del lobby?

El lobby es exponer los argumentos y la defensa de los intereses ante el poder. Otra cosa es ofrecer una contraprestación a cambio de que la legislación se modifique de acuerdo a unos intereses particulares. Esa es la diferencia. En Estados Unidos el Gobierno de Obama endureció los requisitos y ya los lobbies no pueden ni tan siquiera enviar unas entradas para un espectáculo. Allí hay una regulación muy estricta. No sé si en España estamos preparados para eso. Aquí sería necesario establecer un registro y una obligación de notificación periódica de todos los contactos que se han registrado y de todos los temas en los que se ha tratado de influir. Sólo con eso daríamos un paso de gigante.

¿Al menos eliminaría la sombra de la sospecha? Porque usted en el libro dice que no pondría la mano en el fuego porque no haya habido diputados que han cobrado por votar a favor o en contra de tal o cual enmienda a una ley.

Sí. Es evidente que las prácticas ilícitas se pueden seguir produciendo, pero si por lo menos hubiera una regulación y una obligación de comunicar los contactos que ha habido, pondríamos luz y taquígrafos a todo el proceso de toma de decisiones en la Administración pública.

Dice usted que una de las razones que explican la gran influencia de los lobbies es que los políticos españoles cuentan con poco medios, están mal pagados y poco preparados. En ese sentido, ¿está de acuerdo con la propuesta de Esperanza Aguirre de que los políticos hayan trabajado antes en el sector privado para poder dedicarse a la política? ¿Eso no favorecería aún más a los lobbies?

No estoy de acuerdo con la propuesta de Aguirre. Yo creo que no es necesario. El paso por el sector privado puede ser una experiencia beneficiosa pero no es necesario. En muchos casos se produce el efecto contrario: tenemos una élite profesional en el sector público que perdemos a diario por la política retributiva. Inspectores de trabajo y altos funcionarios que ante la disyuntiva de seguir trabajando con sueldos bajos o pasarse al sector privado multiplicando su sueldo, eligen la segunda opción. Estamos perdiendo talento y estamos empobreciendo la Administración pública.

'Los diputados pueden dejar su acta y ponerse a realizar labores de lobby con sus excompañeros al día siguiente de abandonar el escaño'

¿Cree que una regulación y una mayor transparencia ayudaría a borrar la mala fama que arrastran los lobbies?

Sin duda. Aquellos que realizan una acción de lobby profesional y legítima son los primeros interesados en que su actividad se regule. De esta forma podríamos separar lo que es lícito de lo que es el tráfico de influencias. Hasta hace unos pocos años este tipo de prácticas en España estaban más cerca del tráfico de influencias: no había despachos profesionales que se dedicaran a esto; había conseguidores y vendereuniones que lo que hacían era ejercer de intermediarios a comisión entre los grupos de interés y los políticos. Si avanzáramos hacia una regulación donde los contactos entre los políticos y los grupos de presión quedaran registrados, los ciudadanos dispondrían de unas herramientas para valorar el proceso de toma de decisiones en la administración pública.

Pero fenómenos como la puerta giratoria están muy mal vistos en España. Y la llamada vuelta giratoria con marcha atrás, es decir el paso del sector público al privado para terminar volviendo al sector público, incluso es peor. En el Gobierno tenemos un caso que suscitó polémica: el nombramiento de Pedro Morenés como ministro de Defensa después de haber trabajado durante años para la industria armamentística. ¿No podría controlarse eso?

Éticamente lo de Morenés plantea dudas. Legalmente está permitido y no se vería afectado por un endurecimiento de la legislación. Pero es mucho más preocupante algo que pasa bastante más desapercibido y que he apuntado antes: el trasiego entre el sector público y el sector privado por debajo de la cadena jerárquica, no al nivel de ministros o de secretarios de Estado, si no al nivel de asesores parlamentarios, de asesores de los ministerios y de directores generales. En el ámbito de la administración por lo menos tenemos, aunque no siempre se cumple, un período de dos años de incompatibilidad para los altos cargos, pero para el resto no. En el Parlamento no existe ese período de carencia. Los diputados pueden dejar su acta y ponerse a realizar labores de lobby con sus excompañeros al día siguiente de abandonar el escaño.

