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120 pulsaciones Robin Campillo: "Decidimos convertirnos en diablos, en maricas malos, y acabar con la ley del silencio del SIDA"

El cineasta recupera la memoria de la lucha contra el SIDA de los 90 en Francia en '120 pulsaciones por minuto', película política, combativa y, al mismo tiempo, humanista, poética, emocionante y con momentos de gran cine. Se alzó con el Gran Premio del Jurado en Cannes.

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El cineasta Robin Campillo. Foto: Céline Nieszawer

"Me retiré de la vida. En 1983 dejé de tener relaciones sexuales, tenía miedo. No tenía idea de si estaba infectado o no. Muchos de mis amigos enfermaron. Viví una pesadilla". Son confesiones, del cineasta Robin Campillo, recordando los años más crueles y bárbaros del SIDA en Europa, un tiempo en el que empezó a pensar en hacer una película donde capturar "esa sensación de no estar muerto, pero de no estar completamente vivo". El resultado, '120 pulsaciones por minuto', una película combativa, política, tierna y con momentos de gran cine, ha llegado después de tres décadas. Y conmociona.

Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes, esta historia recupera la memoria perdida de la lucha contra el SIDA, pero, sobre todo, desde y para la mirada de este siglo XXI, rescata la liberación de pertenecer a "un colectivo feliz, aunque fuera muy duro porque la gente estaba muriendo". Activismo, movimientos asociativos, solidaridad y lucha, para tiempos muy difíciles, que Campillo retrata casi desde el tono documental al tiempo que utiliza el más hermoso lirismo para contar una historia de amor, para transmitir el dolor, la fatiga de la enfermedad, el miedo.

'120 pulsaciones por minuto', que participó en el Festival de San Sebastián en su Sección Perlas, narra el nacimiento del colectivo Act-Up en París, dos años después de su fundación en Nueva York en 1987. Colectivo de acción directa, se convirtió en una auténtica revolución, con sus miembros paseando por las calles carros con montañas de 'supuestos' cadáveres. En él sus miembros dejaron de ser víctimas y se transformaron en enérgicos luchadores. "Decidimos convertirnos en diablos, en maricas malos, y acabar con la ley del silencio del SIDA". La honestidad de Campillo, protagonista directo de aquello, y la humanidad casi invencible que transmite el actor Nahuel Pérez Biscayart (en el papel de Sean Dalmazo) reflejan lo grande y urgente de esta tragedia desde el mejor cine.

La película nace de su propia experiencia, pero los recuerdos se convierten en una especie de ficción con el tiempo, ¿cómo rememora ahora las sensaciones de entonces?

Recuerdo que estábamos muy enfadados por el silencio que había alrededor del SIDA, de los enfermos, del tratamiento… y me uní a Act-Up por esa rabia que tenía, como la mayoría, infectados o no. Decidimos convertirnos en diablos, en maricas malos, y acabar con la ley del silencio del SIDA. No queríamos ser víctimas y lo que menos nos importaba en ese momento era dar buena imagen de la homosexualidad.

Act Up en Francia tuvo muchísima fuerza…

En Francia ha sido el último movimiento político que ha expresado algo diferente. Con Act Up por primera vez unos enfermos transformaron la enfermedad en un objeto político. El movimiento es contestatario porque es muy legítimo, por eso tuvo una fuerza increíble, es lo mismo que pasa con el aborto. Las personas del movimiento no tenían tiempo, estaban débiles, aquello era una emergencia, pero también dio mucha fuerza. Para todos fue una lucha política muy poderosa y personal.

La dimensión política de la película ¿qué mensaje transmite al espectador de hoy?

La biopolítica de los activistas contra el SIDA tiene relación con la revolución de las comunas de 1948, con las últimas revoluciones del siglo XX. No es lo mismo defender los derechos de los animales que la lucha de las mujeres por el derecho al aborto, Act Up era como ésta última. No se trata de defender una causa, es una lucha. Por cierto, que en la película quiero mostrar la energía de las mujeres que participaron en el movimiento, lideraron el grupo, organizaron muchísimas acciones. Por supuesto, cometimos errores y eso también está en la historia. Se luchaba contra el SIDA y contra la moral intolerante. Hoy en Francia hay racismo por todas partes, violencia policial, hay una irrupción de la política rápida. Es un país reaccionario y ese fondo reaccionario ha estado siempre y siempre ha tropezado con la revolución de pensamiento de los movimientos sociales. Europa y Occidente están bastante apagados hoy. Necesitamos acción.

Imagen de la película '120 pulsaciones por minuto'

¿Hay que reactivar el movimiento asociativo?

Al comienzo de Act Up, Didier Lestrade, uno de sus fundadores, explicó que tardaron seis meses en crear las bases del grupo. "Todos estos gais juntos! ¿cómo vamos a hacerlo?" Eso no era lo que más me interesaba en la película. Ahora, mucha gente joven cuando ve la película se emociona con la causa política, pero me doy cuenta de que necesitan un motivo. Si no necesitas luchar de un modo vital… Muchos jóvenes no conocen si quiera Act Up.

La película viaja entre lo colectivo y lo individual. ¿Ha sido complicado conseguir el equilibrio entre ambos?

Me ha dado mucho trabajo. Hice primero un guion de toda la primera parte, definí el elemento espacio tiempo, el anfiteatro blanco donde se crean las ideas, donde se reúne el colectivo. Toda esa gente hablando de las cosas que se podían hacer, de las acciones que iban a llevar a cabo… y eso tenía que mezclarlo con escenas con una atmósfera casi onírica. Estaban las ideas, el colectivo, pero también la discoteca, la fiesta, el lugar donde bailan, donde están fuera del mundo… Es como la vida, tenemos percepciones diferentes en distintos momentos. Tenía que conseguir la libertad de ir de un personaje a otro y comprender quién estaba en el centro en cada escena.

Parte del compromiso de la historia es con el dolor, con la enfermedad, con la soledad…

En la película enseño algunas partes de la enfermedad. Hubo personas que me advirtieron de que podría haber sido cine gore si me pasaba en esto. Esta enfermedad debilita a los enfermos, los afea y la pérdida de fuerza es lo peor. Todavía lloro al ver el cuerpo muerto de Sean (el personaje). Él asume esa fatiga que es terrible, la enfermedad. Con ello trato de enseñar lo terrible que es el fin de la vida, el dolor, la fatiga… Cuando estaba rodándolo me recordó a mi madre enferma y a los momentos de dolor interminables. Ella murió unos meses antes del rodaje y en el hospital, al mirarla, me acordaba de los amigos muertos en aquella época. Eso me revolvió mucho y volví a ese momento. Era importante reflejar la soledad del personaje central en la última fase.

Sean en el hospital, donde usted ha rodado una tierna, emocionante y maravillosa escena sexual. ¿Qué quiere contar?

Esa escena ha variado mucho, era más pornográfica al principio, aunque solo se iban a ver las caras de los actores. Lo que quería transmitir no era el sexo, sino que quería que el espectador se diera cuenta de que esa iba a ser la última vez que Sean iba a tener sexo. Me enternece mucho, Sean intenta masturbarse y no lo consigue. El de su amigo es un gesto de amor. Es muy dulce. Sean acaba emocionado y llorando y eso no era parte del guion, fue la reacción de Nahuel y de otros del equipo.