Publicado: 13.05.2014 12:32 |Actualizado: 13.05.2014 12:32

A Vidal-Quadras
le llama Jiménez Losantos

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(Vox suspendió ayer su campaña electoral en señal de luto por el asesinato de la presidenta del PP de León, Isabel Carrasco, incluido el mitin que su cabeza de lista a las europeas, Alejo Vidal-Quadras iba a celebrar en Getafe. Lo que se describe a continuación es el coloquio que, ya sin medios de comunicación, protagonizó el político catalán con afiliados, simpatizantes y curiosos, entre los que se encontraba el firmante de este artículo.)

"¿Ya no hay nadie de prensa"?, preguntó con su habitual voz rota Vidal-Quadras. "Buscad hasta debajo de las sillas", ordenó con ironía. Aquello iba a ser un mitin tan tradicional que se había buscado el más tradicional de los locales: los salones de boda Emperador, "más de 40 años de tradición y experiencia", y su atrezzo de categoría: lámparas de araña, frescos de la Creación en el techo, retratos romanos en las paredes y rebosantes jarrones de reventonas rosas de tela. Suspendido formalmente el acto tras un minuto de silencio, comenzó una tertulia digna de Intereconomía.

Se había reunido allí un grupo variopinto de unas 60 personas que, en su mayoría, renegaban del PP tanto como los fundadores de Vox. Acudían a reafirmarse en su herejía, a reconfortarse con las críticas al bipartidismo, a ese "duopolio" recién descubierto por quien se había pasado más de 25 años viviendo a su costa, ya fuera como concejal, presidente regional del partido o eurodiputado, un hombre que durante un tiempo se hizo llamar Aleix y que acabó siendo Alejo, en castellano, un nombre de origen griego que significa "el que defiende".

"No se conoce a Vox. Haya que hacerse notar pero sin hacer chorradas"Sin micrófono para acentuar la informalidad de la cosa, Vidal-Quadras inició sus confesiones.  La primera resultó un poco desoladora. Gracias a su sempiterna presencia en El gato al agua, él era famosísimo pero a Vox no lo conocía ni el Tato, y lo que es peor ni siquiera le relacionaban con el partido, lo cual era un problema y de los gordos. La solución pasaba por hacerse notar "sin hacer chorradas", igual que había hecho él por la mañana acudiendo a la conferencia en el hotel Ritz de Madrid del candidato de los conservadores europeos a la presidencia de la Comisión, Jean Claude Juncker,  al que presentaba Mariano Rajoy. "Les descoloqué. Todas las cámaras se volvieron hacia mí. Dije que era normal que estuviera allí escuchando al que sería el líder de mi familia política en Estrasburgo".

Había, por tanto, que pasear el nombre de Vox, al estilo de los militantes de Getxo. "Pusieron una caseta y enseguida vinieron los etarras a echarles. Al día siguiente el incidente estaba todos los periódicos".  Primer requisito exigible: presencia.

De encuestas como el último barómetro del CIS no había que hacer caso "porque está manipulada para desanimar a quienes quieren votarnos". Las fiables eran las que otorgaban a Vox un escaño, el suyo, y eso le daba ánimos. Nadie debía hacer caso a quienes menospreciaban la importancia de un solo puesto en Estrasburgo. "He visto a un único diputado -recordaba Vidal-Quadras- cambiar el rumbo de una directiva, de un libro blanco". Ese diputado nunca había sido él pero estaba dispuesto a intentarlo. Segundo requisito: fe.

En este repaso de las virtudes teologales que debían darse en el partido estábamos cuando sonó el teléfono de Vidal-Quadras. "Disculpadme. Es Federico (Jiménez Losantos). Estás llamadas hay que atenderlas". Diez minutos después la charla estaba lanzada. Intervino un enemigo acérrimo del profesorado y defensor de la formación profesional del franquismo, cuando "éramos la envidia de Alemania", una empresaria de la construcción a la que se le quedaba pequeña la reforma laboral y hasta un exdirector general que abominaba del nepotismo porque la mujer de Joaquín Almunia trabaja en la Representación Permanente de España en Bruselas.

A todos ellos les dijo lo que querían oír. Que su idea era la de un contrato único con indemnización creciente y despido libérrimo salvo en caso de embarazo, y había que rebajar las cotizaciones sociales. Que las subvenciones públicas hay que eliminarlas, sobre todo las de los sindicatos que son muy ladrones. Que los universitarios han de pagar el coste real de sus estudios y a los pobres hay que darles becas, pero sólo a los pobres listos. Que sobran miles de funcionarios improductivos. Y, por supuesto, que hay que meter en vereda al independentismo de una vez por todas.

"Lleva usted razón en que definirse de derechas o de izquierdas tiene hoy poco sentido"De antología fue la pregunta de un señor interesadísimo en que Vidal-Quadras negara que Vox es un partido de derechas, sobre todo ahora que la derecha y la izquierda son conceptos discutidos y discutibles hasta para un episodio de Barrio Sésamo. "Pues lleva usted razón en que esas etiquetas tienen hoy poco sentido", explicó.

Faltaba la guinda. Un joven cordobés se declaró desbordado por el sectarismo de la Universidad y porque por el hecho de llevar un cinturón con la bandera de España le llamaran facha. Aquello despertó la solidaridad de la concurrencia. La institución había caído en las redes de Pablo Iglesias y sus secuaces, que lo dominaban todo. "Monta un acto e iremos a tu Universidad", le dijo el número dos de Vox, Iván Espinosa de los Monteros. "¿Un acto? ¡Pero si soy yo solo!"

No había tiempo para más. Getafe pilla a trasmano y Vidal-Quadras debía acudir presto a una entrevista en Intereconomía, la cadena donde tantos amigos había hecho, empezando por Mario Conde, que si en la tele estaba a su lado ahora muy posiblemente esté detrás, toda vez que el partido del exbanquero, Sociedad Civil y Democrática, se disolvió meses atrás con el argumento de que sus militantes corrían como locos a afiliarse a Vox. Tercer gran requisito: unidad.