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La sucesión en el PP La fragilidad de Rajoy precipita las opciones sucesorias de Feijóo

El presidente de la Xunta reenfoca sus planes para dar el salto a la política nacional asegurando que no traicionará al líder del PP, pero asumiendo el discurso de quienes creen que el partido debe pedir disculpas y mostrarse avergonzado por la corrupción

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Rajoy y Feijóo en una imagen de archivo. EFE

La sentencia de la Gürtel y la moción de censura presentada por el Partido Socialista han vuelto a poner a Alberto Núñez Feijóo en el centro del debate sucesorio. Porque la posibilidad de que los populares sean desalojados del poder y abocados a unas prontas elecciones con un candidato manchado, si es que Rajoy se empecina en seguir al frente, ya no es una hipótesis lejana que se plantee por lo bajinis en las sedes regionales del PP. Es una amenaza grave que alimenta el discurso de quienes ven en el presidente de la Xunta la única baza para que el partido no se desintegre.

Feijóo llevaba meses posicionándose para preparar su salto a la política nacional. Pero no quería brincar de manera anticipada para no enfrentarse a destiempo con sus rivales, especialmente la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, y la ministra de Defensa, Dolores de Cospedal. Tampoco deseaba aparecer como un outsider sin contar con el consentimiento expreso de Rajoy. Fuentes de su entorno reconocen que ni los tiempos ni el escenario en el que ha desembocado la sentencia le benefician. Pero advierten de que tampoco les son favorables a sus competidores.

El plan del presidente gallego pasaba por esperar un año largo. Y asegurarse, sobre todo, de que las aguas estuvieran más calmadas para que su futuro lo hubiera podido señalar el propio presidente del Gobierno. No hacía falta que lo hiciera explícitamente con un dedazo al estilo aznarista. Bastaba con que le entregara un Ministerio con pegada que le sirviera de trampolín, y que ocuparía con buena parte de su equipo gallego para ir picando piedra sucesoria. En el diseño de esa operación entraba incluso la presidenta del Congreso, Ana Pastor, quien ya se habría dejado querer para hacer el viaje de vuelta a Galicia en el 2020 como candidata a las autonómicas gallegas.

La sentencia de la Gürtel, es cierto, le ha dado la vuelta a todo eso. Aunque los movimientos que Feijóo ha venido haciendo hasta la fecha siguen sirviendo a sus objetivos. Su entorno admite fuera de micro que en los últimos meses han habido contactos, directos e indirectos, con otros barones regionales, como Juan Vicente Herrera, presidente de Castilla y León; Alfonso Alonso, presidente del PP vasco, y Juan Manuel Moreno, su homólogo en Andalucía. Pero sostienen la tesis, tal vez poco creíble, de que esos contactos sólo se han producido por cuestiones institucionales y para analizar la situación del partido. En ningún caso para tomar posiciones de cara al relevo de Rajoy.

Lo que sí es creíble es que, de momento, Feijóo no quiere hacer sangre ni sacar tajada de la creciente fragilidad en que ha devenido la figura del líder del PP por el goteo de casos de corrupción. Porque podría tirar piedras contra su propio tejado si el cartel electoral del partido se acaba convirtiendo en un peso demasiado difícil de levantar de aquí a que se celebren elecciones generales. Prueba de ello es la ambigüedad del discurso que maneja estos días.

Ayer mismo, Feijóo asumió el argumentario de quienes abogan, como la vicesecretaria de Estudios y Programas del PP, Andrea Levy, por agachar las orejas, pedir disculpas y mostrarse avergonzados en público por la Gürtel. Es decir, todo lo contrario de lo que hasta ahora ha hecho Rajoy, a quien, sin embargo, Feijóo sigue defendiendo y con quien, asegura, jamás actuará “como un Judas”.

Claro que ese discurso ofrece groseros agujeros. El pasado jueves, los directivos de la televisión pública autonómica ordenaron que la cobertura de la sentencia se sustanciara en un vídeo de no más de 40 segundos. El informativo estrella de la TVG ofreció la noticia en tercer lugar, a mitad de telexornal y sin hacer referencia alguna a que la red corrupta de la Gürtel empezó a tejerse, precisamente, en Galicia.

Fue en esta comunidad donde Special Events, la empresa propiedad de Francisco Correa y de la que ex diputado y congresista Pablo Crespo era administrador único, empezó a organizar los actos festivos y electorales del PPdeG entre 1996 y 1999. De hecho los contrataba todos, lo que tiene una explicación, que no justificación, fácil: el propio Crespo era también secretario de Organización de la formación. Por entonces, Feijóo ocupaba la Secretaría Xeral de Sanidade en la Xunta de Manuel Fraga.

Mientras los medios públicos amortiguan el impacto de la noticia, el PP también impide que la discusión llegue al Parlamento autonómico. Ayer mismo, su portavoz, Pedro Puy —por cierto, sobrino de Fraga—, anunció que su formación impedirá que Feijóo comparezca en la Cámara para explicar las derivadas gallegas de la Gürtel, como ha pedido la oposición. “No hay que despejar ninguna duda porque no hay ninguna duda”, dijo. Al tiempo, siguió al dedillo el guion del discurso oficial de Génova con las adaptaciones que requieren las aspiraciones políticas de Feijóo. Es decir, los populares gallegos, con su presidente a la cabeza, se sienten “abochornados” por la Gürtel. Pero Rajoy sigue siendo un líder honorable e indiscutible que cuenta con todo su apoyo.

Las posibilidades de Feijóo de salir airoso en la batalla sucesoria pasan en buena medida de su pericia para manejarse en ese mar de contradicciones, a las que a veces sólo puede responder con el silencio. La semana pasada ni siquiera contestó en el Parlamento autonómico cuando la portavoz del Bloque Nacionalista Galego, Ana Pontón, le afeó la detención del exministro Eduardo Zaplana. Y eso que Feijóo siempre ha defendido que los gobiernos de Aznar, bajo los que él ocupó las presidencias del Insalud y de Correos, fueron los que trajeron verdadera “prosperidad” a España. “Ya sabemos para quién fue esa prosperidad”, le espetó Pontón. En otras ocasiones Feijóo había respondido con contundencia defendiendo el legado de su partido. Pero esta vez calló.