Publicado: 07.06.2014 08:30 |Actualizado: 07.06.2014 08:30

Vida y muerte separadas por una carretera

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El 10 de junio de 2014, con el caso reabierto y la fiscalía de Dortmund investigando a seis octogenarios nazis, la efeméride recuerda un sábado tranquilo de 1944 que cuentan florido y soleado en Oradour-sur-Glane, un pueblo cualquiera en la campiña del centro-oeste de Francia. A primera hora de aquella tarde, a Oradour le salieron nubarrones negros y luego un olor insoportable: el de 642 cadáveres —un tercio de niños—, casi todos quemados. La división Das Reich llegó sin que nadie la esperara y cometió la mayor masacre nazi en territorio francés. Escaparon vivos seis.

Aquel día no sólo se pararon los relojes de las casas. 70 años después, sumidos en la calle principal, impresionan los rieles y los postes del entonces flamante tranvía que nunca más llegó desde Limoges, a 26 kilómetros de allí: la catenaria aún cuelga, pero su tensión, aún relativa, no engaña. Aunque la estructura de la iglesia todavía se conserva, el techo se le desplomó y detrás de sus ventanas se ve el cielo. Y sobre lo que queda de los muros de las casas, apenas restos de ladrillo y de concreto gris, se leen placas de negocios con tipografías poco actuales.

Máquinas de coser, cocinas, esqueletos de bicicletas. Un buen número de coches de la época o bien un trozo de campana de acero derretida. Casi todo ello es fierro retorcido igualado primero por el fuego y por el óxido después. En contraste con el vigor de los castaños circundantes, ése es el paisaje que hoy se encuentra quien pasea en Oradour. Una dosis extrema de realidad. Un ejercicio de imaginación, o de memoria.

Pero la memoria es un asunto delicado. Aunque la amenaza desapareció ese día, igual que en otros lugares donde la violencia dejó pocos testimonios aún hay grandes preguntas sobre lo que aconteció. Las penas a los responsables fueron insuficientes y, de vez en cuando, aquella decisión de preservar las ruinas es tema aún de actualidad en Oradour.

Cuatro días antes, el 6 de junio, el desembarco aliado de Normandía había tenido lugar lejos, a 500 kilómetros de allí. Pero en la Francia ocupada, la Resistencia se afanaba en reventar puentes y carreteras para entorpecer el auxilio a los contendientes nazis. Una teoría cuenta que los alemanes buscaban a un oficial de nombre Helmut Këmpfe, supuestamente apresado por el maquis. Otra arriesga que alguien obvió aquello de sur-Glane sin saber que a 36 kilómetros de allí existía otro Oradour: sur-Vayres. Nadie encontró al tal Këmpfe. La versión que prima entre los historiadores dice que fue una acción premeditada, que los nazis simularon haber encontrado allí explosivos y lo eligieron para dar ejemplo.

Después de convocar a los habitantes en la plaza del mercado los oficiales repartieron a los hombres entre seis graneros y a las mujeres y niños los metieron en la iglesia. Luego, igual que había sucedido en el pueblo de Lídice, en la actual Chequia, arrasado exactamente dos años atrás, a los hombres los acribillaron. Después de hacerse el muerto en su granero, Mathieu Borie, que era albañil, se las ingenió para hacer el agujero en la pared y así Clément Broussadier, Jean-Marcel Darthout, Yvon Rovy y Robert Hébras revivieron de entre los cadáveres y consiguieron huir. Después, los soldados intentaron gasear la iglesia, pero aquello terminó en disparos, granadas y una explosión letal. Entre el humo y el fuego, Marguerite Rouffanche se arrojó desde una ventana y fue la única que logró escapar.

Algunas de las víctimas llevaban de apellido Lorente, Serrano, Massachs, Téllez, Gil, Domínguez, Espinosa o Silva. 24 españoles que por una u otra razón vivían o se encontraban en Oradour, algunos de ellos republicanos que rehacían sus vidas allí después de huir de España. Hoy, sus nombres sólo están esculpidos en una placa que el gobierno republicano en el exilio les dedicó en el cementerio.

Sí se salvaron unos pocos escondidos, o porque llegaron ya con el pueblo en llamas. Ellos, junto a los otros seis, recompusieron la historia. Prestaron declaración, escribieron decenas de libros y pusieron otros apellidos a otras caras conocidas que ya sólo estaban en las fotos viejas. Oficialmente hubo 52 muertos, 590 desaparecidos por la imposibilidad de identificar los restos y sólo seis supervivientes.

Al otro lado de la carretera, a pocos metros de las ruinas, el nuevo Oradour es un pueblo casi normal. Al llegar, uno se encuentra con carteles que llevan al restaurante Casa Janine o a la peluquería de Laëtitia. En marzo de 1945, el presidente Charles de Gaulle visitó las ruinas —328 edificios destruidos según el autor Franck Delage en Oradour, ville martyre— y anunció a toda Francia que aquello iba quedarse como estaba. Sería una garantía para la memoria y un símbolo de lo que nunca debía volver a suceder. Y para ello, el nuevo Oradour debía renacer al lado.

Oradour se convirtió pronto en emblema de la reconstrucción nacional para el estado. Palmira Desseix es tesorera del Ateneo Republicano de Limoges, una de las asociaciones que reivindican la memoria de las víctimas del fascismo. Vive a siete kilómetros de Oradour y cuenta que para atraer a posibles pobladores se organizó incluso una gran carrera ciclista, La Renaissance, con las estrellas del momento. En 1953, cuando se inauguró, algunos lugareños no dudaron en regresar a vivir al nuevo pueblo, como la propia Rouffanche.

