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Terremotos económicos y temblores políticos

Crece el descontento ciudadano, pero no hay cambios significativos en la correlación de fuerzas  

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Durante un trimestre, de mediados de septiembre a mediados de diciembre, en el que se han conmovido más bien desintegrado los cimientos del sistema económico y los gobiernos de todo el mundo han permanecido al principio en estado cataléptico, y luego se han sucedido las contradicciones, las medidas unilaterales y la desorganización, junto a movilizaciones enormes de recursos que ningún gobernante habría admitido hace un año que se podían movilizar sin que quebrase el sistema, las posiciones relativas de los políticos en las valoraciones y tendencias de voto de los ciudadanos apenas han cambiado. Mientras ocurren, por arriba, cambios tremebundos en el sistema económico, por abajo la gente está desconcertada, pero ha cambiado muy poco en sus actitudes políticas.

Lo más que ha sucedido durante el trimestre es lo mínimo que podía suceder: que se deteriorasen un poco, en general, las valoraciones de los políticos, las simpatías que generan y la confianza que suscitan. Que no se hayan desplomado es consecuencia del escepticismo de los ciudadanos, que, al no esperar demasiado de los gobernantes, no les exigen más de lo que creen que pueden dar. La gente está convencida de la limitación de los gobiernos y no digamos las oposiciones en las crisis económicas; lo único que reclama a unos y otros es que sean honestos, que miren (un poco) por los intereses de todos, que no se equivoquen demasiado y, cuando se equivoquen, rectifiquen

La gente no cree que la política pueda realmente cambiar la marcha de las cosas, porque la ideología dominante es la de la disolución de lo político en lo económico, en la que el gobierno es gestión y la política, administración. Lo que se imagina en juego es quién gestiona y administra si los nuestros o los otros y con qué criterios, y en consecuencia quiénes se espera que se beneficien o sufran más por unos resultados buenos o malos que no es a los políticos primariamente a los que se atribuyen.

[Lo difícil ahora sería convencer a los ciudadanos de que la política puede cambiar el sistema. Y es evidente que los gobiernos, que se ven forzados en esta crisis a tomar medidas que alteran radicalmente los mecanismos de funcionamiento del sistema y lo subvierten, ni lo asumen con todos sus consecuencias, ni se atreven a decirlo, y, si lo dicen, nadie les cree. Una intervención del Estado en la economía de las dimensiones de la que se está produciendo, que contraría las leyes del mercado, es virtualmente otro sistema; aunque su objetivo declarado sea volver al sistema, durante esa transición lo suspende y abre una ventana de oportunidad para cambiarlo. Pero ni los ciudadanos se lo creen, ni los políticos hablo en general están dispuestos a modificar más que lo imprescindible].

Zapatero ha empeorado, pero está en niveles que le permiten resistir el primer impacto de la crisis

¿Qué ha pasado durante estos tres meses de tsunami económico en las actitudes de los ciudadanos hacia los políticos? Tres indicadores sensibles a los cambios de actitudes de los electores, que pueden decirlo, son la valoración de los líderes políticos, la confianza que se deposita en ellos y las simpatías por los partidos. Un cuarto indicador del cambio de actitudes son las intenciones declaradas de voto; este último indicador fuera de los periodos preelectorales es más significativo respecto a las actitudes políticas que respecto a las tendencias de voto. En los cuatro indicadores se han producido cambios significativos de hace un año a la actualidad, pero todos ellos han sido relativamente reducidos, sin proporción a los cambios socioeconómicos.

Lo podemos comprobar comparando los datos del primer Publiscopio preelectoral realizado entre el 20 de noviembre y el 21 de diciembre de 2007, con una muestra de 9.071 entrevistas con el último Publiscopio político realizado entre el 25 de noviembre y el 18 de diciembre de 2008, con 3.198 entrevistas.

Las valoraciones medias de Zapatero y Rajoy estaban en 2007, respectivamente, en 5,4 y 4,3; un año después ambas han bajado, a 4,9 y 4,0. La proporción de electores que confían (mucho o bastante) en Zapatero era de un 41,5% hace un año y es ahora de un 33,6%; en Rajoy confiaban a finales de 2007 un 24,7% y ahora, un 19,5%.

Las pérdidas en el lapso de un año de cinco y tres décimas en las valoraciones medias, y de ocho y cinco puntos porcentuales en la confianza declarada en los líderes, indican que sus imágenes se han deteriorado en el contexto de la crisis, pero no significan un cambio radical. Aunque sea el presidente el más afectado por ello, es más difícil la posición del líder del PP, porque su margen era menor.

El problema no es que la imagen de Rajoy haya empeorado mucho en estos meses de crisis, sino que estaba ya en una posición mala y no sólo no ha mejorado, sino que ha empeorado, con lo que ha agotado su crédito; ya no puede empeorar más sin que su imagen termine de quebrarse (por eso parece seguro que las elecciones del próximo semestre serán decisivas para su futuro). Con 4,9 de valoración media y ocho puntos menos de confianza, Zapatero ha empeorado claramente su posición, pero se mantiene en niveles que le permiten resistir el primer impacto de la crisis y le dan todavía oportunidad de consolidar imagen durante el próximo semestre.

En cuanto a los indicadores sobre el respaldo a los partidos, los cambios son muy parecidos: el impacto de la crisis se salda, por ahora, con pérdidas para PSOE y PP, que indican que la confianza de los electores en ellos y la adhesión a sus políticas se debilita, pero en las que se mantienen sin gran cambio las posiciones relativas. Los simpatizantes socialistas eran un 34,1% hace un año y son ahora seis puntos menos, un 28,7%; los simpatizantes del PP eran un 24,0% y son ahora un 20,6%, tres puntos y medio menos. Las intenciones declaradas de voto han variado de modo muy parecido: del 32,5% al 27,1%, las favorables al PSOE, y del 24,8% al 20,9%, las favorables al PP. Lo que crece son los que no simpatizan con ningún partido y los que no tienen intención definida de voto.

En suma, más descontento en los ciudadanos pero ningún cambio en la correlación de fuerzas.