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Santiago Alba Rico: "España nunca ha sido un país democrático"

El filósofo analiza en una conversación a fondo con Públic el fracaso de las revoluciones democráticas en los países árabes y la posterior respuesta autoritaria en un mundo que ve caminar hacia el populismo de derechas.

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El filòsof Santiago Alba Rico. CARLES BELLSOLÀ

Escritor, ensayista, filósofo y, sobre todo, heterodoxo. Santiago Alba Rico (Madrid, 1960), habitual en diversos medios de comunicación alternativos y autor del ensayo Ser o no ser (un cuerpo) (Seix Barral), se ha convertido en una voz imprescindible a la hora de analizar el mundo actual y el papel que debe jugar la izquierda. Una izquierda, o parte de ella, con la que es a menudo igualmente crítico. Gran conocedor del mundo árabe -y de primera mano: hace dos décadas que vive en Túnez- considera un peligro mayor para Europa la islamofobia que el yihadismo. Se declara "conservador y moderado", frente a un capitalismo "radical" que "bombardea ciudades y desahucia abuelos". Y pide respetar el derecho de autodeterminación de Catalunya, aunque no ve un referéndum a la vista.

Con la excepción de Túnez, las primaveras árabes no parece que hayan desembocado en aperturas hacia la democracia. ¿Qué ha pasado?
Ha habido varias contrarrevoluciones simultáneas que han impedido que estas revoluciones democráticas y pacíficas, que creo que ya debemos declarar derrotadas, consiguieran su propósito. Es más, incluso se ha empeorado con respecto a las situaciones  precedentes. Yo siempre he dicho que las revoluciones árabes se hicieron contra un ciclo de tres elementos en los que se encontraba atrapada la zona, como en una trampa para osos: las dictaduras locales, las intervenciones extranjeras y las respuestas yihadistas terroristas, que se alimentan recíprocamente. Contra este ciclo se levantan las revoluciones árabes, y su derrota restablece estos tres elementos, estos trillizos, incluso con más fuerza. Que tienen el mismo objetivo, que es impedir la democracia. Podríamos hablar de un regreso de los zombis. Las revoluciones árabes demostraron que estas fuerzas que dominan la región están muertas. Pero los muertos pueden dominar el mundo por toda la eternidad, como sabemos por las películas.

"Las revoluciones árabes se hicieron contra las dictaduras locales, las intervenciones extranjeras y las respuestas yihadistas"

¿Hay un lugar para la esperanza, en el sentido de que, aunque las revoluciones democráticas hayan fracasado ahora, puedan haber sembrado una semilla para el futuro?
Seré muy pesimista. No me gusta esta forma que tenemos de consolarnos desde la izquierda. Es cierto que mientras haya vida hay esperanza y que la historia no termina nunca, pero debemos tener criterios para saber cuando avanzamos y cuando retrocedemos. Y esto es un grave descalabro. Es como si, en abril de 1939, la izquierda española se hubiera hecho esta pregunta. Entonces quedó claro que el franquismo era un desierto y que había que empezar de nuevo. Creo que ahora pasa lo mismo. Sólo hay una esperanza, muy débil y más bien simbólica, que es Túnez.

¿En qué punto se encuentra la situación en Túnez?
La transición democrática en Túnez es muy frágil, está amenazada, y corre el peligro de sumergirse en el caos regional. Nada acompaña favorablemente este proceso. La situación económica es peor que bajo Ben Alí. Los tunecinos pidieron pan y les dieron democracia, pero el caso es que siguen pidiendo pan, y la democracia que les han dado es insuficiente. Hay, sin embargo, dos elementos positivos. Por un lado, que tanto EEUU como la UE están muy interesados ​​en que triunfe este proceso democrático. Por otra, que en Túnez sí se da un factor indispensable para una democratización, al menos formal, del mundo árabe, como es la integración de fuerzas laicas e islamistas. El islamismo tunecino está políticamente integrado, y se ha convertido en una fuerza democrática musulmana, comparable a la democracia cristiana europea. Esto es esperanzador. En el lado negativo, bajo pretexto de combatir el terrorismo yihadista -que se ha cebado con Túnez-, hay muchos retrocesos democráticos.

¿Por qué Túnez ha sido la excepción?
A veces, los handicaps son ventajas. Túnez es un país muy pequeño, sin gas ni petróleo. Además, es muy homogéneo -toda la población es musulmana y sunnita-, y tiene el sindicato más fuerte del mundo árabe, que juega un papel estabilizador. Y no olvidemos que EEUU y la UE han invertido muchos millones, convirtiéndolo en un laboratorio de pruebas. Norteamericanos y europeos han llegado a la conclusión, después de otros experimentos dictatoriales, que para sus propios intereses hace falta un poco de democracia en la región. Otra cosa es que si EEUU y la UE cambian de opinión puedan abandonar el proceso, como ya pasó en Egipto.