¿No hay mucha hipocresía en torno a la industria de los lobbies?

Muchos grupos de presión no se reconocen como tales. Niegan hacer lobby. Muchos políticos tampoco lo reconocen. A la hora de defender sus intereses disfrazan su discurso invocando el interés general. Nadie escuchará en el Parlamento a un partido decir 'defendemos esta enmienda porque hemos escuchado los argumentos de esta empresa y creemos que esos argumentos mejoran la ley'. Hay un tabú en ese sentido por parte de los propios políticos: tienen mala conciencia, les da vergüenza reconocer que se relacionan con los grupos de presión y eso retroalimenta la opacidad.

¿Qué contrapesos existen?

Básicamente, el sentido común y la honestidad de los responsables públicos. Ahora mismo no hay más.

Otra crítica que se puede hacer a los lobbies es que no todos tienen el mismo acceso al poder. Los ciudadanos, por ejemplo, están en clara desventaja frente a las grandes corporaciones.  ¿Eso no entraña el riesgo de que sólo se escuche a los más poderosos?

La ciudadanía no es un lobby porque no está organizada como tal. Ese es el problema: precisamente los lobbies se benefician del hecho de que defienden algo que les beneficia directamente a ellos y perjudica al resto de la ciudadanía. Pero como el conjunto de la ciudadanía es un ente difuso y no está organizada, no tiene capacidad ni se entera en muchos casos de que le están perjudicando. Y luego está claro que aquellos que más recursos tienen son los que más acceso tienen al poder, pero me temo que eso es muy difícil de evitar. Pero si dotáramos de más transparencia al proceso, tendríamos más herramientas para controlarlo. Un ejemplo: si se está debatiendo la legislación hipotecaria y tú como ciudadano tienes la capacidad de analizar las actas de las reuniones del secretario de Estado de Economía y ves que se ha reunido siete veces con la patronal bancaria y ninguna con la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, ahí vas a tener una herramienta de presión y de valoración sobre la actuación de los poderes públicos.

¿Los movimientos sociales que han surgido en los últimos tiempos también son lobby? 

Con la crisis se ha incrementado de forma notable el llamado lobby social y se está fomentando la participación ciudadana en la vida política. Esa es una de las pocas consecuencias positivas de la desgracia que estamos padeciendo. Hasta hace bien poco los ciudadanos estábamos muy descontentos con la clase política que teníamos pero nos limitábamos a votar cada cuatro años y luego nos desentendíamos. Hay que fomentar que la gente luche por sus intereses. Y eso también es lobby.

¿Hay lobbies buenos y lobbies malos desde un punto de vista ético?

Hay lobbies que defienden intereses que están más en línea con el conjunto de la sociedad y hay otros que defienden su propio beneficio y un beneficio acotado a un conjunto pequeño de los ciudadanos. Hay bastantes trabajos académicos sobre la cuestión. Mancur Olson en su libro Ascenso y declive de las naciones donde establece esa distinción entre los lobbies más abarcantes y menos abarcantes. Los primeros abarcan un espectro más amplio de la sociedad y los segundos se dedican a mantener sus privilegios frente al resto.

¿Cuáles son los lobbies más poderosos e influyentes de España?

Las principales empresas del país. Si uno va a la página web de la CEOE y pincha en la sección de sectores aparecen todas las organizaciones sectoriales del país. Pero no sólo hacen lobby las empresas: hay ONG's que tienen estrategias de Lobby superprofesionalizadas. La ONCE tiene una capacidad de presión brutal; pero están también los discapacitados, organizaciones sin ánimo de lucro. Hay un montón de organizaciones que la gente no asociaría con el lobby y que hacen lobby a diario. Y también tenemos a la Iglesia católica.

