Publicado: 25.08.2015 13:46 |Actualizado: 25.08.2015 13:46

Txiki Benegas, el hombre que 
bautizó a Felipe González como 'Dios'

Este martes ha fallecido uno de los políticos con más peso en el PSOE de los años 80 y 90. Su carrera se frenó por unas conversaciones telefónicas filtradas en las que criticaba a la cúpula del partido. Conservaba su acta de diputado desde 1977.

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Felipe González junto a Txiki Benegas en 2000.

Felipe González junto a Txiki Benegas en 2000.

MADRID.- El fallecimiento de José María Benegas (Caracas, 1948) causó más que conmoción en las filas del PSOE. Era un dirigente querido, respetado, a quien siempre se le pedía consejo cuando las cosas se complicaban, y siempre tenía una salida que proponer a los problemas.

No en vano, Benegas llevaba toda su vida en política. Fue un político con mayúsculas durante casi cuarenta años. Ya fue decisivo en el histórico Congreso de Suresnes (1974), para la elección de Felipe González como secretario general del PSOE, pero también lo ha sido en muchos de los principales acontecimientos de este país en las últimas décadas.



Diputado desde 1977, ya muy joven fue consejero de Interior en el País Vasco con Ramón Rubial como presidente vasco. Estuvo y fue clave en la negociación del Pacto de Ajuria Enea en 1981 y renunció a ser lehendakari en 1984 tras ganar las elecciones en el País Vasco en aras de la estabilidad política. Siempre pensó que fue una decisión acertada.

En 1986, lo recordaba muy a menudo, se volcó en lograr que el PSOE de González ganase el referéndum de la OTAN. "Nos desangramos, económicamente también, aquello desgastó mucho al PSOE, nunca he vivido una campaña así", decía.

Carrera truncada por unas conversaciones telefónicas

Ya era secretario de Organización del PSOE y, en parte, su carrera política se vio truncada, por unas grabaciones reveladas por la Cadena Ser durante unas conversaciones telefónicas en su coche y en las que se refería a Felipe González como el “one” y "dios" y vertía duras críticas sobre su gestión.  

Entre las frases reveladas, Benegas aseguraba que "el problema no era Solchaga, sino el one". Del vicepresidente, Narcís Serra, a quien llamaba "el catalán", comentaba: "Ahí anda, entre dos aguas". Y de Carlos Solchaga, ministro de Economía, a quien citaba como "el enano": "Ya te contaré las chulerías de ese tío conmigo". Eso ocurrió en 1991, cuando ya había un enfrentamiento claro entre los llamados guerristas y renovadores, en el que Benegas se alineó claramente con los primeros.

A partir de la derrota de 1996 del PSOE, pasó a un segundo plano, aunque seguía siendo un referente tanto en el País Vasco como en Madrid. Quería seguir en política y quería seguir de diputado y hasta tuvo que mediar Felipe González en una ocasión para que lo fuera.

Fue muy crítico con Zapatero con su apuesta por la reforma del Estatut de Catalunya, pero también alabó al ex presidente su valentía por poner fin a la violencia de ETA, lo que fue su empeño personal toda su vida.

Benegas sufría con cada atentado de ETA, con cada víctima, con cada recuerdo que le llegaba con cada nombre. No podía evitar nunca llorar cuando en cada acto del PSE se citaba el nombre de los socialistas asesinados por la banda terrorista. Benegas los conocía a todos y no podía contener las lágrimas en cada mitin.

Tuvo mucha información de las negociaciones finales para el fin de ETA, pero fue más que prudente. Sólo repetía: “Las cosas van bien”. Hasta que llegó el día del comunicado etarra y sólo soñaba con poder vivir sin la escolta permanente que le acompañaba desde que tenía treinta años.

Trabajo en el Congreso hasta el final

En los últimos años echó una mano a Rubalcaba en múltiples negociaciones parlamentarias. Le encargaban los temas más espinosos, como tratar que el PP frenara los recortes económicos a los partidos políticos o buscar un acuerdo a la reforma electoral.

Hasta el final estuvo acudiendo al Congreso
. Incluso ya en condiciones de salud muy deterioradas. No perdía el sentido del humor y el análisis crítico de la situación política. Y, cuando se relajaba, contaba cómo le iba a su hijo en el grupo “La Oreja de Van Gogh”. Su pasión por la política también le dejaba tiempo para la música pop de la que se hizo todo un experto –“el disco que ha hecho en solitario Amaya es muy bueno”, comentaba-; y era cuando más sonreía.