"Hace cinco años hubo una revolución democrática mundial, y ahora hay un claro desplazamiento hacia la derecha autoritaria y la dictadura"

Especialmente sangrantes son los casos de Libia y Siria, donde ahora hay un Estado fallido y una guerra civil, respectivamente ¿Qué se ha hecho mal?
En Libia está claro que hubo una calamitosa intervención de la OTAN -que interviene para evitar que las fuerzas locales derroten a Gaddafi por ellas solas-, unida a la intención de gestionar el país desde fuera, al servicio de diversas potencias. En Siria no ha habido ninguna intervención de la OTAN. Pero sí de Rusia y de Irán, que han impedido el derrocamiento de Bashar Al Assad. Un derribo que respondía al deseo de buena parte del pueblo sirio que se levantó pacíficamente en marzo del 2011. Otros actores regionales, como Arabia Saudí, tampoco querían una victoria de las fuerzas democráticas, y han armado a grupos radicales. La situación en Siria recuerda un poco la de la Guerra Civil española, con una inacción internacional que puso a la República en manos de la URSS. Los que han querido seguir luchando contra la dictadura de Al Assad no han tenido más remedio que buscar a las milicias que tenían armas. Y estas, financiadas por Turquía o por Arabia Saudita, eran justamente las más radicales.

Hace cinco años hubo una revolución democrática mundial, y ahora hay un claro desplazamiento hacia la derecha autoritaria y la dictadura. No sólo en los países árabes, también en España, en Grecia, en Turquía o en Wall Street. Como decía Gramsci, el fascismo es el resultado de una revolución derrotada, y lo estamos viendo ahora. Y Siria es el modelo. Bashar Al Assad parecía hace cinco años que sería el último dictador del mundo árabe, y ahora es casi el modelo a seguir por el autoritarismo.

El filósofo Santiago Alba Rico. CARLES BELLSOLÀ

Desde Europa, y a veces incluso a veces desde la izquierda, se defiende que, como mal menor, es mejor un dictador como Al Assad, que pare los pies al yihadismo.
De hecho, hay una parte de la izquierda que no considera Al Assad como un mal menor, sino como un paladín de los derechos humanos, del socialismo, el antiimperialismo y el humanismo. Personalmente, esto me produce un inmenso dolor, y desde estos sectores he recibido no ya acoso, sino amenazas. La izquierda ha demostrado muchos prejuicios respecto a las revoluciones árabes. Y especialmente la izquierda de América Latina. Desde países con procesos emancipatorios populares, tales como Bolivia, Venezuela o Ecuador, han acabado no ya abandonando a los pueblos árabes, sino apoyando a sus verdugos. Y eso ha dictado línea a una parte de la izquierda europea. Con la paradoja de que, respecto a Siria, parte de la izquierda mundial se alinea con la extrema derecha europea, para apoyar al verdugo de un pueblo que reclamaba libertad, dignidad, justicia social y democracia. Casi todos los gobiernos del mundo están de acuerdo en que es preferible Al Assad al Estado Islámico. Pero no se puede acabar con el Estado Islámico sin acabar con Al Assad. Van juntos, en el mismo paquete. No hay ninguna solución para Siria, ni siquiera mala, si no se entiende que hay que acabar con los dos al mismo tiempo.

"No se puede hablar de radicalización del Norte de África. Sobre todo si se compara con la radicalización en Europa"

¿Se está radicalizando el mundo árabe?
Hay una encuesta reciente para el Norte de África del Instituto Adenauer que es muy significativa. La mayor parte de los encuestados de Egipto, Libia, Argelia, Marruecos y el 47% en Túnez se identifican antes como musulmanes que como ciudadanos de sus países. Este es el resultado que esperaría la islamofobia europea. Pero, a continuación, en los cinco países la mayoría está a favor de la separación entre religión y Estado. Y el Estado Islámico sólo tiene un apoyo de entre el 0,5% y el 2%. No se puede hablar de radicalización del Norte de África. Sobre todo si se compara con la radicalización en Europa, y pensamos en los votantes del FPÖ en Austria, de Le Pen en Francia, de Ordan en Hungría, del Brexit en el Reino Unido. No existe una radicalización del mundo árabe musulmán. Sí que nos encontramos ante una desdemocratización en marcha. Y con un porcentaje de población muy descontenta que se suma al yihadismo como vehículo de empoderamiento a través de la violencia. Y también de impugnación de la hipocresía internacional, lo que antes se llamaba, cuando los revolucionarios eran de izquierdas, 'la moral burguesa'.