Rouffanche huyó con cinco tiros y dejó en la iglesia una hija muerta. Gisela Perren-Klingler, psicotraumatóloga suiza, explica que la resiliencia de la persona puede hacer que llegue a un control, entendimiento y sentido que le permitan sobrellevar lo que vivió; que regrese por lealtad a una familia o a un lugar; o bien que sus raíces sean tan fuertes —y cita como ejemplo a los palestinos— que la lleven a volver. En la página web del ayuntamiento de Oradour, Francis Eckhaut, su alcalde, escribe que el pueblo es hoy "símbolo de una cierta revancha de los tiempos".

Pero el marido de la propia Desseix, que entonces tenía dos años, también perdió a su abuela, un hermano y una prima hermana allí. "Mis suegros", cuenta Desseix, "a pesar de que se les reconstruyera una casa en Oradour nunca quisieron ir allá a vivir, se quedaron en Limoges. Al día siguiente [mi suegra] encontró el cochecito de su hijo calcinado y se lo llevó; cada año lo colocaba bajo el árbol de Navidad".

La batuta de la reconstrucción se entregó a arquitectos de París, que desarrollaron la traza y levantaron los edificios principales, y sólo se acordaron de los lugareños una vez tomadas las decisiones importantes. Además, el pueblo fue creciendo al amparo de una industrialización impuesta que resultaba poco natural entre los campesinos. Las primeras dos décadas parecían ser un largo duelo. Los lazos emocionales entre los antiguos pobladores eran fuertes y la brecha con los jóvenes recién llegados se fue haciendo más patente.

En 1997, el expresidente Jacques Chirac inauguró el Centro de la Memoria, una galería subterránea llena de documentación bajo una gran entrada abstracta que hace de acceso único a las ruinas y de túnel del tiempo. Richard Jezierski, su director, escribe que la vida hoy en el pueblo es normal, que Oradour se ha convertido otra vez en un lugar pacífico. "Es cierto que hace 30 años no había color en las casas, ni fiestas en el pueblo, pero hoy esto ha terminado". El nuevo Oradour tiene 2.200 habitantes. Al viejo llegan cada año 300.000 visitas, y al entrar pasan ante una inscripción tallada en cantera vieja. Tiene letras rojas art-dèco y sólo dice "Souviens-toi": acuérdate.

Robert Hébras es uno de los dos supervivientes que hoy sigue con vida. Se enroló en la Resistencia y pasó al LXIII Regimiento del ejército. Tras la guerra regresó a Oradour y tuvo un taller mecánico. Y antes de 1983 nunca habló de su pasado. Ahora vive en Saint-Junien, muy cerca de Oradour, y Desseix, que está presente en cada homenaje, a menudo comparte caminatas con él. Ella dice que es algo conmovedor y que él siempre explica lo que siente así: "Cuando paseo por las ruinas no veo las mismas cosas que ustedes, veo un pueblo intacto, un pueblo alegre y vivo".

En 1953, en Burdeos, se juzgó a los responsables en presencia y en ausencia. En 1954 las dos penas de muerte impuestas se conmutaron por cadenas perpetuas, las otras condenas fueron rebajadas y para 1959 no quedaba un solo alemán penando la matanza. Entre los altos mandos, Adolf Diekmann habían fallecido en el frente de Normandía. Y en ese tiempo el sistema de justicia alemán no permitía extraditar a nadie, así que el general Lammerding, el responsable de la división, triunfó como empresario y murió de viejo en 1971. Solamente Heinz Barth fue procesado en 1983, pero en 1997, diez años antes de morir y en medio de una gran polémica, lo soltaron por viejo. Y aparte, los Malgré Nous (A Nuestro Pesar). 14 de los detenidos, alsacianos y nominalmente franceses, integraban, presuntamente sometidos, esa división nazi. En 1953, Francia los exoneró y la herida volvió a abrirse un poco más en Oradour.

Pero en Oradour hay un lugar donde parecen poder curarse las heridas y donde la integración se ve posible: el cementerio. Situado entre el nuevo pueblo y el viejo, pertenece a sus habitantes, que allí han sido enterrados mucho antes y también mucho después de 1944. "Lo más simbólico", escribe Desseix, "es el sepulcro a los mártires con los nombres y apellidos de todos los que murieron en las plazas. En este lugar es donde se termina la conmemoración anual con depósito de flores de las diferentes asociaciones, municipios y administraciones".

Como escribió una articulista de Info Magazine de Limoges, las ruinas también se caen. La conservación del sitio cuesta al estado francés 200.000 euros al año. Jerzierski cree que hay unanimidad entre las víctimas y familiares: hay que conservarlo todo. Lo que otros plantean es si bastaría con sólo invertir en los lugares emblemáticos: la calle principal, la iglesia.

En septiembre de 2013, el presidente francés, François Hollande, y Joachim Gauck, el alemán, llegaron juntos a Oradour. Gauck fue el primer alemán que llegaba allí en visita oficial. Desseix explica que "las nuevas generaciones no son responsables de lo que ocurrió y se puede hablar de reconciliación, aun si ciertas personas no lo quieren". Pero escribe que "para el otro superviviente, Marcel Darthout" la visita "es ya demasiado tarde".

En enero de este año, unos fotógrafos del diario Bild dieron en un supermercado con Warner C., un ex soldado que estuvo en Oradour. La Fiscalía le imputa nueve cargos pero él dice que no disparó. Tiene 88, la misma edad que Hébras. "Robert dice que estas heridas nunca se cierran", cuenta Desseix. "Dice: ‘sólo pienso en una cosa, vivir, llevar una vida normal y no olvidar nunca el terror sufrido'". Hébras ya no espera que se detenga a nadie, pero necesita que se sepa la verdad.