¿La Iglesia?

Sí. La Iglesia tiene una cantidad de medios a su disposición y un poder consolidado a través de siglos que le permiten mantener una posición de interlocución privilegiada con el Estado. Y eso está reconocido al máximo nivel.

'Hace unos meses The New York Times publicó una estimación de la fortuna del rey que aquí en España pasó desapercibida'

Siguiendo con los nombres propios, ¿el rey ha practicado el lobby?

Entra dentro de lo razonable pensar que sí. Yo creo que en el caso del rey lo suyo no es lobby: él es un más bien un bróker de la influencia. Gracias a sus contactos al más alto nivel se permite defender intereses de terceros. Por ejemplo, el rey jugó un papel muy importante en la adjudicación del AVE a La Meca. Muchos ciudadanos podrían entender que el rey obtuviera una remuneración por esa actividad, pero qué menos que tener los datos para saberlo. Hace unos meses The New York Times publicó una estimación de la fortuna del rey que aquí en España pasó desapercibida. El diario decía que tenía un fortuna superior a los 2.000 millones de dólares.

En su libro usted cita a CiU y a Miguel Sebastián como muy proclives a los lobbies

Todos los testimonios que he recogido de todos los ámbitos —izquierda, derecha, Gobierno, oposición, P0arlamento— coinciden en que CiU está muy próximo a los lobbies. Todos, incluso en Catalunya coinciden en este análisis. Pero que esto sea así tiene su lógica: por la estructura del Parlamento, CiU se ha configurado como un partido bisagra y eso favorece su papel de intermediario con los lobbies. En el caso de Miguel Sebastián yo no sé si ha sido el ministro que más lobby ha defendido, pero sí que dentro de los Gobiernos de Zapatero era de los casos más llamativos.

También menciona a Alejandro Agag. ¿Le considera un lobbista o un conseguidor?

Agag es un conseguidor. 

En época de crisis, ¿los lobbies tienen sentido? ¿No se supone que habría que mirar más por el interés general?

No se puede poner una barrera. ¿Quién y cómo establece qué es el interés general?. Eso es un poco difuso.

'Alejandro Agag es un conseguidor'

¿La corrupción y el descrédito de la clase política pueden perjudicar a la industria del lobby?

Perjudican en la medida en que en la sociedad existe una confusión generalizada entre lo que hacen los lobbies y el tráfico de influencias, pero desde luego no tiene nada que ver con el lobby. La transparencia permitiría eliminar el 'piensa mal y acertarás'. Ahora mismo los ciudadanos piensan que los políticos son todos unos corruptos y unos sinvergüenzas, pero luego, e insisto otra vez en ello, no tienen herramientas para valorar qué hacen los políticos en su trabajo y cómo llegan a tomar las decisiones que toman. Ese es el quid de la cuestión.

¿Cuántos factura la industria del lobby en España?

Unos 100 millones al año y trabajan unas 500 personas, pero ese dato es a ojo de buen cubero porque no hay ningún tipo de registro. Y luego, claro, hay muchas organizaciones que hacen lobby y no se reconocen como tales. Por lo tanto, es complicado cuantificarlo.

¿Los lobbies son conservadores por naturaleza?

La gran mayoría de ellos sí. Muchos de los lobbies se dedican a conservar sus propios privilegios. A muchos de ellos les dan miedo los cambios.

En cualquier caso, parece difícil cambiar la mala imagen de los lobbies aunque se les dotase de la mayor transparencia del mundo.

Pero eso va más allá de lo que hacen los lobbies. Eso también es producto de la situación actual en la que estamos y de la falta de autonomía que tiene no sólo el Gobierno español sino cualquiera de la UE para tomar sus propias decisiones dentro de la arquitectura institucional actual. Eso condiciona y tiene mucho más que ver que la presión que luego puedan ejercer los lobbies financieros y económicos, que sin duda es mucha. Los lobbies van a seguir presionando igual pero por lo menos lo podemos saber, porque ahora no lo sabemos.