Hablemos de islamofobia. Usted ha dicho en alguna ocasión que puede ser mucho más peligrosa la respuesta europea a la amenaza yihadista que el mismo yihadismo.
Es un poco brutal decir eso, pero el islamismo radical, que es trágico y siniestro, en Europa ha matado a muy poca gente. La mayor parte de sus víctimas son musulmanes, como la mayor parte de los que lo combaten son musulmanes. Las minorías europeas musulmanas son ya muy vulnerables, por sus condiciones económicas y sociales. Y el islamismo radical y la islamofobia son discursos que se complementan, y lo saben las dos partes. Al islamismo radical le interesa inducir islamofobia, y por eso comete atentados en Europa. Y la islamofobia construye un enemigo interno, que es sospechoso y amenazador como cuerpo colectivo, y contra el cual se elaboran leyes de excepción, en forma de leyes antiterroristas. Yo siempre pongo el ejemplo de los judíos. No hay un paralelismo total y son épocas diferentes, pero la construcción del enemigo llamando musulmán y la construcción del enemigo llamado judío son muy parecidos. No debemos olvidar que, para que los europeos nos hiciéramos sensibles a la vulnerabilidad de los judíos, hubo que matar a seis millones. Y que la indiferencia respecto a los regímenes fascistas acabó afectando a todos los europeos, fueran judíos o no. Lo mismo está empezando a pasar en cierta forma con respecto a los musulmanes.

"El feminismo europeo debería preocuparse de las mujeres que son doblemente víctimas, del patriarcado universal en su forma musulmana y de la islamofobia"

Por lo que se refiere a las polémicas sobre el velo y el burkini, a menudo se defiende -también desde parte de la izquierda- que hay que regular su uso en nombre de los derechos de las mujeres.
Esto es muy inquietante. Hay una izquierda islamofóbica -más en Francia que aquí, donde ha contribuido a imponer la hegemonía del pensamiento de Le Pen-, que pretende no ser islamofóbica pero que considera el Islam como incompatible con la liberación de género. Pero no debemos olvidar que la mayor parte de las agresiones islamofóbicas en Europa se realizan contra mujeres con velo, de las que el feminismo se debería preocupar. El hecho de llevar velo no convierte a estas mujeres en otra cosa. Y el feminismo debería preocuparse de mujeres que son doblemente víctimas, del patriarcado universal en su forma musulmana y de la islamofobia. Hay muchas mujeres musulmanas que creen que el Islam es compatible con la liberación de género, y que ha sido secuestrado por una lectura patriarcal del Corán y de los hadit, y las feministas europeas deberían ser sus compañeras de viaje.

También se defienden estas regulaciones del velo en nombre del laicismo
El laicismo no es una doctrina sociológica, no tiene nada que ver con el ateísmo. Es una pura cuestión jurídica. Como ya dijo Benjamin Constant en 1818, consiste en que el Estado garantice dos cosas: que cualquier ciudadano podrá practicar la religión que quiera, y que ninguna religión gestionará la política del Estado. Lo realmente religioso es la persecución, tanto si una religión persigue a otra como si, de repente, se persigue a una religión en nombre del laicismo. Un laicismo que hace leyes contra una religión concreta deja de ser laico y republicano. Francia no es laica ni republicana. Francia es ahora un país nacional-religioso e identitario, que usa el nombre del laicismo por traicionar al propio laicismo. El laicismo garantiza justamente que nadie será perseguido por como vista o por cómo piense. Y la izquierda no debería seguir este camino, que lleva, una vez más, hacia la construcción de un enemigo interno.

"Francia es ahora un país nacional-religioso e identitario, que usa el nombre del laicismo para traicionar al propio laicismo"

¿Y qué habría que hacer en los casos concretos de mujeres musulmanas que no quieren llevar velo y se ven obligadas por su entorno?
De la misma forma que si un padre no deja salir a su hija y la pega, la hija debería denunciar, si hay mujeres musulmanas que no quieren llevar velo y sus padres las obligan, deberían denunciarlo. Y esto no pone en cuestión el principio general, condición misma de la democracia, que dice que tenemos que aceptar que las mujeres en Occidente actúan por propia voluntad tanto cuando se desnudan como cuando se ponen el velo. Porque, si siguiéramos por este camino, deberíamos aceptar que hay muchas más presiones sociales para que las mujeres se quiten la ropa y exhiban su cuerpo a la medida de los deseos de los hombres.

¿Además de una cierta islamofobia de parte de la izquierda, hay también una islamofília acrítica?
Este siempre ha sido un gran peligro. Parte de una versión muy colonial. La islamofília reproduce los procesos de construcción del objeto islamófobo, pero al revés. Hay dos respuestas a la islamofobia que no me gustan nada. Una es la inversión pura, que es considerar que el Islam, en general, es una religión maravillosa de paz e integración, etcétera. La otra es la respuesta miserabilista, que consiste en decir que Occidente tiene la culpa de todo. De forma que incluso podemos acabar, si no aprobando, sí justificando el yihadismo terrorista como respuesta al colonialismo. Los musulmanes no son mejores ni peores que nosotros, son iguales. Y por eso mismo les hemos de reconocer sentido de la responsabilidad. No hay ninguna situación, por humillante que sea, que no permita un margen de responsabilidad. Y negar la responsabilidad de los que militan en el yihadismo es tratar a los pueblos árabe-musulmanes con visión colonial y paternalista.

Una frase suya: "A ningún español, y menos de izquierdas, le debería dar miedo la idea de una Catalunya republicana e independiente". Según las encuestas, no obstante, parece que esta no es la opinión mayoritaria en el resto del Estado.
En los últimos años, y yo creo que sobre todo gracias a Podemos, al menos ha dejado de ser un tema tabú. Ahora ya se puede plantear el derecho a decidir, que es suficientemente vago y suficientemente atrevido como para ir en una dirección u otra si hubiera disposición política. El problema es que esta disposición no existe. Para mí es una cuestión de principios, y el principio del derecho a la autodeterminación debemos tenerlo claro. Y no tendría que despertar un gran escándalo. Pero, en una España que ha cambiado mucho en las últimas décadas, la cuestión de la unidad territorial no ha cambiado. Y es necesario resolverla para resolver la cuestión democrática. España, en 500 años, nunca ha sido un país democrático. Y todavía hoy no lo es del todo justamente por eso. Hay que afrontar formas políticas concretas que reconozcan la plurinacionalidad del Estado, a partir del reconocimiento del derecho a decidir de los catalanes, vascos y gallegos.

"Convergència no está en absoluto convencida de seguir el camino hacia la independencia y pactará con el Estado a la mínima que se lo propongan"

En Catalunya existe un amplísimo consenso a favor de celebrar un referéndum ¿Cree posible que se celebre de acuerdo con un futuro gobierno central?
No, sinceramente, no. Hay dos estrategias diferentes y desgraciadamente paralelas de una izquierda catalana, alrededor de la CUP, y una de todo el Estado, alrededor de Podemos. Unos creen que hay una posibilidad de ruptura a partir del independentismo, y esta vía la veo ahora cerrada. Los otros creen que la cuestión territorial sólo puede resolverse a partir de una ruptura posible en el Estado, desde el centro, y esta posibilidad la veo, si no cerrada, al menos postergada. Sí se ha avanzado mucho, y habría que buscar, a más largo plazo, fórmulas que naturalicen el concepto del derecho a decidir y la posibilidad de cuestionar el marco autonómico surgido de la primera transición.

¿Está diciendo que se ha cerrado el camino a la independencia?
Sí. Convergència [ahora, PDECAT] no está convencida en absoluto de seguir por este camino, y acabará pactando con el Estado a la mínima que se lo propongan. Y creo que, incluso en ERC, existe el convencimiento de que esta vía se cerrará, por lo que están más pendientes de sustituir a Convergència como fuerza protagonista que debe gestionar en los próximos años el capital político del independentismo.

"Desde la izquierda hemos de ser revolucionarios en la economía, reformistas en la vertiente institucional y conservadores frente a un capitalismo revolucionario"

¿Y por lo que se refiere a las posibilidades de que en un futuro llegue Podemos al poder, las ve postergadas para mucho tiempo?
Todo dependerá de cómo resuelva el partido sus conflictos internos. Si se solucionan bien, puede que, en unos pocos años, esté en condiciones de intentar de nuevo el asalto al poder. Sin olvidar que los obstáculos no serán sólo internos, en una Europa que se desplaza muy rápidamente hacia el populismo de derechas, y donde Podemos contará con muy pocos aliados. Tenemos que pensar en términos muchos modestos, ahora mismo. Se pueden tener programas muy radicales, pero ahora el más radical es ser modesto, propositivo y, obviamente, divergente. Hay que hacer propuestas factibles que impugnen al mismo tiempo la fracasada solución neoliberal como la alternativa de extrema derecha. Esta debería ser la posición de Podemos para atraer a una mayoría social. Es un programa de contención

En este mismo sentido, alguna vez ha dicho usted que ahora la izquierda debería ser conservadora, aunque parezca una paradoja.
Yo soy muy conservador y muy moderado. Lo que es inmoderado y radical se bombardear países y desahuciar abuelos. Eso sí que me parece de un radicalismo enorme. Desde la izquierda tenemos que ser revolucionarios en la economía, reformistas en la vertiente institucional, y conservadores frente a un capitalismo revolucionario que ha ido deshaciendo relaciones y vínculos.